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Etiquetas:   Algo más que palabras   Social   -   Sección:   Opinión

Enternecernos y entusiasmarnos

Tenemos que vestir los pensamientos de un lenguaje más vivificador y menos letal
Víctor Corcoba
jueves, 8 de febrero de 2018, 07:24 h (CET)

Tenemos que volver al corazón de la poesía para ejercitar el deporte del entendimiento, para pintar murales de amor que nos injerten armonía, y para poder viajar hermanándonos a golpe de latido. Hemos de salir con urgencia de este calvario de crueldades que nos dejan sin alma. Nos merecemos otros caminos de menos batallas y más abrazos, no tan destructores y sí constructores del género humano. Sólo así podremos confluir en concordia y desterrar el desaliento que nos invade. A propósito, quiero subrayar el emocionante mensaje de conciliación a su llegada a Corea del Sur, del atleta refugiado Yiech Pur Biel. Un claro testimonio de luz que debe hacernos recapacitar a todo ser humano, habite donde habite la persona, pues lo fundamental es despertar y trascender de nuestras propias miserias humanas. He aquí su hondura, su manantial de enternecedoras lágrimas, que nos llaman a meditar conjuntamente: “Una persona necesita muchas cosas – vivienda, alimentos, agua, educación y servicios médicos – para sobrevivir, pero ¿qué significan todas estas cosas sin quietud? Como refugiado que huyó de un país en conflicto, sé lo importante que es la paz”. Más allá de estas palabras están también sus acciones, promoviendo instalaciones deportivas para niños refugiados, desplazados y vulnerables. En el fondo, busca utilizar la actividad física como una herramienta de cambio para los menores de todo el planeta.


En un momento en el que son muchos los niños reclutados por la fuerza, o adoctrinados para matar en contiendas verdaderamente salvajes, argumentos como el del atleta refugiado Yiech Pur Biel, aparte de apasionarnos, nos injerta la esperanza de que sea posible modificar actitudes. No podemos acomodarnos a esta locura de maldades y violencias sin límite, que padecemos. Millones de chavales viven en emergencias, necesitamos salvar sus vidas, restaurar su sonrisa, encauzar su sosiego y alimentar su ilusión, la de un mundo más apacible y fraterno. Naciones Unidas calcula que hay unos 19.000 niños soldado en Sudán del Sur, tras más de cuatro años de conflicto en el país africano. UNICEF necesita 45 millones de dólares en 2018 para apoyar los esfuerzos de liberación, desmovilización y reintegración en todo el país. “No todos los críos son reclutados por la fuerza. Muchos se unieron a los grupos armados porque sintieron que no tenían otra opción ", dijo Mahimbo Mdoe, representante de UNICEF en el país. “Nuestra prioridad para este grupo de menores es brindarles el apoyo que necesitan para alcanzar un futuro más prometedor”, remató poniendo la esperanza en todos nosotros. Indudablemente, el ser humano como tal, precisa rehumanizarse, aunque solo fuera para salvarse él mismo y los suyos.


Por ello, tenemos que vestir los pensamientos de un lenguaje más vivificador y menos letal, con disposición siempre a prestar auxilio donde se nos necesite. Al igual que se tiende a poner palabras allí donde restan las ideas, es menester salir al encuentro de cuántos viven engañando a los demás, pensando que se bastan a sí mismos, ya sea desde la ciencia, el arte o el deporte, para decirles que la vida no es de nadie y es de todos, y que al menos, aquellos que deseamos vivirla, podamos hacerlo sin que se enfríe el amor entre análogos. Hoy más que nunca, requerimos de esa capacidad de afán interior que suele ponernos alas, cuando menos para ocuparnos de lo evidentemente importante, como es la comunión entre culturas y gentes. Por cierto, ya en su tiempo el escritor francés Anatole France (1844-1924), solía decir que “prefería los errores del entusiasmo a la indiferencia de la sabiduría”; y, ciertamente, son las cuestiones realizadas con voluntad y espíritu las que suelen acercarnos y hacernos crecer coaligados. Si prioritario para esa alianza es asegurar que la voz de todos sea escuchada, también ha de ser fundamental que el respeto, primera condición para vivir una vida saludable, cotice antes que el dinero por todos los rincones del orbe. Así frenaremos todos los vicios y ganaremos en virtudes que buena falta nos hace. Entusiasmados y enternecidos, hasta sentir la veneración de amarnos, es lo que realmente nos tranquiliza. Únicamente, quien lo experimentó lo entiende. 

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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