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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Frescura renovadora

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 7 de noviembre de 2005, 02:34 h (CET)
En esto del frescor es importante la medida, como en casi todo. No se trata sólo de la temperatura, sino de la DISPOSICIÓN MENTAL con la que uno afronte sus circunstancias. No dará lo mismo decir que soy un fresco, por reflejar demasiada escasez de calor humano; que este otro estoy fresco, por no tener saturadas las entendederas, aunque no esté haciendo nada; o finalmente observar una actuación llena de frescura, aprovechando la apertura de los canales mentales en aras de una actividades más lúcidas. Cantidad y calidad han de lograr un ensamblaje apropiado para conseguir una vida mejor.

Puestos en esas tesituras, uno se ve abocado a innumerables DECISIONES, más o menos perplejo, un tanto desvalido, porque raras veces disponemos de todos los argumentos o conocemos todos los pormenores. Y aún con todo, la decisión mejor se escabulle. Decía Albert Camus: "...elegir entre la contemplación y la acción. Eso se llama hacerse un hombre". Entre las agitaciones de cada día también habrá que decidirse, entre la agitación permanente que aturde, o buscarles un sentido que las oriente. Ahí está el meollo, si una supera las agitaciones como persona o se limita a sufrirlas. Hay que lanzarse a esa conquista de hacerse hombre y persona.

Vamos tomando postura ante diferentes asuntos, decidimos esto o aquello, pero al elegir determinadas opciones, nos vemos forzados a dejar de lado otras. De pronto percibimos demasiadas cosas dejadas de lado por no haberlas atendido lo suficiente. Se plantea una duda radical, si hicimos bien la elección o lo más importante lo olvidamos en el lindero. Es decir, en la medida de los OLVIDOS o los descartes nos vamos disminuyendo, quedamos amputados de esas particularidades no aceptadas. En El Espectador escribió Ortega y Gasset: "No, no prefiramos, mejor dicho, prefiramos no preferir...La vida cobra sentido cuando se hace de ella una aspiración a no renunciar a nada".

Entre elecciones y contemplaciones nos cubrimos de auténticos CAPARAZONES, conceptos e ideas como conchas, indeformables. De manera progresiva, los razonamientos ven apagada su viveza; más que de una elaboración mental hemos pasado a un almacenamiento de pensamientos fosilizados, creados por otras personas y utilizados según la oportunidad. Al no participar en su creación, tampoco los vivimos como propios. Como conceptos ajenos nos servirán en determinado momento, pero nos sentiremos cada vez menos involucrados. Estaremos a un paso de la inhibición mental o del pasotismo.

Con estas directrices perdemos capacidad de reacción, aunque lo parezca, no estamos en los acontecimientos del entorno. Que se plantean Derechos Humanos, muy bien, pero cada quisque defenderá su parcelita, y negará otras posibilidades sin una explicación razonada; hasta dejar transformado ese derecho en un ente sin sentido alguno. Si se decide hablar de violencia, lo mismo, derramaremos grandes variedades de justificaciones y matices hasta transformar la agresión en virtud tolerada. Asi podremos seguir, con el tipo de vida, libertad de desplazamientos o lo que queramos plantear. No pasarán de una retahila de adaptaciones al gusto particular.

Desaparece el razonamiento leal y auténtico, por tanto, sin razonamiento, va desapareciendo el rescoldo humano que pudiera conservarse. Eso sí, cada ideología, país, o grupo social creó su caparazón inamovible, terco e intransigente. Se pierde de vista al otro, quedan sin sentido las éticas y monsergas.

Convendrá proclamar una especie de elogio de la FRESCURA OTOÑAL. Como en el paisaje habrá que ir dejando los aspectos caducos, aprovechando el frescor y la humedad para despabilarnos. Para más ayuda, con el bajón del termómetro se tiende más al sosiego, importante para buscar soluciones menos acartonadas, con más desparpajo, abriéndose más a la gente que a las estructuras.

Quizá por comodidad, también pudiera ser por incapacidad, tendemos demasiado a un amarre de ideas, tan fuerte y tozudo, que ya dejan de ser ideas vivas para convertirse en piezas de museo. Eso cuando no constituyen directamente montones de chatarra. Ideas inservibles en todo caso, se puede hacer con ellas un tratado de historia o recordarlas, pero se apagaron.

Aquí me gusta el recuerdo de aquel aforismo de José Bergamín: "Hay que correr las ideas como las liebres; no para cogerlas, sino para verlas correr". La condición de ideas se apaga con la fijación. La luz está... de lo contrario, está apagada.

La pertinencia de esa consideración bergaminiana de la idea liebre, nos permitirá no adherirnos tanto a los sistemas, favoreciendo una mayor aproximación a lo que realmente piensen las personas y esté relacionado con sus núcleos de actividad. A ver si de esta manera no enredamos los discursos, siendo más participativos, más creativos.

Se trataría de lograr una mayor frescura para revitalizar unas convivencias entumecidas. No quedarnos en el chiste ¿Más frescos todavía? Para poder darle sentido a la ética, respeto a los diferentes, poder defender uno sus posiciones o manifestar las simples opiniones, se requieren NUEVAS ADAPTACIONES. Cada día debemos introducir nuevos matices y no quedarnos en meras declaraciones o comunicados.

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