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Raúl Galache
Raúl Galache
Crítica de cómic

Sabrina es una obra que desasosiega y distancia al lector, como si quiera atarlo a las páginas y a un tiempo librarse de él. Su estilo seco y minimalista recuerda a la prosa de Carver, a esas frases desdeñosas con el lector, al que parece decirle “esto es lo que hay; a mí no mires”.


El hecho inicial es la desaparición de Sabrina Gallo, joven cuya ausencia abre un hueco en torno al cual orbitan todos los personajes, como materia amenazada por un agujero negro. El novio de Sabrina, hundido por la desaparición de su chica, se va a vivir a otra ciudad con un muy querido amigo del pasado, Calvin. Este vive solo, después de que su mujer lo dejara y se llevara a la hija de ambos. Así son los personajes de Sabrina, seres abandonados en busca de un modo de llenar la ausencia o de hundirse en ella, más prestos a huir que a enfrentarse a las barreras que los aíslan. Todo ello lo plasma Drnaso con viñetas en las que abundan el plano medio y entero con un solo personaje o dos a lo sumo, rara vez más. Los tonos son fríos y las formas rectas, el dibujo de los rostros casi esquemático, sin que por ello, más bien al contrario, se pierda expresividad. El autor se vale del distanciamiento, esa técnica del teatro de Bertolt Brecht que permite al espectador reflexionar sobre los hechos antes que implicarse en ellos.


Los sucesos se van desgranando como la vida misma, sin una estructura narrativa que los ordene, simplemente ocurren. Los personajes se entrelazan por las coincidencias de la vida, como le ocurre a Calvin, que se convierte en el centro de una teoría de la conspiración que se alimenta de las redes sociales. Es este el aspecto donde se manifiesta más clara la visión crítica del autor: las fake news y su capacidad de crecer anidando en las almas más indefensas, como la malaria en la pobreza. Es la necedad que surge de la necesidad entender lo que pasa a nuestro alrededor, de dar respuesta al dolor y a la miseria con que compartimos la existencia. Pero no es este el tema central de la obra, por más que sea la parte que acentúa Drnaso. Toda ella, en cualquier caso, es un cuadro de la soledad y la incomunicación: amigos destrozados que conviven pero no se sinceran, militares que quedan para jugar on line a videojuegos de guerra, relaciones truncadas. Hay en Sabrina pocas palabras, porque los personajes tienen mucho que decirse pero nunca superan las primeras capas de la comunicación. Así pasan las páginas, entre la inquietud de que una desgracia amenaza en la siguiente y la inmovilidad, la indiferencia y la resignación de los personajes ante lo que ha de ocurrirles.


Es Sabrina, en suma, una obra que tiene su propio olor, su propia música, su manera independiente de quedarse en la memoria. Pesa. Deja al lector con ese desasosiego inteligente y agradecido que solo las creaciones sobresalientes consiguen. 

Artículos del autor

En lo referente a los robots, este es el gran miedo al que nos enfrentamos y, por ello, ha sido tratado de manera recurrente en la ciencia ficción.En Blade Runner, los replicantes Nexus 6 son “retirados” porque se han rebelado contra sus dueños; “más humanos que los humanos” es el lema de la Tyrell Corporation, empresa que los fabrica.

Me pareció, por tanto, más sencillo juntar trozos de vidas, como si de un monstruo de Frankenstein se tratara, y así alumbrar un arquetipo despojado de matices atenuadores, un hijo de puta modélico, la idea platónica que encuentra su reflejo imperfecto en nuestro mundo sensible.En la primera infancia, el sujeto quita objetos a sus congéneres por el mero hecho de ver cómo reaccionan; muestra interés, al parecer, en el sufrimiento ajeno.

Es un suspiro, un parpadeo, una brizna de tiempo el instante que separa el pensamiento de la acción, y, sin embargo, en tan breve espacio, caben mil vidas. Porque a veces da miedo decidir. Decidir supone descartar vidas que ya nunca serán pero que quedarán ahí, abortos de existencias que tal vez nos pedirán cuentas en nuestras pesadillas.

Garcilaso de la Vega tuvo un paso efímero por el mundo; poco más de treinta años, muchos de ellos entregados al amor desaforado a una mujer que nunca le correspondió. Lo mismo el bueno de Garcilaso, a pesar de su pena amorosa, fue un tipo alegre, dado a la algarabía y al despiporre, y se lo pasó como un gorrino en su charco de barro. Puede ser. Pero lo que le ha hecho inmortal es el sufrimiento, su lamento de amor frustrado, o más bien, el modo en que lo expresó.

​En Billy Elliot hay un momento particularmente emotivo en que el protagonista le enseña a su profesora de ballet una carta que le escribió su madre antes de morir.
​Entre los que crecimos en el sur de Madrid pervive un cierto orgullo de barrio; esos barrios, como dice Luis Alberto de Cuenca, “hechos para la droga y el desahucio”; esos barrios de trabajadores que se deslomaron para que sus hijos estudiaran en la universidad.
 
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