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Jack-O-Lantern, Halloween, Trafalgar y Pérez-Reverte

Herme Cerezo
Herme Cerezo
miércoles, 2 de noviembre de 2005, 22:59 h (CET)
Hace doscientos años, el 21 de octubre de 1805, en la Bahía de Cádiz, la escuadra franco-española comandada por Villeneuve, que menospreció las advertencias del marino español Federico Carlos Gravina, sufría uno de los mayores reveses de nuestra historia naval. No hace mucho, las armadas británica, francesa y española, en un emotivo acto, rindieron homenaje simbólico a los caídos de uno y otro bando en aquella batalla.

¿Qué significó Trafalgar?

Pues, además de un montón de muertos, Trafalgar significó muchas cosas, entre ellas la pérdida de nuestra flota y la certificación definitiva del declive español como potencia mundial (en realidad, llevaban muchos años repartiéndonos cera por todos lados).

Este episodio bélico fue recreado hace un año por Arturo Pérez-Reverte en su novela “Cabo Trafalgar”, un fresco que combina el rigor histórico y el lenguaje de los hombres del mar con su estilo de narrador inimitable. Pérez-Reverte salió de esta aventura histórica con calificación de sobresaliente, demostrando que sabe moverse en terrenos literarios de pelajes bien distintos: trhillers, persecución de incunables, intrigas vaticanas, tráfico de estupefacientes, relatos cortos, artículos, búsquedas de tesoros y aventuras barrocas. Y es ahora, justo en el momento exacto del bicentenario de la batalla, cuando la colección Punto de Lectura pone a disposición del público, a un precio realmente aceptable -7,50 euros-, la novela de Pérez-Reverte con un formato y una presentación más que correctos. Así que el que no lee novela histórica de calidad es porque no quiere (o no le gusta).

Decía en el párrafo anterior que Trafalgar significó muchas cosas. Trafalgar nos hizo vulnerables en todos los terrenos. Sin hurgar mucho, fácilmente podemos encontrar residuos de aquel desastre. Echándole imaginación, podríamos decir que la “anglosajonización” de nuestra España de hoy empezó entonces. Esta afirmación puede sonar un poco exagerada, pero creo que no carece de fundamento.

Y para muestra, un botón. El 31 de octubre, se celebra en nuestro país Halloween, una fiesta que bien poco tiene de hispana y cuyas raíces hay que buscar en antiguas tradiciones célticas (la adoración de Samhain, el caballero de la muerte, que volvía del más allá para pedir alimentos a los vivos, haciendo víctima de terribles conjuros a quienes se los negaban). Esta leyenda, con el devenir de los siglos, alcanzó las costas de los Estados Unidos. Allí, una vez digerida y tamizada, nos la devolvieron con algunos retoques (la figura de Jack-o-lantern, las brujas voladoras, las calabazas recortadas con forma de rostro e iluminadas por una vela). Y somos tan desconocedores de lo nuestro, tan dejados, que permitimos que esa costumbre nos colonice lentamente, un año tras otro, hasta convertirse en algo habitual en nuestros lares.

La noche del 31 de octubre, si uno sale de casa, se puede encontrar con tipos y tipas vestidos de brujo/a, gorro puntiagudo y escoba incluidos (viene todo incluido en un kit de disfraz); improvisados Jack-o-linterns hispanos, portadores de calabazas encendidas, que se reúnen en plantas bajas, pubs y parques públicos dispuestos a montarse sus aquelarres particulares. El antiguo matiz sagrado ha sido sustituido por músicas ensordecedoras, que sonarán incansables desde la medianoche hasta el amanecer.

Creo que ya es hora de tomarnos una revancha de aquel Trafalgar marítimo y de este colonialismo camuflado. Una revancha pacífica, tácita y, por supuesto, cultural. Creo que ya es hora de exportar nuestras tradiciones que, según parece, tanto les gustan a los yanquis y a sus ancestros ingleses, al otro lado del Atlántico.

¿Se imaginan un encierro de San Fermin por Oxford Street o la plantà de una falla en Washington D.C. o a un grupo de bardos bailando una sardana en Trafalgar square, justo debajo del amigo Nelson?

Les cuesta de imaginar, ¿verdad? A mí también. Pero eso mismo pensaba yo hace unos años a la inversa. Y, sin embargo, esta noche, desfilan por las calles y plazas de mi ciudad manadas de brujos y brujas, con gorros puntiagudos, caras pintadas y la escoba entre las piernas.

Y listos para echar a volar.
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