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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Medalla, ni de chocolate

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 27 de octubre de 2005, 23:45 h (CET)
En estos días José María Aznar está inmerso en la tristeza. Sus amigos americanos le habían prometido una medalla y ahora ve que se la quitan en sus narices sin darle ninguna clase de explicaciones. Ahora tiene más remarcada, si cabe, esa cara de permanente cabreo a que nos tiene acostumbrados. Pobre Jose, dirá la concejala de Servicios Sociales de Madrid, lo han dejado igual que a esos niños malos a los que el seis de Enero los Reyes Magos no les traen más que carbón.

Esta cuestión de las medallas y los uniformes militares es algo muy arraigado en los políticos de la derecha. Recuerden al actual Ministro de Defensa, el señor Bono, que cuando todavía no había calentado la poltrona del Ministerio ya se había auto concedido una medalla. Recuerden también el amor de Aznar y los últimos Ministros de Defensa, el mentado Bono y Trillo, “marqués de Perejil” a vestir prendas militares. A la más mínima ocasión ya están todos tocados con gorra militar o cazadora de campaña. Nunca vi a Narcís Serra ejerciendo de Ministro de Defensa disfrazado de militar. El ministro que se atrevió a meter en cintura el ardor guerrero de los militares después del intento de golpe de Estado del 23-F nunca pasó por esta clase de bufonadas.

La medalla de Aznar colea y da que hablar desde el mismo día en que los españoles nos enteremos que con nuestro dinero este antiguo cantor del “Cara al Sol” y enemigo en 1978 de la actual Constitución se había comprado la medalla del Congreso de los USA, una de las más altas y caras condecoraciones que concede aquel país. La historia de la medalla tiene como punto de partida el mes de mayo de 2003 justo cuando Bush da por finalizada la guerra en Irak. Entonces para agradecer los servicios prestados a su “amigo español” un grupo de siete congresistas encabezados por el tejano Reyes, propone que le sea otorgada la distinción al palanganero de las Azores. Para ello hacían falta un mínimo de 290 firmas y como su recogida era tarea ardua en diciembre de 2003 Javier Ruperez, embajador de España en USA, firma en secreto un contrato con la firma de abogados PIPER RUDNICK por un importe de dos millones de dólares, de los que se pagan 700.000 en ese momento y el resto se hará en pagos mensuales de 100.000 dólares cada uno de ellos. Una minucia detraída del dinero de nuestros impuestos. En vez de mejorar las carreteras compramos medallas para “el jefe”.

Aznar siempre ha confundido su persona, el cargo y el Estado. Todavía resuenan los ecos de aquella boda imperial celebrada en olor de multitudes en el Escorial, cual si se casara una infanta real. No contento con hacer de España su cortijo particular quiso ser recordado como el primer español en ostentar la famosa medalla del Congreso americano. Eso sí, pagada con el dinero de los españolitos de a pie y bajo los auspicios de un despacho de abogados que trabaja en colaboración con el lobby COHEN GROUP, presidido por William S. Cohen, ex-Secretario de Defensa, y que se dedica a otorgar los contratos para la reconstrucción de Irak. Es decir, primero rompemos y después ganamos dinero reparando lo que hemos roto. Es la filosofía de los neocons.

Pero todo le ha salido mal al castellano que olvidó su acento de Valladolid para trocarlo por el chicano y así contentar a su amo que le dejaba poner los pies encima de la mesa. Perdió las elecciones por la mala gestión de su Gobierno, salieron a la luz algunas cosas como la concesión y los honorarios de la medalla y se tuvo que refugiar en la presidencia de la FAES desde donde continua dando órdenes y hablando por boca de Rajoy, y, ahora, sus amigos yanquis no le agradecen sus servicios de cipayo a las ordenes del Imperio Bush y le dejan sin una triste medalla que colgarse al cuello. Aznar se ha quedado sin medalla, sólo le queda la de la primera comunión, pero el erario español, todos nosotros, nos hemos quedado sin unos cuantos miles de euros que tan sólo han servido para ensalzar la egolatría de este triste personaje.

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