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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Al andar se hace camino...

Mariano Estrada
Redacción
domingo, 23 de octubre de 2005, 06:18 h (CET)
“Hay momentos en que el camino se anda en silencio y, entonces, más que con el compañero de viaje, caminamos con la intimidad”. ME

A veces, el camino es un silencio necesario sobre el que caen los pensamientos y las ausencias o, simplemente, la monotonía de los pasos. Así, el camino no sólo se hace al andar, sino que se marca y se remarca bajo las plantas de los pies, que en realidad son las gomas de unas botas camperas cuyas puntas se clavan en tus ojos al ritmo de una música pausada y recurrente y con principio de interrogación ¿Qué hago yo aquí? ¿Quién es yo, qué es aquí? ¿Por qué me gusta este yo y este aquí? ¿Por qué me atrae más la realidad natural que la transformada? ¿Por qué no me ilusionan los actuales derroteros de la sociedad ni tampoco los inmediatos, si son como todo está previsto? Si amo tanto la vida ¿por qué tengo que buscarme refugios? ¿Por qué hay siempre alguien que se aprovecha del dolor de los otros? ¿Cómo ser feliz sin un acuerdo íntimo con tu corazón y también con la realidad en la que vives? ¿Es suficiente lo posible? ¿Debo enfrentarme a lo que no me gusta, para cambiarlo, o hacerme un nido en la higuera? Y si hago un nido en la higuera ¿debo instalar en él un tirador de chinitas? Y si eso no vale de nada ¿adónde iré con los huevos que haya estado incubando, ya que son excesivos para el hígado de un ruiseñor y no sólo de pan vive el hombre?

Y las respuestas no pasan el tamiz de la superficialidad, sino que quedan atrapadas en un punto reflejo del subconsciente, donde están los parapetos de la ignorancia, las almenas del miedo a la verdad, a las verdades, el vértigo que emerge de esa pretendida profundidad en la que suele estar el vacío sobre el que flotan, incontestadas, las preguntas. Hasta que un día inescrutable e indeterminado, hoy, ayer, mañana, siempre, alguien acaba por decir: ¿quién era? Y le responde una máscara de gravedad: “Le llamaban Manuel, nació en España”.

Y ahí queda el misterio, en el interior de una conciencia acorazada que no logró convertirse en granada rompedora, porque no horadó la tierra para dar contestación a las preguntas, limitándose a viajar como abarrote de la sociedad en un tren atestado de mercancías. Menos mal que también iban gallegos. “Coca-cola, hay coca-cola” ¿Dónde estamos, señor? En Medina del Campo ¿Y cuándo estaremos en Madrid? Antes de la Expo de Sevilla, a altas horas de la velocidad, del traqueteo, del alto jazmín en la alta noche ¿La alta velocidad implica una mayor confusión con el tocino que la que ha tenido hasta ahora? Con el unto, más bien, con la manteca ¿Y usted cómo se llama? “Me llamo barro aunque Miguel me llame” ¿Y quién es usted en realidad? Yo soy yo, pero también mi circunstancia, que es mi fe, que es mi padre y mi madre, que es el frío y la noche, que eres tú, que es mi mujer, que son mis amigos y mis hijos, mis discípulos y mis maestros, el barrio, los vecinos, la sociedad, los libros.

¿Carne, espiritualidad, historia? ¿Carne de grasientas hamburgueserías, espiritualidad de los estímulos etílicos, historia de los derrumbamientos humanos? Adiós, señor, yo me llamo insistencia. No creo en el descrédito, ni en la maldad intrínseca y absoluta, ni en la absoluta corrupción, ni siquiera en los ánimos caídos ¿Y en los caídos por Dios y por España? ¿Qué caídos son ésos, señor? España no tuvo caídos, sino tumbados. Caer no es tumbar. Yo me caigo de bruces, involuntariamente, tú te tumbas a la bartola con todas las premisas de la voluntad. O matas al del quinto o jodes al del sexto. Los unos a los otros. Los otros a los unos. Todos fueron tumbados, metidos en la tumba ¿Por qué? Por el raro sentido de las guerras, por la ausencia palmaria de generosidad, por el orgullo desmedido y la oprobiosa intolerancia, por la absoluta falta de miras, por la codicia, por la incomprensión patética de los hombres, no de todos los hombres, claro, sólo de unos pocos, los que mandan, los que disponen, los que se obsesionan con el honor y con la patria, los que dominan, los que obran de mala fe y los que tienen el pensamiento retorcido. A los muertos los cambiaron de valle. Del vivo de las lágrimas al yerto de los tumbados. No una tumba, muchas tumbas. No un valle, muchos valles. Pero yo me llamo insistencia, como dije. Y de todos los valles, Valle Inclán. Y de todas las guerras, el perdón.

Por eso estoy aquí, invocando la niñez, donde persisten las ninfas de los arroyos y de los bosques y de la libertad. Llamando a las puertas del pasado para ser presente y futuro, para ser alma y paisaje, para ser roble y camino. “Como tú, piedra pequeña”, que antes fuiste una roca en un monte que se resquebrajó y ahora eres un grano diminuto y puñetero que se ha colado en mi bota de correcaminos ¡Pi-Pi! Pipí, no: caca. Me siento mal, muy mal, pero me siento a fin de cuentas y me descalzo y me percato de que, durante unos leves segundos, se incrementará el paro en España. O al menos el acervo de las paridas. La intimidad nos permite ser banales sin que sea necesaria una disculpa. Aunque es peor ser frívolos o poderosos o soberbios o aniquiladores. La intimidad tiene los límites diluidos, depende de la conciencia de cada uno, es decir, del soporte. La intimidad es el soporte de las personas. Vaya, ahora me incorporo y carraspeo, tal vez para ocultar esta vergüenza de sacar a la luz mis naderías y banalidades. Aunque, no sé, en momentos de relajación y de abandono, acaso vengan bien para evitar que se nos cuelen las venganzas y los odios y, en general, los pensamientos que encierren prepotencias o injusticias o amarguras.

Ya de pie, levanto la cabeza, tomo un soplo de aire, miro hacia el punto de destino y pienso, desde el metódico descarte de la duda, que la distancia entre la dicha y el dolor es una recta muy corta, tan corta como la que existe entre el odio y el amor, tan corta como la que media entre la seriedad y la risa. Más corta aún que la existente entre ciudades unidas por el Ave, Iglesias unidas por el Ave, ejércitos unidos por el Ave. Ave, Fénix, ¿acaso te refieres a César? ¿Qué César, Vallejo? Al César, Bruto. No, Gounod, me estoy refiriendo a María, soy Schubert...

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