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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

'El fulgor de la pobreza', ¿qué más se puede pedir a un libro?

Herme Cerezo
Herme Cerezo
domingo, 25 de diciembre de 2005, 01:35 h (CET)
En una ocasión, un joven impaciente le pidió un argumento para una novela a Gonzalo Torrente Ballester. Y el escritor ferrolano le respondió:

- Tome nota: chico ama a chica.

- Y qué más, inquirió el joven.

- Nada más, ahí está todo, respondió el maestro.

En “El fulgor de la pobreza” qué poco importa el argumento y, sin embargo, cuánto cuenta el cómo lo cuenta Luis Mateo Díez (disculpen “el campanilleo”). Una estructura aparente y opaca, la “carpintería” de García Márquez, que está pero no se ve. Las palabras de Luis Mateo Díez invaden mi mente con ímpetu desacostumbrado. Algo que sólo me ocurre con unos pocos escritores (Lobo Antunes, García Márquez, Vargas Llosa, Cornell Woolrich, no importa el orden). “El fulgor de la pobreza” es novela, cuento, reportaje, recuerdos, voces, qué sé yo. ¿Para qué etiquetar? Observo, sin embargo, que en esta última entrega, su prosa, siempre limpia, que no transparente, se ha adensado. Y ello requiere un trabajo extra por parte del lector. Lectura pausada, saboreada, nítida, para apurar al máximo el cáliz de sus matices. Pero oigan, su esfuerzo merecerá la pena, porque lo que dice Mateo Díez, aunque algunos otros lo hayan dicho antes que él, suena bello, sin aristas, sin borrones, sin chirridos. Y no se engañen: escoger el formato de novela corta no es algo fortuito o involuntario. Es el resultado de conjugar una prosa, como digo cada día más densa, con una extensión irremediablemente corta. Mateo Díez es un escritor ligado a “lo corto”. Sus novelas están estructuradas con capítulos breves. Es el equilibrio justo entre el contenido y la forma. No podría ser de otro modo.

“El fulgor de la pobreza” se compone de tres relatos. El primero, que da título al libro, conjuga un argumento irrefrenable y sencillo: Cosmo Ferrado, que lo tiene todo, familia estable, posesiones, dinero, empresas, se ve dominado por algo que le corroe por dentro y le lleva a desaparecer sin dejar rastro: el deseo de ser pobre, de llevar una existencia errabunda o de no llevarla, de dejarse zarandear por la vida aceptando lo que cada nuevo día le ofrece. Su hija Edira, pura intuición femenina, asistirá a los prolegómenos de su huida. Y muchos años después ... No, no se lo cuento. Me niego a desvelar el final del relato. Descúbranlo ustedes mismos a través de ese narrador omnisciente, al que otros personajes, testigos de la historia, apoyan en su labor con sus pareceres y opiniones. Podemos preguntarnos si cabría una mejor manera de explicar la vida de Cosmo Ferrado. Y la conclusión es que posiblemente sí que exista otra forma pero, desde luego, no es mejor que la escogida por Mateo Díez.

“La mano del amigo”, segundo relato del libro, sólo admite un calificativo: impecable. La historia de Elio y Roncel, - Señor, ¡qué tino tiene este hombre para bautizar personajes! - dos amigos de la infancia, ese tiempo común donde crecen los amigos de toda la vida (y también los enemigos) es una relación de amistad y odio escondido. Mateo Díez recurre aquí también al narrador en tercera persona, al que refuerza con declaraciones de algunos compañeros de los protagonistas y con datos extraídos de una revista colegial (Brisas Consiliares). Y todo se asienta en un orden desordenado, con anticipos de lo venidero, con el final anunciado al principio. Para mí, “La mano del amigo” es el mejor de los tres relatos aunque reconozco que “El fulgor de la pobreza” suena mejor como título, máxime cuando el propio autor incluye al inicio una cita alusiva de Rilke: “Pues pobreza es fulgor/Muy grande desde dentro”.

El último relato, “Deudas del tiempo”, trata de las huidas. A su manera, los otros dos también lo hacen. Un joven huérfano, Dacio Estrada, se embarca para escapar de su entorno. Al otro lado del Atlántico vivirá otra existencia. Allí contraerá matrimonio, enviudará después y dejará un reguero envenenado de hijos y nueras. Regresará a su tierra, Armenta, donde recuperará antiguos paisajes, viejos conocidos y un pedazo de su memoria. Impagables las conversaciones del protagonista con su patrona, Lumina, y con otro personaje que emerge de las brumas del pasado, Tello Leda.

¿Qué queda por añadir? Nada, sólo que Luis Mateo Díez es un ESCRITOR; que “El fulgor de la pobreza” es LITERATURA; y que rezo para que el tiempo pase aprisa y pronto tenga en mis manos una nueva obra de este leonés imborrable, que se supera en cada palabra, en cada página, en cada relato.

Disculpen la inusual extensión de la reseña. Necesitaba vaciarme en este comentario. Luis Mateo Díez lo merece. En serio, lo merece.

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'El fulgor de la pobreza', de Luis Mateo Díez.

Editorial Alfaguara. Septiembre de 2005.

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