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Etiquetas:   Caballo de Troya   -   Sección:   Opinión

Rosa Parks: la libertad es su cielo

Vicente Sancho
Redacción
sábado, 29 de octubre de 2005, 21:48 h (CET)
Tenía 92 años. Murió mientras dormía. Pero en su vida estuvo muy despierta. Rosa Parks fue una luchadora. Su más memorable batalla la ganó el día que no le cedió su asiento de autobús a un hombre blanco. Ese fue el comienzo de la lucha por los derechos civiles de la sociedad de color en Estados Unidos. Ocurrió en 1955, cuando Pamela Parks contaba ya con 42 años. Toda una vida de humillación y menosprecio flotaba sobre su cabeza. En Alabama, un ser de color era menos que nada. Aún subsistía la prepotencia del hombre blanco frente al antiguo esclavo traído de África.

Una guerra de Secesión no había bastado para borrar en cien años los antiguos privilegios. Algunas leyes hablaban de igualdad entre todos los hombres. Algunos escritos teorizaban sobre el espíritu abierto de la sociedad americana que integraba en su Carta Magna los más sólidos principios de respeto y dignidad humana. Pero en Alabama terminaba aquel mundo. Allí aún prevalecía el viejo orden. Ante un blanco, al hombre negro no le cabía mas que mirar hacia el suelo, hacia el barro. Y esperar a que nadie le endilgara un improperio. O algún palo, que no era infrecuente el caso. Cuando el hombre blanco subía al autobús, cualquier asiento, todos los asientos, le pertenecían. Sus posaderas merecían mejor trato. Mejor que las de una anciana negra. Mejor que las de una embarazada negra. Y no habría ley del norte que cambiara eso. El mundo podría haberse vuelto loco, pero en Alabama el viejo orden reconfortaba el alma del hombre blanco.

Corría el otoño de 1955. Empezaba el último mes del año. El autobús circulaba con mayoría de viajeros negros. Entre ellos se encontraba Rosa Parks. Sus ojos se dirigían hacia la ventanilla. Le gustaba mirar la calle y verla correr al otro lado de los cristales. Por eso no vio al hombre cuando se le acercaba. Pero sí que escuchó su voz. Sí que escuchó como le pedía su asiento. “Levántate, negra. Sé obediente. Recuerda que tus abuelos fueron esclavos”. A eso le sonó la petición de aquel hombretón plantado frente a ella. Allí estaba el amo, el ancestral amo de mirada dura y de látigo presto. ¿Cuántas injurias pasaron por su memoria histórica, cuántos desprecios y vejaciones inferidas a tantos y tantos tíos Tom de su misma raza? Rosa Parks levantó la mirada orgullosamente hacia aquel representante de la horda dominante, y le contestó con toda la calma que pudo concitar en su alma atribulada: “No”.

Ese “No” cambió la historia del estado más poderoso de la Tierra. Fue el fogonazo que determinó la salida hacia un punto más luminoso para millones de seres humanos. Fue la estela que marcó el camino para otros líderes que vendrían después. Martín Luter King ya mostraba su silueta por el horizonte donde comparecen los grandes hombres. En gran parte, gracias a una costurera llamada Rosa Parks. Descase en paz y que su cielo sea la libertad, algo por lo que tanto luchó a lo largo de su vida.

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