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Raúl Galache
Raúl Galache
“No cabe duda de que nuestro conocimiento del mundo físico es cada vez mayor, pero, en cuestiones existenciales, seguimos siendo un bebé asombrado ante el cielo estrellado”

No es lo mismo estar que vivo que sentirse vivo; ni es lo mismo sentirse vivo que saberse vivo. Somos, hasta donde conocemos, el único ser consciente de su existencia. Y lo somos por contraste; es decir, sabemos que estamos vivos porque nos sometemos a la certidumbre de la muerte, a la certeza inesquivable de que un día hemos de morir.

Sabernos vivos nos ha dado un cariz inmortal. El hombre se ha hecho humano al tiempo que le nacía la noción de la muerte y, con ella, el deseo de trascender sus límites. Las pinturas en las cavernas, los primeros enterramientos, las construcciones megalíticas responden, en buena medida, al anhelo de seguir aquí tras morir, nosotros mismos o aquellos a quienes hemos amado. Como dice Blas de Otero, somos ángeles con grandes alas de cadenas. Creemos estar destinados a la inmortalidad, porque pensamos que ese yo único que nos sustenta no puede ser sino divino, no puede estar destinado a acabar en la nada del polvo, pero nos descubrimos atados a la tierra, corruptibles y finitos. Es esta la gran desgracia humana y, al mismo tiempo, de ella han surgido nuestras mejores obras, nuestros actos más nobles y hermosos. ¿Qué ser vivo concebiría acometer empresas que no verá acabadas, como una catedral? ¿Qué animal daría su vida por mejorar la existencia de un igual al que nunca ha visto ni verá? ¿Qué especie se afana hasta la locura por hallar la Verdad, algo que se desmenuza en las manos como el trigo bajo la piedra?

No cabe duda de que nuestro conocimiento del mundo físico, tanto en su expresión mínima como en la máxima, es cada vez mayor, pero, en cuestiones existenciales, seguimos siendo un bebé asombrado ante el cielo estrellado. Tal vez un día alcancemos todas las respuestas, pero, si eso ocurriera, nada habría en la tierra que nos retuviera. No seríamos ya de este mundo, pues habríamos olvidado que venimos del barro y el mar, que nos somos otra cosa que los hijos de la muerte. 

Artículos del autor

Desapareció y nunca se volvió a saber de él», cuenta Alejandro Gilberdi. La policía lo buscó insistentemente. Preguntaba a cualquiera que pudiera saber supiera algo y, así, fue calando una imagen diferente de RaX. «Cayó del pedestal en que el superhéroe tiene que estar», resume Gilberdi. «Simplemente, dejó de serlo. Ya no tenía sentido que siguiera existiendo». Finalmente, no detuvieron a nadie. No dieron con él.

Imagino que cuando un arquitecto es recibido en una casa desconocida, su mirada profesional no puede esconderse tras la cortesía que obliga al visitante. De un vistazo, evaluará la distribución de las estancias, la amplitud de los espacios o la robustez de los muros. Lo mismo le ocurre al lector experto.

Esta semana ha tenido lugar el lanzamiento de Francisco Umbral. El oferente de retales preciosos (Manuscritos, 2020), obra en la que Diego Vadillo López amplía el sendero que iniciara con Francisco Umbral y la desquiciada eufonía (Manuscritos, 2019). Ambos volúmenes son principalmente fruto del fervor que siempre ha sentido Vadillo hacia el autor de Mortal y rosa.


Ella había llegado al barrio tan solo un par de semanas antes. Los separaban quince metros de vacío, el que distaba de un balcón a otro en las calles estrechas del barrio viejo. Fue en los días del confinamiento contra el virus cuando se vieron por primera vez.

A veces uno no sabe muy bien qué hacer con la vida, porque a veces la vida crece y se desborda, se hace gelatinosa y resbaladiza como una medusa. Y duele. Eso piensa Elena —o tal vez solo lo siente, como una sucesión de acordes que acolchan una melodía— cuando ya han pasado los días negros y asciende entre los pinos. Conoce el camino desde niña.

Mi niño es superdotado. No veas lo listo que es. Siempre hemos sabido que tiene un cerebro privilegiado. Antes sacaba todo sobresalientes. Con lo que oía a los profesores le valía para sacar notazas. Ahora, en el instituto… no te lo vas a creer… suspende.

El manto que arropaba la espalda ha caído como un pliegue de hielo derretido; la cabeza ladeada, como si anhelara un mundo que fue el suyo. Nada es natural en la foto y, sin embargo, todo es cierto, tan cierto como que la modelo está muerta.

 
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