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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

El enigma de las ánimas

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
domingo, 30 de octubre de 2005, 23:30 h (CET)
El CUERPO HUMANO pudiera ser el más nítido representante de un contraste vital entrañable. ¿Habrá algo más cercano a cada uno de nosostros? Es lo más próximo y necesario para considerarnos como humanos. Eso no evitará que se erija constantemente como fuente de interrogantes. ¿Cuál es el motor que le mantiene vivo? ¿Qué significado representa entre el Universo y los demás cuerpos? Y en definitiva, ¿Qué anima la vida humana?

Partimos de una vivencia corporal rica en mensajes, son muchos puntos de emisión y otros de recogida de datos, señales o estímulos diversos. Partimos de esas sensaciones como la realidad de cada cuerpo, el tuyo, el mío. Hemos percibido el cuerpo. Desde fuera lo calibraremos con enfoques variados. Bien de manera científica, anatómica, genética, etc., ajustándonos al metodo del conocimiento. Y también podemos observarlo de forma más imaginativa, si nos miramos al espejo, si observamos a los demás; aquí nos quedamos en valoraciones externas, ¿Menos reales?.

Tanto acercamiento, con tantas ramificaciones, no evitará a diario la captación de percepciones erróneas, imaginaciones erráticas; hasta la ciencia evoluciona de unos paradigmas a otros nuevos según el nivel de conocimientos. Lo que ayer se consideraba acertado, se torna falso a raíz de un nuevo descubrimiento.

Nos enfrentamos a una realidad convincente, el verdadero ENIGMA del cuerpo, desde el orígen del mismo, hasta su fin, con todas las estaciones intermedias. A esa incógnita se adhiere otra muy fuerte y misteriosa; qué papel y como se entrelaza la actividad mental con esas particulas materiales. ¿Qué es y dónde radica esa ánima vital que nos mantiene hasta la muerte, cómo se va fraguando el pensamiento. Entre continuos descubrimientos, valoraciones de lo más variadas, y percepciones sin fin, se mantiene sin menoscabo el enigma; una de las pocas realidades incuestionables.

Cuando uno observa con detenimiento "El Grito", uno de lo diversos gritos pintados por Oswaldo Guayasamín, no necesita explicaciones sobre la angustia vital. Julia Kristeva mencionó al "Cristo muerto" de Holbein, como expresión tétrica de esa claudicación final y trágica de la vida. Es el momento crucial, cuando los humanos entramos de lleno en el enigma. El ánima vital del cuerpo desapareció, qué habrá sido del alma espiritual que tanto nos hizo cavilar. ¿Realmente existió? Es el momento del vacío final más palpable, que nos devuelve a la tierra, enfrentados a la magnitud del desastre, amenaza y muerte como trágico final.

Asombrados o no, la mirada extraviada y la palidez cadavérica nos abocan al SILENCIO del LÍMITE, aquí ya no vale el lenguaje vocinglero habitual. ¿En que nos hemos transformado sin el ánima? Los afanes, presunciones, razonamientos, se fueron despojando de los ropajes, acabaron desnudos ante el ENIGMA. Ahí tropiezan los poetas, hurgan los científicos, niegan los escépticos o se ilusionan los más creyentes. La huída de esa ánima nos deja ante la verdad de nuestra existencia... pero inalcanzable.

Sin ningún tipo de duda, se trata de un momento único, inesquivable, en el cual nos abandonan los acompañamientos, es la experiencia radical de cada persona. En esa soledad también surge la suprema libertad decisoria, la intuición y el pensamiento viven y toman postura en la intimidad, no es posible delegar el momento, ni la responsabilidad si la hubiere. Al enfrentarse a semejante situación, y todos los humanos abocan a ella, cada uno extrae sus CONCLUSIONES DIFERENTES, sea pura negación y final, la nada más huera, sentimiento trágico unamuniano, cosmos intrascendente o puro polvo de las estrellas.

El enigma hace honor a su nombre, se ofrece magnánimo a los múltiples planteamientos, sin el bosquejo del más mínimo resquicio para respuestas concluyentes. La elucubración es posible, con diverso grado de elaboración y acercamiento, pero la evidencia permanece, no es posible el énfasis de una respuesta establecida en firme. Es nuestro sino. La incógnita subyace.

Estos dias de difuntos nos hacen fijar un poco más los conceptos, o podemos decirlo de otra manera, quizá sea esta una asignatura pendiente; visto el camino por el que se deslizan las sociedades actuales, parece que se olvidan tanto del enigma, como de las incógnitas y de los límites. Nos comportamos como seres fatuos que parecen haberlo conocido todo, que quieren disponer de todo a su antojo.

¿Quién puede precindir de esa experiencia radical? ¿En que postura le colocarán sus sentimientos? ¿Dónde quedan mi cuerpo y mi ánima llegado a esos extremos?

Los recuerdos más recientes nos agarran a los seres queridos de más reciente desaparición, los más antiguos se van difuminando en el tiempo y en fotos extrañas, para terminar en ese fondo intuido, pero desconocido.

Las actitudes relacionadas con la muerte vendrán a ser tantas como seres humanos. Hemos quedado en lo particular y personal de la experiencia, todas con el añadido de ese mínimo respeto exigible como ser humano que pasó por este mundo. Alcanzamos una libertad trágica, indiscutible, e igualitaria por obligatoria.

De todo ello se debiera colegir un comportamiento más acorde con la naturaleza de estos asuntos. Los que no vean más allá de la nada, los de la pura materia cósmica, los más ilusionados creyentes; todos desconocemos el sentido absoluto de la seguridad, compartimos partículas con difuntos y prójimos, pero somos reacios a intercambiar las experiencias.

El proyecto vital hacia la ESPERANZA exigiría el reconocimiento de ese fondo enigmático común, con el respeto general a los de antes y a los actuales, para acercarnos al límite de la manera más feliz posible. Sin imponer ánimas ni materias...y sin una resolución del enigma, que permanece incólume.

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