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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (IV)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
jueves, 1 de diciembre de 2005, 02:09 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción


Resumen de lo publicado:


Don Quijote y Pero Grullo, que se han conocido casualmente en los Juzgados de Madrid, traban amistad entre ellos. Pero Grullo comienza a dar pruebas de una extraña y atinada capacidad de enjuiciamiento, aunque sólo se sincera con sus amigos.

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Capítulo III

Donde tiene lugar una conversación entre los dos camaradas

–La cuestión estriba –sentenció Pero Grullo– en plantear bien el problema. Ese el secreto del “pensar bien”, que parece tan recóndito y abstruso. Ese es el método, no tan encubierto. “Piensa bien y acertarás” siempre lo he entendido de este modo, en seguir correctamente las leyes internas del pensamiento. En cambio, quien “piensa mal” llegará indefectiblemente a conclusiones erradas.

Aunque ese es también el meollo que corresponde a cada cual. Lo que define su genio. Y aun quienes no gozamos de ninguna porción de manjar tan exquisito, planteando bien el problema podemos llegar a veces al ingenio. O quedarnos casi siempre, como yo, en la vulgaridad...

Permaneció unos instantes en silencio, pensativo, desalentada la expresión, quebrado el rostro, lánguida la vista, a punto de desfallecer, hasta que se rehízo para concluir, mientras levantaba la cabeza:

–Pero, al menos, es una vulgaridad atinada.
Después, recuperando todo el ánimo perdido, le indicó a don Quijote:

–Debéis creerme, don Alonso –y pareció que le quería subrayar algo, con su tono de voz, suavemente, para que no pudiera ofenderse–. A continuación, una vez planteado bien el problema, actúa por sí misma la Lógica. Todo lo hace ella misma, el prodigio de desvelar la verdad, fulminantemente.

“Ella” o tal vez “ello”, porque no hay razón para pensar que tal potencia sea dama, ni para masculinizar ni feminizar a las cosas. Ni siquiera para personalizarlas... No sabe vuesa merced la caterva de errores y de falsas percepciones a los que ambos vicios inducen, tantos que pareciese que en las alforjas de los géneros y de las personificaciones caben juntos más yerros que en cualquiera mala doctrina.

Y quiero decir también que, en mi nescencia, sigo planteándome el problema de la Verdad y de la Mentira todo lo correctamente que puedo. Con la secreta convicción de que, caso de que lo logre, pese a mi simpleza, “ello” actuará solo, y tal vez entonces comprenda lo que ahora no comprendo.

* * *
Anduvieron un trecho más los dos camaradas, don Quijote, cabizbajo, mirando de soslayo a Pero Grullo, y de cuando en vez oteando el infinito, a medias entre la resolución y la melancolía; Pero Grullo, a su lado, caminando al buen paso de aquel bravo caballero: uno de los hombres más rectos que nunca habían alumbrado las generaciones y los siglos. Lo cual no pensaba decírselo al caballero, porque no le sonara a lisonja huera, le bastaba a él con creerlo.

Al cabo de un rato, don Quijote abandonó su mutismo.

–Dime, Pero Grullo, si todo eso es como dices, y probablemente así sea... –meditó un instante, todavía–, entonces ¿por qué tanta animadversión del poder hacia las Humanidades? El estudio de la Lógica y de las Letras, las dos bases del pensamiento humano, debiera ser su primer objetivo.

–O por error o por dolo, mi señor don Quijote –respondió Pero Grullo–. Error si los responsables educativos han viciado su pensamiento con alguna reflexión extraña. Dolo si, sabiendo que lo viciaban, lo han hecho.

En cualquier caso, de manera irresponsable, porque sabemos que los poderosos de todas las épocas siempre fueron irresponsables, o no eran tan poderosos puesto que no llegaron a eludir sus responsabilidades...

Aunque lo cierto es que, por un motivo o por otro, condenan al pueblo a no entender casi nada...

Detuvo el paso Pero Grullo, y miró fijamente al caballero.

–¿Sabéis, don Alonso? A veces he creído posible que algunos de mis pensamientos llegue a expresarlos en público... Pero, entonces, temo que quienes no los entiendan sean... ellos.

–Perderías el crédito que te han otorgado los siglos, y sería más bien por la escasez y simpleza de los otros –repuso don Quijote, que comenzaba a entender la tragedia de Pero Grullo–.

* * *
Acertó a pasar por allí una pandilla de mozalbetes, los cuales, de que vieron a don Quijote acompañado de Pero Grullo, se acercaron regocijadamente hasta ellos. Y ocurrió que, como a aquél ya lo tenían tan mal explicado como muy celebrado y nada leído, así como perfectamente desbaratado en mil y una televisiones y acontecimientos culturales, apenas le hicieron caso, pues creían sabérselo sin encontrarle la mucha ironía, donosura y riqueza que le sobraban por cada una de sus aventuras.

En cambio, con Pero Grullo ya era otra cosa: burla garantizada. De manera que le instaron a que les contara allí mismo algunas de sus verdades, ante el auditorio de los pilluelos notoriamente desvergonzados y atrevidos. No fue remiso el bueno de Pero, pues no estaba en su carácter la descortesía... Alzó ambos brazos oblicuamente hacia el cielo, según era su costumbre antes de enhebrar alguna de sus habituales letanías, no sin que se le notara un brevísimo gesto de cansancio e insatisfacción, el cual fue percibido por su acompañante.

Adquirida su extraña postura, a modo de súplica a los cielos, Pero Grullo prorrumpió:

–La mitad es menor que el entero. La noche viene después del día. Muchos pocos hacen un mucho, muchos muchos pueden ser demasiado. A veces suceden cosas que otras veces no. Cuatro gatos son más que tres. Todos somos sanos, hasta que enfermamos. Una mujer no es un hombre, ni un hombre son dieciséis. Por el monte corren las liebres. Por el mar, las sardinas y los boquerones. Dame y me habrás dado algo. Hay males que vienen por mal. Quien madruga se levanta temprano. La lluvia moja. Quien bien hace, hace bien. Dos y dos son cuatro. “Arreando” es un gerundio. No por mucho correr vas a poder correr siempre, ni a ese paso. Si el horno no está para bollos, no habrá bollos. Muchos conozco que aún no han salido del cascarón, ni saldrán... Y marchándoos, que también es gerundio.

Se alejaron los muchachos entre risas, y ya a cierta distancia, uno de ellos, que parecía el más atrevido, espetó a sus compañeros, con buen tono de voz y sin importarle quién lo oyera:

–¿Lo habéis visto? ¡No ha fallado ni una! ¡Es idiota perdido!
Don Quijote, apesadumbrado, iba a abrazar a su compañero, tratando de consolarle, cuando éste, guiñándole un ojo y con un cierto aire de maliciosa picardía en la mirada, le dijo:

–Y lo curioso es que les he metido una inexactitud, ¡y bien gruesa!
Se refrenó de golpe don Quijote, y contempló aun con mayor asombro a Pero Grullo, a medias entre la incredulidad y el espanto. Pero Grullo, como viera que don Quijote dudaba, continuó...

–Dos y dos no son cuatro –todavía hizo otra pausa el taimado delusor, mientras sonreía...–. Son veintidós: nadie ha mandado sumarlos.
Y remachó, sin dar tiempo esta vez a que don Alonso reaccionara:

–No se fijan en los nexos... Más que nada, por eso la Humanidad va sin rumbo fijo.

Abrió los ojos desmesuradamente don Quijote y pensó que detrás de aquel menudo hombrecillo, tan aparentemente vacuo y sin sentido, se ocultaba no solamente una tragedia, sino también algún misterio... No era normal una figura como aquélla, que compartía, pese a su fama de banalidad, un atributo supremo con el propio Dios, el atributo máximo, el de atinar siempre, el de no errar en sus juicios, el de expresar siempre la verdad... Lo cual nadie hubiera sospechado, sin conocerlo, por mayores que fuesen las pruebas de sentido común que Pero Grullo, ese gran conocedor del alma universal y de la lógica aplicada, ese pobre infeliz atrapado por su propia leyenda, venía dando desde antiguo a quien se parara a escucharlo.

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Próxima entrega de la novela: sábado, 29 de octubre.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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