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'EL aura', de Fabian Bielinsky
Gonzalo G. Velasco
Si en Nueve Reinas el director argentino Fabian Bielinsky saqueaba con un descaro que muchos consideraron frescura (simplemente por tratarse de una película no Hollywoodiense), los mecanismos narrativos de algunos de los mejores guiones creados por la fábrica de sueños (El Golpe, Sospechosos Habituales...), en El Aura reincide en su tendencia mimética y se esfuerza en pergeñar con torpeza un batiburrillo estilístico a partir de, otra vez más, Sospechosos Habituales, y buena parte de la filmografía del nunca bien ponderado M. Night Shyamalan. En ambos casos, el resultado es el mismo: un impersonal thriller con acento argentino e ínfulas de grandeza que realza, por contraste, lo excelso de sus referentes.
Vista desde la óptica de un espectador poco riguroso, El Aura podría hasta resultar simpática como ejercicio de pleitesía cinematográfica, pero a nada que uno se ponga serio, verá que las intenciones de Bielinsky son mucho más ambiciosas (y sí, en este caso “ambiciosas” funciona como eufemismo de “pretenciosas”). El mero hecho de conceder a una trama tan liviana como la de El Aura más de dos horas de metraje, deja bien claro que el argentino busca algo más que repetir el éxito de Nueve Reinas. Del mismo modo, el aparatoso tratamiento visual y musical del film, con esos verdes sempiternos encerrados en planos simples, estáticos y deliberadamente austeros, y ese molesto colchón acústico que genera tensión a base de tocar las narices, sugiere cierta inquietud por demostrar una pericia formal en realidad inexistente. No porque Bielinsky no filme bien (ahora todos los directores filman bien), sino porque las decisiones que toma respecto a la forma, se encuentran desarraigadas de su necesario contenido.
Algo parecido le sucede al guión. Se ha puesto tanto énfasis en armar un mamotreto deslumbrante donde todas las piezas encajen con precisión de cirujano cardiovascular que, aunque todo parece funcionar correctamente, lo hace con arritmias y desatendiendo a lo más importante en una película de estas características: los personajes. Ricardo Darín dota a su papel de una solidez notable, de acuerdo, pero no se puede construir un personaje central tan sólo sobre su condición de epiléptico con memoria sobrehumana aficionado a los robos perfectos. Y mucho menos cuando dicho personaje acapara todos y cada uno de los planos de la obra
A Bielinsky, resumiendo, le ocurre lo mismo que al protagonista de la ficción que dirige, y aunque ha planeado todas las aristas de su plan maestro de modo muy concienzudo, si las cosas salen relativamente bien en última instancia, es más por azar que otra cosa. Riesgos de jugar a ser Shyamalan...
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