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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Libros a la cabeza

Nieves Fernández
Nieves Fernández
sábado, 5 de noviembre de 2005, 22:42 h (CET)
Es media tarde. Los contorneos del “camello” no me salen. Los golpes de cadera no me quedan simétricos. Menos mal que la “bandeja” alta y baja empiezo a hacerla con algo de gracia. Es más fácil. También el palo de la fregona consigo llevarlo hasta la cintura pasándolo de delante hacia atrás sujeto por los brazos. El vientre se contrae y dilata a cada orden, hasta duele. El estómago hacía años que no se movía un ápice si no era para digerir lo comestible. Acabo de enterarme que hasta el pecho sube y baja gracias al poder de los omoplatos. Difícil es controlar a tanto músculo así por separado, algunos alicaídos, que intentan moverse al ritmo de la música árabe, egipcia o simplemente por el tintineo metálico del pañuelo de monedas brillante.

Me dicen que después de unos cursos mi coordinación corporal, mi sensualidad del movimiento, mi destreza motora, mi armonía musical y mi equilibrio mejorarán hasta niveles insospechados. Habría que decir que las danzas orientales, tan en boga en la actualidad, son de las más antiguas, y siempre han estado relacionadas con la maternidad. En las remotas sociedades orientales ya bailaban para hipnotizar a la parturienta. Eran verdaderos actos de adoración de la natalidad y la maternidad. Para nada se trataba de bailes sociales, todo lo contrario, se celebraban en la intimidad con el fin de reducir el dolor a la futura madre. Las bailarinas la rodeaban y giraban, intentando que la parturienta las imitara. Así conseguían que se redujera el dolor de las contracciones, ¡vamos, algo así como una antigua epidural! Incluso los hombres bailaban algo parecido a esta vigente y actual danza del vientre si su primogénito les nacía varón.

En cualquier caso, estas danzas orientales que en este curso he comenzado son danzas sugerentes y sensuales que tras una dura jornada de trabajo relajan parte a parte a un cuerpo a veces castigado y olvidado con movimientos suaves, con giros ondulados. Pero lo que no pensaba es que los giros me exigieran un libro, un libro de cierto peso y volumen para colocar en la cabeza y seguir girando, yo que no iba precisamente allí a mezclar libro alguno para relacionar a la mente sana con el sano cuerpo.

Y llegó el dilema: ¿Qué libro elegir? En este año quijotesco podría llevarme al baile un Quijote que me ayudarse a caminar con soltura y elegancia con el beneplácito de Cervantes. Estoy segura que a peores sitios se ha llevado la obra, tendría que ser la edición tan cacareada de un euro. Pero qué quieren, una es muy manchega y el pobre caballero me dio pena. No era mi intención darles a sus protagonistas más golpes lisonjeros. Pensé en una buena novela que por muy leída estuviera descuidada incluso con páginas rotas, pero también se salvó del donoso escrutinio. Lo siguiente me llegó al corazón: Pensé que ningún autor se merecía servir de instrumento para que una cabecita femenina se mantuviera erguida por el peso de sus renglones, esos que tantos les costaron inventarse y redactar. Cierto es que el resto de compañeras del salón no tenían tanto miramiento en elegir el libro que las haría tan elegantes, así que en el primer día retardé esa decisión, y como sabido es que el baile oriental se baila con los pies descalzos opté por colocarme en la “chinostra” un zapato. Ridículo cambio que no fue del aprecio de la profesora ni de mi olfato.

He visto a una compañera iniciar la lectura de Los pilares de la Tierra, con el ánimo de llegar hasta la mitad y reengancharse con la historia. Como aún no lo he leído creo que puede ser un buen candidato. Hasta pienso en una Biblia de bolsillo para tal menester, Dios me libre. Veo a mis compañeras con sus ejemplares y veo que no son tan remilgadas como yo para elegirlo. Podría ser uno de mis libros más voluminosos, pero nunca fui del masoquismo amiga. ¡Ya está! ¿Cómo no lo pensé antes? ¡Una guía telefónica me servirá como anillo al dedo! Mejor dicho como sombrero. Un paso adelante, giro la cabeza, giro el cuerpo y me quedo. Un paso adelante, giro la cabeza… ¡Zas! Tres libros al suelo. La guía entre ellos. Es que es difícil que algunos libros se sujeten y retengan en la cabeza, ya me lo decían mis abuelos.

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