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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Mendigando humanidad

Mariano Cabrero (La Coruña)
Redacción
miércoles, 26 de octubre de 2005, 00:37 h (CET)
Era tarde y tenía mucha prisa. Había casi nadie por la calle ; sólo un hombre sentado sobre las escaleras de un portal, quien me dijo: 'Tiene cinco minutos'. Paré mis pasos, preguntándole: '¿Le ocurre algo?'. Me miró fijamente a los ojos, mientras sostenía en sus labios un cigarrillo apagado, diciéndome: '¿Me da fuego?'. Yo no fumo, le contesté.

¿Quién sería aquel personaje? Vestía ropas cansadas por el tiempo, sin afeitar, y tendría sobre setenta y pocos años. Volviendo sobre lo andado, le dije: 'Tome, tome... cien pesetas'. No pido limosna... y nunca la he pedido, me contestó. Para enmendar mi anterior error, continué diciéndole: '¿Quiere tomar un vino?'. Al pronto, respondió: 'Poco bebo y cuando lo hago me lo pago yo'.

En mi cabeza pululaban mil y una preguntas, y le inquirí: '¿Qué desea entonces?'. Al momento, contestó: '¡Hablar!, hace más de un siglo que no hablo con nadie'. Le sonsaqué si contaba con familia y contestó que tenía tres hijos y cuatro nietos. 'Más vale no hablar...; y, con la vejez, pierde uno hasta los buenos amigos', concluyó diciendo.

He leído poco y me an contado algunas cosa sobre los ancianos. Allí se encontraba una de esas criaturas solitarias, un semejante que sólo solicitaba 'hablar'... y una cerilla que no se la pude dar. Verdaderamente era alguien que estaba mendigando humanidad; bueno..., sí era realmente un ser que hallaba solo.

Me arrepentí después de no haber estado más tiempo con él- ahora que está de moda no arrepentirse de nada (ni los políticos cuando mienten o se equivocan, ni los economistas cuando yerran en sus pronósticos, etc.)- , con su soledad y sus miedos, su aislamiento..., que será el que uno tendrá a pocos años vista, si la sociedad en la que estamos inmersos no cambia sus costumbres deshumanizadas.

Cuando viejos comienzan nuestras grandes limitaciones físicas e intelectuales y entonces el afecto, la comprensión, el cariño ...suplen unas y otras. El último recorrido de mi corta o larga vida la veo más llevadero dentro de la convivencia familiar y no aislado en tristes residencias, que son paredes muertas de mi propia soledad. Hay un proverbio chino que dice: 'De jóvenes somos hombres, de viejos niños'. Pues bien, ¡cuidemos a los niños.

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