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Rusia, EEUU y los 'conflictos congelados'

Vladímir Simonov
Redacción
sábado, 5 de noviembre de 2005, 22:42 h (CET)
Washington ha anunciado oficialmente su disposición de incorporarse a las negociaciones para el arreglo del prolongado conflicto latente en Transnistria, donde la república rebelde del Dniéster, no reconocida por la comunidad internacional, procura defender su autonomía frente a Moldavia.

Al mismo tiempo, el Departamento de Estado norteamericano se muestra dispuesto a transformarse en un jugador clave en otra zona conflictiva de la CEI, Osetia del Sur, un enclave que se empeña en separarse de Georgia, especialmente, después del enfrentamiento armado que a principios de la década del 90 dejó numerosas víctimas en ambos bandos.

Estados Unidos, como vemos, aspira a intervenir enérgicamente en los puntos más álgidos del espacio postsoviético, donde Rusia ha desempeñado hasta la fecha el papel de principal intermediaria y fuerza de paz.

Salta a la vista que esas iniciativas de Washington han surgido a raíz de la reciente y poco exitosa gira de Condoleezza Rice por la zona centroasiática. La secretaria de Estado fracasó en sus intentos de convencer a Uzbekistán para que mantuviese la base aérea de EE.UU. en Khanabad, instalada en un principio para apoyar la campaña antitaliban en Afganistán. Molesto por la interpretación sesgada por parte de Washington, que veía en la revuelta del 13 de mayo en Andizhan una manifestación de sectores democráticos, no de islamistas radicales, el presidente uzbeco Islam Karimov exigió que la base americana fuera desmantelada en un plazo de seis meses.

Muchas naciones de la CEI, incluida Uzbekistán, empezaron a cuestionar la sinceridad de las intenciones norteamericanas después de las ‘revoluciones’ en Georgia y Ucrania, financiadas en gran medida desde EE.UU.

El creciente enfriamiento en las relaciones con varios Estados de la ex URSS habrá empujado a Washington a ofrecerse como intermediario para el arreglo de los ‘conflictos congelados’ en aquellos países de la CEI que mantienen una actitud más cálida hacia EE.UU. Los dirigentes de Moldavia llevan mucho tiempo intentando ampliar la misión de paz en Transnistria gracias a la participación americana y europea. Y la Georgia de Mijaíl Saakashvili ha deteriorado las relaciones con Moscú hasta el grado tal que ha fijado el próximo 15 de julio como fecha tope para la retirada de los ‘cascos azules’ rusos.

El nerviosismo de la diplomacia estadounidense ante la acogida cada vez más fría que tiene en el marco de la CEI, combinado con el radicalismo de Kishinev y Tbilisi que recurren a la rusofobia para esconder la incapacidad propia de conseguir una mejora real del nivel de vida en los respectivos países, dan origen aquí a una nueva componente de las gestiones de paz: la participación de EE.UU.

Esta conclusión, probablemente, no es más que un tributo a las teorías de la conspiración, propias del período inicial del antagonismo ruso-americano en el espacio postsoviético. Cuando las reglas del juego no estaban aún del todo claras, Moscú sospechaba que Washington se esforzaba por expulsarla desde la zona histórica de intereses rusos. EE.UU., a su vez, estaba receloso de que Rusia no acabara de curarse de la nostalgia del imperio soviético.

Hoy en día, ambas partes van superando poco a poco esas fobias recíprocas. En más de una ocasión y a los más diversos niveles, empezando con el presidente Vladímir Putin y terminando con el ministro de Exteriores ruso Sergey Lavrov, Moscú ha propuesto una solución conceptualmente distinta, a saber, que el espacio postsoviético sea un terreno de cooperación mutuamente respetuosa y predecible entre Rusia y Occidente, capaces de ayudar entre los dos a la promoción de la democracia y al desarrollo económico en el marco de la CEI.

El arreglo de los ‘conflictos congelados’, a pesar de que encuadra en el concepto de la cooperación, tiene una serie de peculiaridades. La primera y la más importante es que el protagonismo de Rusia en las misiones de paz en la CEI no es producto de algunas ambiciones imperialistas sino una continuación lógica de la historia reciente. Ha sido precisamente Rusia la que en su día logró frenar las guerras en Transnistria, Abjasia y Osetia del Norte, a menudo, sacrificando para ello la vida de ciudadanos propios. Y al hacerlo, Moscú se estaba guiando también por los intereses de seguridad de las numerosas comunidades rusas residentes en las zonas de conflictos.

Calificando como “indeseable” la mediación rusa, los radicales de Georgia y Moldavia contradicen la realidad, tanto histórica como demográfica. Y EE.UU., a la hora de ofrecerse como intermediario, debería tener en cuenta que ningún acuerdo a largo plazo sobre Transnistria, Abjasia y Osetia del Sur será viable, si Rusia no participa a plena escala en esas gestiones internacionales.

La verdad es que ya existe la experiencia de cooperación ruso-americana en esta materia. Rusia y Estados Unidos, junto con Francia, son copresidentes del Grupo de Minsk de la OSCE para el arreglo en Alto Karabaj. El conflicto en esta zona es una bomba de relojería para toda Transcaucasia y una amenaza muy seria tanto para los intereses de Rusia como para los de EE.UU.

En lo que se refiere a otros puntos conflictivos en el territorio de Georgia y Moldavia, los expertos rusos sostienen desde hace tiempo que Moscú lo tendría más fácil, si compartiera con Occidente, es decir, con la Unión Europea y EE.UU, la responsabilidad por las tareas de seguridad en estas zonas. “Moscú está dispuesta a considerar las respectivas propuestas, ya sean políticas o económicas” – declaró el otro día Vladímir Chizhov, nuevo embajador de Rusia ante la UE.

No obstante, Rusia insiste en que se mantengan los formatos ya existentes para el arreglo de cada conflicto en el espacio postsoviético. En el caso de Alto Karabaj, es el Grupo de Minsk; en Transnistria, es el grupo integrado por Rusia, Ucrania, la OSCE y ambas partes en conflicto; de Abjasia se ocupan, en primer término, las estructuras de la ONU, y así por el estilo. Los protagonistas de cada conflicto habían sufrido muchísimo antes de generar esos formatos que resultan aceptables hoy para todas las partes.

Rusia, en principio, no ve ningún problema en que otros centros del poder como EE.UU. o la UE quieran insuflar nueva energía en el arreglo de los conflictos en el marco de la CEI. Lo que no es admisible, en opinión de Moscú, es debilitar los formatos ya existentes en el proceso negociador.

Y en cualquier caso, será mejor que Rusia y Occidente mantengan un diálogo sobre los problemas de la CEI, incluido el tema de los ‘conflictos congelados’, en vez de luchar secretamente por el reparto de las zonas de influencia.

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Vladímir Simonov es columnista de RIA “Novosti”.

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