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Etiquetas:   Novela por entregas   -   Sección:   Libros

Soberano don Nadie (III)

Juan Pablo Mañueco
Redacción
martes, 29 de noviembre de 2005, 02:03 h (CET)






Soberano don Nadie en el país de
los poderes políticos verticales

Don Quijote y Pero Grullo en acción


Resumen de lo publicado:


En los pasillos de un juzgado de Madrid, un hombrecillo menudo de nombre Pero Grullo, que acompaña a sus amigos, Soberano don Nadie y doña Soberanía Ninguneada, está juzgando mentalmente a la Administración de Justicia. A lo lejos, don Alonso Quijano contempla la escena.

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Capítulo II (continuación)

¿Podría exponerles siquiera lo evidente? Que la Administración de Justicia, mientras esté constituida por un clan cerrado de señorías tan políticas que deben realizar la tarea más política de todas –afirmar que es “justo” el Régimen que les promociona y les sostiene, por encima del pueblo y sin contar con el pueblo– será un ejemplo de iniquidad, desde ese mismo instante.

O algo igualmente obvio: que las señorías políticas de la Justicia arroparán siempre en lo fundamental al Régimen que les otorga el poder de tomarse la Justicia por la mano de su estamento cerrado... herrándoles la conciencia con los altos cargos y los altos sueldos y honores a los que promociona a sus adeptos.

¿Podrían entenderlo? La propaganda en que nacen, crecen y mueren les persuade de lo contrario. De lo humanamente imposible, por mera ley antropológica.

¿Decirles yo que usen el sentido común, cuando toda la propaganda les induce al error? La propaganda institucional, y la que no se presenta como tal... sino como doctrina de escuela, como editorial de periódico, como dictamen sellado, pronunciado y mandado firmemente por quien puede dictaminar contra el puro entendimiento humano... ¿Decírselo yo...? No alcanzarían a entenderlo.

¿Decirles que la ganadería judicial y fiscal, experta sólo en ventriloquias, siempre ha estado para eso en sus altos o bajos organigramas, para bendecir al que manda, el cual, por tanto, puede decidir el futuro de sus carreras políticas en la Administración de la llamada “Justicia”? ¡Excesivamente complicado! ¿A quién se lo voy a decir, que pueda ver más allá de sus anteojeras propagandísticas...? Siglos de coartadas retóricas y de ropajes decorativos y estamentales les impedirían entenderlo.

¿Pedirles que apliquen el sentido común por una vez y que sólo con eso descubrirán lo evidente: que el nivel de hedor de todo organismo cerrado es el propio que cabía esperarse...? Absoluto, en un estamento absolutamente autárquico como el de los jueces, salvo por las presiones directamente políticas y partidistas que reciben, su única “ventilación” exterior.

¿Decirles que la absoluta pestilencia de la Administración de Justicia lo impregna todo, desde las altas cúpulas orgánicas hasta las bajas cloacas orgánicas, que ya estaban descompuestas durante la democracia orgánica anterior, a la que dichas cúpulas sirvieron de la misma forma que garantizan la actual democracia orgánica: diciendo amén a lo que les manden quienes les nombran y mandan?

No lo entenderían, demasiado obvio: si el Régimen Anterior fue un ejemplo reconocido de injusticia, con estas mismas señorías judiciales que lo hisoparon, cuando iniciaban sus carreras... si después han seguido hisopando a los distintos partidos que les iban enalteciendo hasta la cima de los escalafones... lo más probable es que sigamos viviendo bajo un régimen de iniquidad, y que, en esencia y desde luego en “Justicia”, sea el mismo Régimen.

¿Decírselo yo a estos pobres menteca(p)tos, cuya mente cautiva ha sido programada por las consignas oficiales de una propaganda permanente que sólo modifica algunas ligeras apariencias, para que nada importante cambie? ¿Es que no lo ven ellos mismos?

¿No ven su sometimiento absoluto no sólo a señorías ignotas, sino también a unos representantes legales que les anulan por completo? Representantes más poderosos que ellos, que les suplantan enteramente, vaciándoles de personalidad propia.

¿No perciben que, desde que traspusieron los umbrales de la Justicia, han dejado de ser lo que nunca fueron, “soberanos”, para convertirse en simples monturas de sus apoderados totales?

¿Acaso no entienden que sobre su grupa cabalgan absolutamente sus adalides legales, presuntamente interesados en el pleito, aunque sólo lo estén por las minutas que esperan obtener del mismo? ¿No observan la equina posición cuadrúpeda en que han quedado tras entregar su pleito y hacienda a quienes se han apoderado por completo de todas las facultades legales, dejándoles inertes e inactivos? ¿No se extrañan de la familiaridad con que los caballeros togados saludan a los caballeros togados de la equina contraparte?

Tales campeones de la rectitud, a punto de acometerse en el Campo del Honor en defensa de los intereses de las desactivadas bestias que montan, se profesan pródigos guiños de complicidad, y hasta se acercan a confraternizar con los otros profesionales de las artes ecuestres.
¿Tampoco entienden todos estos síntomas las soberanas caballerías que acuden, atalajadas y anuladas de tal guisa, a un lugar como éste a pedir “justicia”?

“Equitación” y “sometimiento” donde se predicaba “equidad” y “libertades”... Viejos zorros legales, peritos en mil batallas por las litisexpensas, que acostumbran a verse a diario en los juzgados... Mercenarios a jornal, pero trasmutados en dueños únicos del pleito, de sus trámites y de sus recovecos, de su duración y de todos los meandros por donde quieran perderse, según el impulso que quieran darle, en dirección al destino que interese...

Arrieros de las disputas de otros, que se embisten ciegamente, sin comprender nada del mundo secreto por el que sus amos legales les conducen... Concolegas en el mismo colegio de intereses corporativos, tan volubles que han de cambiar de cabaña ganadil –y de conciencia– con la misma velocidad que sustituyen al aleatorio cliente representado: varias veces por día... Pero que podrían haber sido alquilados por la contraparte, para que dijesen exactamente lo opuesto, sin ningún escrúpulo íntimo.

Ergo... sólo el concolega es perdurable. No los intereses momentáneos de unos clientes fugaces en cuyas disensiones cuadrúpedas van a inmiscuirse, aunque sólo en apariencia.

Patéticas premisas... ¿Puede sobrevenir algo “justo” bajo toda la patética arquitectura de este edificio? Hasta los defensores son fraudulentos: barniz exterior, éticos sólo en superficie. Contrapuestos al cliente en realidad: el mayor enredo de las acémilas devenga tarifas y honorarios superiores para los jinetes... ¿No pactarán mutuamente, a escondidas, incluso la duración temporal de la doma a la que someterán a sus respectivos clientes, según las necesidades crematísticas de sus despachos profesionales, ya que se han apoderado de los pencos completamente?

Ejercicio des-almado por antonomasia. Comparten las fustas y las riendas, el mando y la acción, el poder y el dominio, pero podrían permutarse aquí mismo las caballerías... Depende de quién les haya alquilado la conciencia.

Extraño modelo éste donde el soberano es un don nadie y el representante, su dueño... El mismo, por cierto, que acontece en las restantes representaciones políticas de esta sociedad... Consagración del sometimiento total al poder de quienes supuestamente ya no iban a ser dominados por ninguno.

¡Peligrosos principios filosóficos y más inquietantes comienzos reales los de un sistema de “Justicia” que sitúa sus piezas de un modo tan inicuo, aun antes de que se den por iniciadas las actuaciones...!

* * *
Y más tarde, cuando el Templo de los Justos se abra para todos estos ingenuos sin protección ni abrigo, ¿acaso no seguirá todo el poder en manos de una minoría corporativa...? Compactada en cada tramo profesional, a la vez que, de manera conjunta, también compactada en bloque, verticalmente... Fiscales con fiscales, jueces con jueces, abogados con abogados, compañeros de pupitre todos, o de estrado, o de intereses, o de carrera... Gremiales. Cofrades.

Un estamento posesor de la Administración señorial de la ley, con exclusión del pueblo, ¿y todavía fingen los tópicos sonámbulos del momento que hemos superado la sociedad estamental...? Pero aceptan el tópico, sin razonar sobre él.

¿Debo yo decírselo?, ¿abrirles los ojos que la rutina, la resignación y la menteca(p)tación oficial les cierran?, ¿golpear con el sentido común en su pereza mental...? ¿O debo asistir impasible al reinado de la mentira, mi declarada enemiga desde siempre?

¿Podrían entender siquiera que la permanente gimnasia intelectual contra los fraudes conceptuales que los poderosos lanzan diariamente sobre nuestras cabezas constituye la única vía para alcanzar alguna posibilidad de verdad, de higiene racional y de libertad de pensamiento...?

¿Comprenderían que el poder intoxica continuamente desde todos sus medios de presión y que, contra ese pulso continuo, hay que oponer... al menos la misma fuerza de autoprotección, las mismas artes marciales defensivas de la razón de cada uno... O perder el combate, extraviando para siempre el rumbo de la vida, máxime si el súbdito de los poderes ni siquiera concibe defenderse.

¡Ah, claro! ¡Cribar el torrente de falsedades que cada día nos inundan, para llegar a poseer alguna gota de verdad...! Tampoco fue nunca tarea fácil, aunque se burlen de mí cuando las digo.

Y en materia de Justicia siempre resultó más rentable fabricar “creyentes” que “pensantes”... En ello proseguimos, la población ha de ser creyente en la bondad de la jerarquía, que dilucidará sus intereses sin beneficiarse ella misma.

“Creer”, extraña palabra entre seres presuntamente racionales... Pero en este concepto nos programan a los de abajo: debemos ser “creyentes” en la bondad intrínseca de quienes nos dirigen y juzgan... Si nos estimularan para ser “pensantes”, percibiríamos de inmediato las escasas opciones de “justicia” que existen en un organigrama así, viciado desde el inicio por la falta de equidad, entre oficiantes, representantes y justiciables.

“Yo creo en la Justicia”, “yo no creo en la Justicia” ¿No es éste el verbo que han de conjugar los ciudadanos, forzosamente...? Única opción que se nos permite. Creer o no creer en los politijueces, augustos, siempre.

Pensando, ya se llega a otras conclusiones. Que juzgarán en su provecho. Que menoscabarán al pueblo. Que, siendo invulnerables, abusarán de los débiles. Que, obedecerán las consignas de quienes les exaltan a sus tronos dictatoriales. Por ejemplo... Y que todo ello constituye una paradigmática arquitectura de so-juzgamiento.

Difícil que en un edificio inviolable, donde los impotentes soberanos han de atravesar tantas masas compactas de corporativismo profesional y de dominio verticalista, cada vez más omnímodo cuanto más inaccesible, la ley no se tuerza infinitas veces hacia las conveniencias de los fuertes; al menos, en las cuestiones verdaderamente esenciales.

¿La única garantía del sistema? La “fe” que obligatoriamente habremos de depositar en la hipótesis de que la jerarquía es benéfica, por su propia natura y sin mezcla de provecho propio. La “confianza” en la presunción de que la jerarquía será buena con el pueblo, sin abusar de él... Helo aquí: una sociedad de crédulos... ¡Modernísima argamasa para este tercer milenio!

* * *
Y, sin embargo, el maltrato judicial a cualquier ciudadano que se acerque en demanda de justicia a este reino de los desiguales, que comienzan por apropiarse para su gremio de dicha virtud, sí resulta palmario desde el primer momento... ¿Cuántas veces he tenido que acompañar a Soberano don Nadie en unas citaciones oficiales fallidas para un pleito que no progresa hacia ninguna parte? ¡He perdido la cuenta!

En ocasiones, el secretario judicial olvidaba convocar a algún interesado o a algún testigo. Otras, el propio juez había confundido los términos del sumario, debiendo proceder a remitir nuevos requerimientos. Otras, las vistas anteriores se habían prolongado excesivamente, por lo que, cubierto el horario de funcionamiento judicial, todos debíamos marcharnos a nuestra casa. Otras, el abogado tretero de turno juraba y perjuraba que debía acudir a esa misma hora y fecha a distinto pleito, por lo que había presentado escrito de solicitud para que se le aplazara alguno de ellos, que por diferentes motivos no le interesaba que se celebrase, o bien para que se suspendiesen los dos, a fin de que los trámites de ambos continuaran creciendo. Otras, alguno de los abogados indicaba a su defendido que no concurriera a la citación, esgrimiendo a tal fin cualquier certificado médico de los que se compran a bajo precio. Otras, un testigo esencial que no comparecía en el instante decisivo, o desistía de hacerlo, tras aburrirse de haberse personado en todas las convocatorias malogradas e infructuosas. Otras, los falsos testigos, comprados aun a menor precio, que destrozan los argumentos del adversario y fuerzan a reconducir todo el procedimiento...

Entretanto, la vida exterior corre con la exactitud de las leyes del tiempo, las cuales sin duda no son las únicas que se incumplen en un juzgado. Mientras que prosiguen los exhortos, las diligencias, las providencias, los lentos virajes documentales de un lugar a otro, hasta que los sumarios se acrecientan como verdaderos multiplicatorios.

De manera que, desde muy pronto, se desbordan los papeles y los documentos que el juzgador no leerá... aunque los juzgue y sentencie. Eso son los sumarios judiciales: montañas costosísimas de nada, en donde el litigante puso todo su esfuerzo... Un vistazo raudo, un juicio al ojeo de algo que destaque. A no ser que interese exhumar algún papel, para condenar a quien convenga, que entonces no faltarán las pruebas documentales, tan exactas, o no, como los testimonios orales.

Y todo ese maremágnum debe representarse en los breves minutos que al final se le conceden a cada enjuiciamiento, porque ya está esperando en el pasillo el enjuiciamiento siguiente, con su nuevo cargamento de fraudes documentales y testimoniales.

¡Esas son las garantías jurídicas, tan pregonadas! Garantía de caos, de pigricia, de negligencia habitual y unos breves minutos para escenificar el galimatías, antes de la entrada de la siguiente víctima, que será justiciada del mismo modo.

Cabe recurrir, sin duda, para quien definitivamente sea un crédulo... Los Tribunales superiores tendrán por fehacientes las fabulaciones que haya sellado el compañero; salvo que se encuentren enfrentados por alguna lucha intestina para adelantarse en la carrera o que deban seguir consignas políticas diferentes, las del partido que cada cual obedezca.

En un ambiente así, la putridez deliberada y la negligencia habitual han de ser supremas, sin necesidad de realizar grandes averiguaciones sobre la cuestión. Pero pedirle Lógica a un sistema judicial donde se quiere premeditadamente que prevalezca la fe sería otro imposible...

* * *
Debo volver al asunto que hoy me ocupa. Ahí están los pasivos e impotentes soberanos del sistema creyendo o descreyendo de la Administración de Justicia tan cerca de ella como se les permite: en el pasillo del juzgado... ¿Nos recibirán hoy? Llevamos hora y media de retraso respecto a la citación. La gente se acumula. Han acudido ya los implicados en los tres juicios siguientes. Soberano don Nadie tampoco va a tener suerte en esta ocasión.

¡Creo que hoy tampoco nos reciben! Y tal vez sea mejor así; a estas horas, Su Señoría no estará en condiciones de escuchar más fábulas de las que ya lleve oídas. ¿Cuántos meses pasarán hasta que nos convoquen de nuevo? ¿Podré acompañar entonces a don Soberano? ¿Qué nuevos errores burocráticos nos aguardan? ¿Quién atenderá el presunto derecho de los ciudadanos a recibir indemnizaciones por los retrasos indebidos y el anómalo funcionamiento de la Justicia... si el retraso y el funcionamiento anómalo son la norma habitual? ¿Se condenarán los jueces alguna vez a sí mismos, como estamento probadamente peligroso e incapaz de impartir no sólo Justicia sino también Equidad? ¿Considerarán precisamente que su propia existencia como estamento excluyente y autárquico es una afrenta a la Equidad entre todos los seres humanos?

Ahí siguen exponiendo su fe en la justicia ese par de incautos, y haciendo observaciones poco corteses sobre mí... ¡El idiota de Pero Grullo, el insustancial y el sin seso de Pero Grullo, el zoquete de Pero Grullo, como siempre! El arquetipo de la necedad, del que todos se burlan.

¡Caramba! También observo en el grupo a don Alonso Quijano. Y juraría que me está analizando... Sí. No hay duda. Me está mirando detenidamente. Con una atención que me sorprende. ¿Don Alonso Quijano ocupándose de mí? Y aun diría que se acerca... No, no me confundo. Viene en esta dirección y sigue mirándome. Mi figura le ha llamado la atención por algún motivo, pese a mi insignificancia. ¡Va a hablarme!

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Próxima entrega de la novela: martes, 25 de octubre.

'Soberano don Nadie'. de Juan Pablo Mañueco. Egartorre Libros. 190 páginas. Madrid, 2005. 14 euros.

Puede adquirir el libro en librerías o realizando un pedido online.

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