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Moscú espera que Damasco no le falle

Marianna Belenkaya
Redacción
miércoles, 2 de noviembre de 2005, 22:59 h (CET)
Los diplomáticos rusos tienen todos los motivos para estar celebrando una victoria, al igual que sus colegas de China, Argelia y varios países más, entre ellos, India y Brasil: han conseguido prevenir en el Consejo de Seguridad de la ONU la adopción de una resolución jurídicamente infundada. El proyecto, presentado por EE.UU., Gran Bretaña y Francia, amenazaba con introducir sanciones contra Siria, con el riesgo de un nuevo conflicto en el Oriente Próximo que, de momento, se ha podido evitar.

Con todo, puede ser una victoria temporal. No es casual que Damasco haya quedado descontento con el texto de la resolución.

A Siria se le concede una prórroga hasta el próximo 15 de diciembre, tras lo cual se va a reanudar la batalla en el Consejo de Seguridad de la ONU. La pregunta ahora es si Damasco va a fallar o no a quienes han intentado defenderle en la sesión celebrada en Nueva York por los países miembros del Consejo a nivel de ministros de Exteriores, el último día de octubre. En realidad, la resolución adoptada significa que Rusia y otros países que se han solidarizado con su postura asumen la responsabilidad por la futura actuación de Siria.

Por ahora se ha logrado el objetivo básico, al decir del canciller ruso Sergey Lavrov: la Resolución 1636 del Consejo de Seguridad de la ONU hace hincapié en la investigación del asesinato de Rafik Hariri, a cargo de una comisión internacional encabezada por el fiscal alemán Detlev Mehlis. Según el informe preliminar de Mehlis, en la muerte del ex primer ministro libanés estaban implicados los cuerpos de seguridad sirios.

Según la aclaración del ministro ruso, los coautores del proyecto “creyeron posible considerar en grado suficiente las propuestas de Rusia y otros miembros del Consejo de Seguridad, los cuales procuraban que la resolución no fuera politizada y evitara rebasar el marco de la cooperación con los instructores, amenazas infundadas o cuestionamientos de la presunción de inocencia, que esun principio universal”. Sin lugar a dudas, es un éxito para Moscú.

Rusia y sus partidarios han conseguido excluir del texto final aquellas cláusulas que no guardaban relación directa con la investigación del asesinato. La entrevista que el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, concedió la víspera de la sesión a la cadena de televisión árabe Al Arabiya, demuestra qué tipo de cláusulas eran aquellas. Bush se pronunció por “aplicar una fuerte presión” sobre Damasco para que los sirios cayeran en la cuenta de que no pueden esconder a los grupos terroristas que amenazan el proceso de paz entre Israel y Palestina. También demandó que Siria dejara de inmiscuirse en los asuntos de Líbano y no permitiese la infiltración en Irak de los combatientes terroristas, quienes “matan a las personas que promueven la democracia allí”. En caso de que Siria se negara a cooperar con la comunidad internacional, estaría expuesta a las sanciones. Los diplomáticos rusos y sus colegas mantuvieron a este respecto un planteamiento firme: amenazarle a Damasco con sanciones resulta contraproducente y puede llevar la situación a un callejón sin salida. El Gobierno sirio, como las autoridades de cualquier otra nación, no puede permitirse el lujo de cooperar cuando alguien procura torcerle el brazo y da por segura su culpabilidad. Gracias a las enmiendas propuestas por Rusia, China, Argelia y varios países que apoyaron su postura, la resolución no hace mención expresa de las sanciones y se limita a señalar que el Consejo de Seguridad podrá examinar, si es necesario, otras medidas en caso de que Siria no coopere en la investigación del asesinato. Esta variante, obviamente, tampoco es ideal para Damasco, pero mejor que el proyecto inicial. El ministro de Exteriores ruso también reconoce que no es una resolución ideal, pero cree que “es posible trabajar con ella”.

Moscú destaca que las discrepancias habidas entre los miembros del Consejo de Seguridad durante la polémica “no deberían interpretarse como un pretexto para incumplir la demanda básica de la resolución, es decir, la necesidad de cooperar plenamente y de buena fe con la comisión internacional”. Según Lavrov, “esto se refiere en primer término a Siria”, aunque acto seguido el ministro precisa que el Gobierno sirio está dispuesto a cooperar. Sólo falta verlo en la práctica.

El lenguaje diplomático usado por el ministro ruso significa, de hecho, que no es hora de hacer declaraciones retumbantes. Si los sirios no tienen la culpa, deberían hacer lo posible por que todos los demás les crean. La verdad es que Washington, Londres y París son de la opinión contraria y Damasco, por mucho que le pese, ha de asumirlo. A un adversario hay que ganarle usando meticulosamente sus propios métodos y quitándole de las manos todas las bazas.

Sergey Lavrov afirma que “Rusia va a trabajar para que Siria cumpla las promesas de cooperación con la comisión independiente, y en torno a este tema ha girado la reciente conversación telefónica del presidente ruso Vladímir Putin con su homólogo sirio Bashar Asad”. Por otra parte, Moscú intentará que la Comisión Mehlis lleve a cabo una investigación profesional y no sesgada. Ahora bien, todos los esfuerzos de Moscú, Pekín o la Liga Árabe surtirán cero efecto en caso de que Siria se dedique a un juego político, y no a la cosa real. Todavía está fresca en la memoria la declaración del presidente iraní Mahmud Ahmadineyad, de que el Ayatolá Homeini hablaba de “borrar el régimen sionista del mapa” y que “pronto, con la ayuda de Dios, viviremos en un mundo sin Estados Unidos ni Israel”. En aquella ocasión, el jefe de la diplomacia rusa dio a entender claramente que ese discurso era un argumento adicional para los que insisten en traspasar el dossier nuclear de Irán al Consejo de Seguridad de la ONU. Todas las gestiones de Moscú, apuntadas a evitar la politización del problema iraní, resultaron vanas. Teherán simplemente puso a Moscú en compromiso. Cabría recordar también otra situación, la de Saddam Husein diluyendo el asunto y urdiendo ardides ante el Consejo de Seguridad. Los esfuerzos de Rusia por impedir la guerra en Irak tampoco aportaron resultado en aquella ocasión.

Damasco debería manifestar extrema cautela y extrema sabiduría. No hay duda de que al presidente sirio le esperan tiempos difíciles. Pero Bashar Assad todavía no está solo y cuenta con el respaldo mayoritario de la comunidad internacional. Le dan crédito y confían en él. Si él fallara, muchos saldrían perdiendo, en particular, Moscú.

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Marianna Belenkaya es columnista de RIA “Novosti”.

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