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La ministra de Exteriores de Georgia, destituida por simpatías hacia Rusia

Vladimir Simonov
Redacción
jueves, 27 de octubre de 2005, 23:45 h (CET)
En la Georgia de hoy una actitud benévola respecto a la Rusia vecina se considera algo como defecto individual que fácilmente puede manchar el expediente de cualquier miembro del gobierno. El miércoles pasado, el primero ministro del país Zurab Nogaideli ha hecho dimitir a la cancillera Salomé Zurabishvili, quien antaño era objeto de orgullo y estrella del gabinete ministerial de Georgia, a quien contrataron especialmente desde Francia.

Su dimisión es tan curiosa como su nombramiento. Ya en el otoño de 2004, en vísperas de "la Revolución de las Rosas" georgiana, Zurabishvili estaba de embajadora de Francia en Tbilisi. La hija de emigrados georgianos antibolcheviques, ella ha producido tan fuerte impresión al nuevo presidente de Georgia, Mijaíl Saakashvili, que éste le pidió a Jacques Chirac que se le prestara para el puesto de jefe de la diplomacia georgiana. La señora embajadora se hizo cancillera, obteniendo de paso otra ciudadanía, la georgiana.

En aquel entonces ese gesto extraño de Saakashvili fue acogido por los analistas internacionales como manifestación de la orientación prooccidental de los nuevos dirigentes de la república que habían llegado al poder en la creta de la ola de la "Revolución de las Rosas". "Rusia está más cerca, pero nos es ajena; Occidente está lejos, pero es allí donde están nuestros intereses", parecía decir este enroque ministerial. La nueva ministro, que habla georgiano con fuerte pronunciación francesa, en Tbilisi parecía servir de buen guía capaz de guiar rápidamente a Georgia hacia el ingreso en la Unión Europea.

Pero la actitud de Zurabishvili hacia Rusia ha resultado ser mucho menos dura de lo que querían los jacobinos de entre los allegados al presidente Saakashvili. La nueva cancillera se puso a tejer encajes de una política moderada que a menudo encontraba comprensión en Moscú. Concretamente, la primavera pasada, junto con los diplomáticos rusos logró mover desde un punto muerto las ya estancadas negociaciones sobre las condiciones y los plazos de la retirada de las bases militares rusas desde Georgia.

Fue justamente entonces cuando un grupo de miembros del parlamento georgiano dominados por ánimos de rusofobia lanzan un primer ataque contra la cancillera. A Zurabishvili se le acusó de "arrogancia inadmisible", de "política dudosa en materia del personal" y, lo que principal, de "decisiones incomprensibles e inoportunas". Según parece, la liquidación de las bases rusas tenía que realizarse en cuestión de días en vez de años, tal como Zurabishvili tenía acordado con Moscú.

Poco después el equipo gobernante en Georgia se confirmó aún más en sus sospechas a propósito de las inadmisibles simpatías de la cancillera hacia Rusia. Esto sucedió cuando Javier Solana, Alto Representante de la UE para la Política Exterior y de Seguridad, le mostró a Nino Burdzhanadze, presidente del parlamento georgiano, una carta que le había remitido Zurabishvili. En esta misiva la cancillera expresó esta idea bastante trivial: ya que las relaciones georgiano-rusas se remontan a épocas remotas, siendo tradicional la buena vecindad de los dos países, "el monitoreo de la frontera con Rusia no es asunto prioritario para Georgia".

A modo de ver de los parlamentarios radicales, no es posible imaginarse mayor herejía. Entonces comenzaron a atacar políticamente en serio a la convidada de Francia.

El martes pasado, el partido presidencial "Movimiento Unico Nacional" le propuso al parlamento emitir el voto de censura para Zurabishvili. La iniciativa fue aprobada con entusiasmo por los "occidentalistas" de dos comités parlamentarios: el de la política exterior y de la eurointegración. El flujo de los argumentos alegados es réplica exacta de las calumnias que formaban parte de la campaña de acoso lanzada en primavera: la forastera llegada de Quai d'Orsai se acusó nuevamente de "arrogancia", "inaceptable estilo de dirección" e incluso de "incapacidad para organizar la comunicación con las embajadas". Pero de este ramo de la acusación asoman las largas orejas de la rusofobia.

De hecho, la ministro Salomé Zurabishvili fue destituida de su cargo por demasiadas, según los revolucionarios de Tbilisi, simpatías hacia Rusia. A propósito de ello fue inventada una explicación lógica: siendo semi-francesa, Zurabishvili se halla inhibida en las maniobras con respecto a Moscú, porque "Rusia y Francia mantienen estrechos lazos amistosos a nivel de Jefes de Estado".

La propia Zurabishvili no se siente abatida. Dice que sus oponentes en el parlamento, si bien, a diferencia de ella, han nacido en Georgia, y hablan georgiano sin acento, ellos "internamente no son georgianos, y les importan un comino tanto los intereses como el futuro de Georgia". Este futuro, según la opinión de la ex-ministro, es imposible concebir como enfrentamiento eterno y absurdo con Rusia. "Si de mi estancia aquí queda algo, será el acuerdo con Rusia sobre la retirada de las bases, hecho por el cual me siento feliz", - dice ella.

El escándalo diplomático relacionado con la dimisión de la cancillera en Moscú lo sitúan dentro del contexto de una serie de crónicos fracasos y malogros que persiguen a los promotores de la "Revolución de las Rosas" georgiana. El equipo de Saakashvili ha gastado de hecho un año y medio en juegos políticos que no tienen nada que ver con el cumplimiento de sus compromisos dados al pueblo.

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Vladimir Simonov es comentarista de RIA "Novosti".

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