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Etiquetas:   Caballo de Troya   -   Sección:   Opinión

Culturilla deportiva

Vicente Sancho
Redacción
lunes, 24 de octubre de 2005, 00:35 h (CET)
En este país todo el mundo entiende de deportes. ¿Practicar alguno? Pues, no. La verdad es que el tiempo escasea y no anda la cosa como para que, además, tenga uno que ponerse de corto y correr de aquí para allá, dándole vueltas a alguno de los anillos olímpicos. Pero entender de deportes, el español entiende de todos ellos.

¿Se trata de motorismo o de fórmulas 1? ¿Quién no ha seguido, casi a su grupa, a Dani Pedrosa por esos circuitos de Dios y se ha emocionado cuando se ha erigido en campeón mundial? ¿Quién no ha llenado su hogar de vítores y de estentóreos gritos de alabanza hacia el joven asturiano de la Renault que ha llevado la gloria y el honor patrios a alturas jamás soñadas? ¿Quién, quién, eh?

¿Qué se trata de hockey sobre patines? Señálenme a uno, a un solo español que no se sostenga airosamente sobre esos diminutos artilugios rodantes y, mientras da buena cuenta de una suculenta cena, no les propina una severa tunda a portugueses, a italianos o a argentinos. Los españoles es que somos..., es que somos...

Venga, láncenme deportes sin miramiento alguno. ¿Quieren que hablemos de baloncesto, de balonmano, de balón-lo-que -sea? Pues hablemos, pues hablemos... ¿Qué somos bajitos? ¿Qué los españoles somos bajitos, un poco tripuditos y de carnes fláccidas? No, si todo será sacar defectos. Pero bueno, a fin de cuentas, ¿qué más nos da nuestra tipología si a la hora de la verdad metemos más encestes, o más goles, que el resto de los habitantes de este globo? ¿Qué a veces nos vence éste o aquel país en alardes que los deja aturdidos y exangües? Bueno; pero es flor de un día para ellos. Pronto reverdecen nuestras cualidades y los devolvemos al furgón de cola mientras saboreamos un pastel de chocolate hundidos en el sillón más mullido de la casa.

En esto del deporte, nuestra acomodación a cualquier medio es extraordinaria. Viene a cuento por los deportes náuticos. Digo yo que vivir en una península no iba a ser sólo para lo malo. Que es muy bueno el clima que tenemos por aquí y muy tranquilitas las aguas que se acercan a nuestras costas. Y luego está eso del intrépido navegante español, que suena muy bien y que no debe ser sólo floritura verbal; que agazapado en nuestro fondo, en el fondo de nuestro pueblo, hay mucho marinero, mucho avezado hombre de mar. Claro, y eso sale. En cuanto se organiza un deporte de vela o de la navegación que sea, brota ese marino escondido, ese Churruca glorioso que existe en nuestro subconsciente, y exige premios y medallas que es un escándalo.

¿Nos referimos, ahora, al tenis? Pues venga, venga, el tenis. Uno ya contrastado –lo digo por la edad y por los triunfos- que es el melenudo Moyá, y otro joven, aunque ya suficientemente preparado, y tan melenudo como el anterior, que es Nadal. ¿Algo que objetar a estos dos próceres de la raqueta y de la bola amarilla? ¿Qué español no ha movido su cabeza –derecha, izquierda; derecha, izquierda- al ritmo imperioso de los mandobles de estos dos enérgicos contendientes de las canchas mundiales? Con los bíceps y los cuadríceps de ambos tenistas, ¡qué invencibles nos hemos sentido los españoles y cuántos trofeos hemos acariciado con estas manitas nuestras!

En fin, que las cosas, oiga, son así, ¿qué quieren? Y es que, tal vez, el mérito sea de nuestros ascendientes, de aquellos lejanos iberos tan diestros ellos para todo. Según he oído, se pasaban el día tras las liebres si querían comer. Y eso debe curtir. Las hebras de nuestros músculos deben tener el temple del acero. Los cartagineses lo sabían; los romanos lo sabían. Y ahora debe saberlo todo aquél que se nos enfrenta en una competición y nos lanza el guante del reto deportivo.

¡Ah!, y he dejado intencionadamente para el final el deporte rey, el fútbol, esa actividad que endulza las tardes del domingo de tantos compatriotas nuestros. ¡Qué emoción -qué jardín de emociones, más bien- el que levanta este deporte en tanto pecho español! La cara se convulsiona, los músculos se agarrotan, la sangre fluye en incontenible torrente por nuestras venas ante cada incidencia del juego. En esta tarea se evidencia todo el cúmulo de excelentes disposiciones del español para hacer deporte. Ahí no vale que el niño berree, que la mujer se desespere ante el cúmulo de cacharros que se apiñan en la cocina. El hombre ibérico que se precie permanece frente al televisor, esforzándose hasta lo indecible para que el equipo de sus amores sume los puntos en litigio. No caben concesiones; no se admiten las medias tintas. Es una guerra sin cuartel. Ya sé que los aguafiestas emborronarán estos momentos de exaltación de masas aduciendo que los jugadores no son, en su gran mayoría, españoles, y que los colores que defienden hoy los atacarán con saña algún tiempo después. Bueno, ¿y qué? El líder de hoy puede ser el traidor de mañana. Eso le confiere al juego los elementos ancestrales que desencadenan todas las pasiones. Los iberos ya nos pusieron en la senda: hoy con Aníbal y unos añitos después con Pompeyo, ¿por qué no? Que éste es brasileño, éste otro también y el de más allá es serbio? Psss..., eso no quita. A España siempre la han recorrido subterráneas corrientes de mestizaje que han fortalecido a la población autóctona. ¿Vamos ahora a desgarrarnos vestimenta alguna? El fenómeno futbolístico arrumba todas estas pequeñeces que -¡mira por dónde!- acaban contribuyendo a su propio engrandecimiento y a su permanente revitalización. Si el español se viera en la tesitura de practicar algún deporte, mi opinión es que elegiría el fútbol. Estoy casi seguro.

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