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Etiquetas:   Acuerdos y desacordes   -   Sección:   Opinión

Una España doliente busca un centro de gravedad permanente

Ana Morilla
Ana Morilla
viernes, 4 de noviembre de 2005, 23:51 h (CET)
Fue una foto dual y doliente la del hemiciclo en el debate para la admisión a trámite de la reforma del Estatuto de Cataluña. Duele el bloque de esa España invertebrada, impositiva, extraña, como setentera, que aún rumia argumentos de una época preconstitucional sin haber digerido la pluralidad y la diferencia.

La España contagiosa de azufre y COPE, retorna a Cuéntame y a una patria magnificada y pétrea; la bancada popular se retrotrae tremendista sobre la unidad, utiliza la indignación de su propio nacionalismo patriótico y centrípeto para deslegitimar el nacionalismo contrario y centrífugo. Sublima hábilmente su NO existencial apropiándose de Estado y Soberanía nacional: incluye los argumentos constitucionales progresistas de igualdad, solidaridad, consenso y libertad para que evolución o reforma se asocien, desde las teles de las casas y los bares, a destrucción del Estado y de su arquitectura de valores.

Cóncava y convexa desde siempre, la doliente España bipolar, en perpetua lucha entre progreso e inmovilismo, es también poliédrica; lucha por encontrar un centro de gravedad permanente, como en la canción de Battiato. Sueña lo invariable, era muy fácil en otras épocas. Los molinos sacan sus brazos de aspa entre tanto protagonismo identitario y en un mar de púlpitos sensacionalistas, hasta periodistas sensatos vibran con un anacrónico Rajoy –Campeador.

Zapatero se muestra oportunamente evangélico, porque España sólo puede ser ecuménica o no será: puentes, espacios comunes, diálogo, lo jurídico imbricado en lo democrático, normas más legitimidad, no a la sacralización de ideas y conceptos, sí a la moderna teoría política…demasiado sofisticado para que el huertista murciano no odie a los catalanes que quieren más porque tienen más.

Es un espejismo creer que somos un todo cohesionado y vertebrado felizmente en la Constitución: si ésta no evoluciona según sus propios mecanismos, para ser capaz de incluir la actualizada legitimidad territorial y la voluntad ciudadana de sus contextos autonómicos, perderá su sentido de amplio marco de convivencia, su belleza de gran arquitectura de pacto y equilibrio. Respetarla es precisamente promulgar construcciones de interrelación, de negociación, de multivertebración. El simplismo hierático es todo lo opuesto a lo que la Constitución inauguró en su día.

Y por eso no sólo duele España: duele la Constitución, duele mucho a los que la amamos. Como siempre que se manosea o utiliza algo bueno y grande con fines que lo alejan de su espíritu. Las pomposas argucias de rentabilidad electoral intentan trasmutarla en monolítica. Si la Constitución es grande es porque representa un espíritu de entendimiento. Porque consagró, de forma visionaria para una España de Cuéntame, todo un mundo de tolerancia: la diversidad y la pluralidad, las lenguas cooficiales, las nacionalidades, las Comunidades históricas, el Estado Autonómico, la evolución del mismo, y las reformas estatutarias, entre otras muchas cosas. La Constitución se pactó para una España plural, previó un cauce para reformas y avances, no se asustó por la descentralización porque posibilitaba una intersección común, y avaló un mayor reconocimiento a territorios cuya historia ha prevalecido en forma de sentimiento de identidad nacional.

Pero nada se ha roto, sólo se ejercita lo que la Constitución prevee, y Cataluña se ha plegado a la fórmula, al marco; ha aceptado la senda del consenso y ha cumplido las formas. Zapatero ha marcado las líneas rojas: No al blindaje de competencias, no a nación y si a identidad nacional, no a un sistema de financiación que no garantice igualdad y solidaridad. ¿No es entonces muy cínico y destructivo negarse a participar en el proceso de enmiendas para reconducir el texto de estatuto actual, como hace el PP? ¿No insiste el Tribunal Constitucional en que no es inconstitucional un proyecto de ley (como el de reforma del Estatut) hasta que está acabado y tramitado? ¿Por qué entonces no contribuyen a enmendarlo teniendo como tiene el texto el respaldo de toda Cataluña?

La respuesta no está en el viento, sino en las alcantarillas de hemeroteca y memoria. También estuvo en el aldabonazo de Rubalcaba en la fase final del debate. El PP no juega limpio, instrumentaliza cosas serias. Basta recordar cómo gestionó lo que ahora dramatiza, cómo cedió IRPF y competencias en bloque en pactos bilaterales con CIU en el 96, cómo renegó del título VIII de esa Constitución que hoy esgrime cual testigo de Jehová, cómo utiliza patria, terrorismo, unidad y Constitución para movilizar fáciles sentimientos de su electorado, cómo no se pronunció cuando Pujol era su socio de gobierno y propuso una reforma muy parecida a la actual del sistema de financiación …

Pero en la política, como en la vida, la memoria es muy corta y es muy largo el olvido, y se sabe que a muchos sólo les quedará la espuma de éste debate o las vísceras que removió: consignas, miedos y el sentimiento unamuniano de una España doliente. Toca defenderse de la zozobra general y de unos catalanes avariciosos y rupturistas que suelen llevar extrañas camisas oscuras. Menos mal que siempre nos quedará la ira ejemplarizante de la emisora de los Obispos y las comprometidas editoriales de Ansón y Pedro J. para poner las cosas en su sitio.

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