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Etiquetas:   Turquía - UE   -   Sección:  

Los turcos ante Bruselas

Redacción
sábado, 29 de octubre de 2005, 05:32 h (CET)
Europa está, de nuevo, dividida. Esta vez entre detractores y simpatizantes de una ampliación de la Unión Europea con Turquía. Al margen de un calendario impuesto muy estricto y de todo tipo de exigencias para con el candidato, la familia europea ya dejó claro en la cumbre de Helsinki en diciembre de 2004 que los nuevos miembros sólo serían acogidos si se estuviera en condiciones de ello.

Ricardo Ginés
Es decir, guardándose el comodín debajo de la mesa por si acaso, pasara lo que pasara. Con otras palabras: por muchos esfuerzos que haga, no todo dependerá de la voluntad de Turquía.

Las negociaciones serán, en todo caso, las más duras y difíciles de cuantas ha mantenido la Unión con uno de sus pretendientes. Sobre la mesa, muchas cuestiones que no solamente reflejan las inquietudes de una Europa que desea volver a ser potencia mundial, sino que cuestionan de forma básica una identidad, la europea, pretendidamente cristiana, occidental, moderna y laica, que parecía bien definida y encorsetada hasta...ayer.

Divisiones europeas
De nuevo, como en 1683, Viena intentaba hace pocas semanas impedir el paso a los turcos. Pero con escaso éxito: ahora éstos ya se divisan a las puertas de la capital europea, Bruselas, y la mayor parte de la población europea teme que el ingreso del gigante euroasiático en la Unión Europea suponga una desestabilización y con ello a la larga un colapso político y económico. Como si uno de los mitos de la fundación europea, el caballo de Troya, hubiera trascendido la imaginación.

A los países miembros, sin embargo, les conviene olvidar que precisamente la homérica Troya se encuentra en la Anatolia actual, la parte asiática de Turquía. Otra prueba más de la escasa credibilidad de los argumentos que desvinculan Turquía de la civilización europea.

En este sentido, no es ningún secreto que tanto la nueva canciller alemana, Angela Merkel, como el ministro de Interior francés, Nicolas Sarkozy, por citar a dos miembros de los gobiernos con más poder dentro de la U.E., se muestren contrarios a la entrada de Turquía. Otros países prefieren asumir una estrategia a largo plazo que permita, por ejemplo, forzar a Turquía a reconocer a Chipre, como pasó a España con Gibraltar. Gran Bretaña, incluso, no oculta en ningún momento su deseo de que Turquía forme parte de la gran familia europea como miembro de pleno derecho. Algunos, como el catedrático londinense de Ciencias Políticas Chris Brown, ven en esta estrategia no más que un intento de mermar todavía más a la UE.

Todas estas opiniones no son más que fiel reflejo de lo que mueve a las políticas exteriores de todos los miembros de la Unión a falta de una común: la defensa de los intereses nacionales.

Cada país dentro de la Unión está volviendo a mezclar las cartas y apostando fuerte para ganar la partida. Europa no está todavía unida y las luchas internas por el poder son un buen reflejo de ello. Pero poco a poco se va cimentando el denominador común de cara a las negociaciones: habrá seguramente largos periodos de transición en la concesión de ayudas europeas a Turquía (el número de campesinos en este país equivale al conjunto de campesinos en la actual Unión Europea) y una cláusula de salvaguardia permanente para restringir el libre movimiento de trabajadores turcos en la UE.

La seguridad como impedimento
La voz del ministro de exteriores luxemburgués, Jean Asselborn, ha causado gran eco en Ankara.

En su opinión, el ingreso de Turquía supondría una cimentación de las aspiraciones de Europa de convertirse en potencia mundial “que incremente el dominio en el planeta.” Si juegas, apuesta por el caballo ganador. Quizás una opinión demasiado optimista, sin embargo, dado otro de los grandes problemas que dificulta la entrada del país que ha tenido que sufrir tres golpes de estado desde su fundación: la seguridad. Si este país entra en la Unión Europea, tendríamos una población mayoritariamente musulmana y las fronteras de la UE se adentrarían en Medio Oriente. No olvidemos que Turquía comparte fronteras con Irak, Irán y Siria, tres de los países más conflictivos de la política mundial hoy en día. La disputa de Chipre, por si no fuera bastante, podría suponer otro foco de desestabilización en una Europa que ni siquiera ha visto avalada su constitución. Y si bien es verdad que Turquía ha demostrado que el proceso de democratización en su seno había llegado para quedarse, también es cierto que el país arrastra todavía las cicatrices de una guerra civil con la minoría kurda que ha durado veinte años y se ha cobrado más de 30.000 vidas.

Alumno aventajado
La discusión de la Turquía europea no es, empero, nueva y tiene incluso una larga tradición. No olvidemos que Turquía accedió a la OTAN en 1952; es decir, dos años después de las primeras elecciones democráticas en este país. Gracias a unos deberes bien hechos, sobre todo en la contención del islamismo que asolaba a los países vecinos en los años 60 y 70, Turquía se convertía (después de ser miembro asociado de la C.E.E en 1963), en un firme candidato a entrar en la misma. Durante la Guerra Fría Turquía había cumplido su labor con creces y seguía tocando la puerta europea. A su favor, la promesa de poder ser modelo para la democratización y modernización de sus países vecinos. Cada vez que Turquía se volvía más europea, que asentaba las bases de un país republicano que se rige por una Constitución que consagra el laicismo, la modernización y la democracia, se acercaba con más ansiedad a las puertas de Bruselas, con la esperanza de poder cumplir con su sueño europeo. Teniendo en cuenta todo ello es fácil vaticiniar con escasos posibilidades de error que si el proceso de ingreso sigue su camino con fuerza, el proceso de reformas necesarias dentro del país tanto en el campo político como en el de los derechos humanos recibirá un impulso extraordinario como está ocurriendo actualmente. Ahora bien, si no es así, Turquía ofrecerá probablemente y quizás con razón su cara más rencorosa para con el rechazo europeo y retrasará o frenará definitivamente la notable transición de los últimos años que no tiene parangón, por su rapidez, profundidad y compromiso, con ningún otro país europeo, ya sea miembro actual o candidato de la Unión.

¿Una Europa cristiana?
En este contexto, uno de los argumentos más populistas y con más peso que se esgrimen contra una Turquía europea es la supuesta identidad cristiana de Europa. Es un argumento fácil, pero de los más efectivos a la hora de rechazar frontalmente y, sobre todo, deslegitimizar a priori, a una Turquía europea. A Europa le conviene, en este aspecto, olvidar que desde la época de Constantino, emperador del Bizancio, a comienzos del siglo IV hasta el ascenso del Islam a comienzos del siglo VII, el mundo mediterráneo de Oriente fue casi en su totalidad cristiano. Aún más: la región mediterránea oriental era el centro de la civilización(!) cristiana.

Y es que el cristianismo nació como una secta judía más. Una secta oriental. Jesucristo hablaba arameo. Para más datos, Estambul, el centro neurálgico de la Turquía actual, fue bautizada como Constantinopla, la capital del Imperio Romano de Oriente que eclipsaba al oscurantismo de su compañero occidental y enarbolaba con éxito la cristiandad mientras Occidente era no más que una región bastante bárbara sumida en el analfabetismo, la caza de supuestas brujas y la fuerza bruta.

Con el ingreso de Turquía en la Unión Europea, la basílica de Santa Sofía en la actual Estambul bien podría transformarse en nuevo símbolo europeo: la que fuera la iglesia más grande de la cristiandad hasta la construcción de la basilica de San Pedro en Roma, está hoy custodiada por cuatro minaretes, recuerdo de los siglos en los que fue mezquita antes de convertirse en un museo. La capital de tres imperios, la llamada Bizancio y Constantinopla antes de que Napoleón se refiriera a ella como “capital del mundo”, podría, de este modo, convertirse en un fiel reflejo de una Europa que ya cuenta con una minoría musulmuna importante y creciente, tiene raíces judías, cristianas y musulmanas y aspira a convertirse, no por último, en una enorme sociedad de servicios con peso mundial.

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