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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Reforma de la Constitución

José Francisco Sánchez (Valencia)
Redacción
lunes, 7 de noviembre de 2005, 02:34 h (CET)
Mecido entre insultos y televisión, sin tener delito alguno y con solamente cuatro primaveras, mi hijo se pasó un eterno año y medio, y un día, sin que se le permitiera hablar con su padre, porque para la Justicia el asunto no debía tener demasiada entidad, o porque faltaba papeleo. En la escuela, se ha llegado a orinar encima por, según dice, no saber pedir para ir al servicio en valenciano. El grandullón, desalmado e impune de Pepito le ha pegado en el patio del recreo todo lo que ha querido y más, unas veces para quitarle el bocadillo... otras, simplemente por que sí. Pero eso no es nada: A mi hijo, a sus seis añitos, lo amarraron en un quirófano de la tristemente famosa Clínica “Virgen del Consuelo” para quitarle brutalmente la ropa, mutilarle en sus genitales y obligarle, de este modo, a ser mahometano. Con siete años, le metían pimienta por el ano para obligarle a ir a la mezquita y ahora, a los nueve, le ofrecen juguetes si se somete al prescriptivo adoctrinamiento.

En tan breve deambular, ha tenido sin embargo tiempo de sobra para poder ver como todas las personas e instituciones con quienes se ha cruzado, sin excepción, se han desentendido absolutamente del abominable y sistematizado atropello: vecinos, familiares, conocidos, amigos... desde la Asistencia Social gestionada por el Ayuntamiento hasta el Psicólogo del Juzgado, desde el Ilustre Colegio de Médicos hasta las Consellerías de Sanidad, Bienestar Social o Educación. Ni testigos, ni valedores: no hay paladín viviente más allá de la literatura. Mientras lo siguen llevando a bofetones a la ducha o a que arregle su cuarto, todavía se esfuerza como un valiente en ser feliz. No le pregunten qué piensa de política en general, o de la Constitución y sus previsibles reformas en particular, tema obligado de actualidad hasta en las revistas del cotilleo, porque no sólo tiene unas convicciones drásticas y pragmáticas, sino que son francamente subversivas. Será casualidad, pero mi hijo no se llama Leonor.

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