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Raúl Galache
Raúl Galache
El amor en los tiempos del virus

Ella había llegado al barrio tan solo un par de semanas antes. Los separaban quince metros de vacío, el que distaba de un balcón a otro en las calles estrechas del barrio viejo. Fue en los días del confinamiento contra el virus cuando se vieron por primera vez. A las ocho de la tarde, la ciudad se asomó a las ventanas para aplaudir a quienes mantenían latente el agónico pulso del mundo. Recortada su figura a contraluz, a él le pareció una Venus surgida del balcón. Le alegró, para qué negarlo, verla sola y no acompañada de un vulgar maromo, aunque lo cierto es que era un poco estúpido pensar en ligar ahora que la prohibición de salir de casa era tan severa. Lo que fue iniciativa de un día se instituyó como costumbre los siguientes y, así, a las ocho, allí estaban los dos de nuevo. ¿Profesora?, se aventuró a decir él, inteligente, intuitivo. ¿Cómo?, ah, sí, respondió ella aparentemente sorprendida mientras señalaba al cartel pintado con ceras que había colgado mirando a la calle: “todo va a salir bien” y un arco iris. ¿Del Atleti?, casi afirmó ella señalando la bandera que él había colocado de un lado al otro de su barandilla. Sí. ¡Partido a partido! A la hora del balcón, ella cambió el chándal por la falda de tubo, y él, el forro polar por el jersey de punto. Las frases cortas fueron alargándose y las horas del día ya no se dividían en AM y PM, sino en antes o después de las ocho. Y así, como el agua que al final halla su camino, se intercambiaron los teléfonos cuando ella le confesó que nunca le había cogido el punto a la bechamel. De las recetas a los vinos y de los vinos a las clases de ella y de las clases de ella al diseño de casas inteligentes de él y del trabajo de él a las vídeo llamadas, espera que por el vídeo lo ves mejor, no vaya a ser que se te queme..., ¿no te importa?, será por tiempo, mujer, cómo te lo agradezco, yo encantado.

Fueron los días de la quietud y el silencio, de un mundo a ralentí que parecía encerrado en una ficción, un paréntesis en la realidad y la historia. Las palabras musitadas, los cuerpos enmarcados en la pantalla, las caricias deseadas, los besos anhelados, las confesiones de esto nunca se lo he contado a nadie, me gustas, te deseo, creo que te quiero. El mundo se desmorona y nosotros nos enamoramos, le susurró ella una noche; los alemanes vestían de gris y tú de chándal, replicó él.

Las noticias pronosticaban el fin del encierro. La cuarentena había pasado sus cuarenta días y quinientas noches y podía llegar a su fin. Y nos tocaremos, y nos besáramos, y oleré tu pelo y tendré el sabor de tu boca en la mía. No, no en futuro, dijo él, que sea hoy, que sea esta noche. Está prohibido salir... A las una de la mañana voy a tu casa, dijo exaltado. No, no, aguantemos... El deseo se había hecho tan grande que roía el aire entre los balcones.

Al día siguiente anunciaron el fin del aislamiento. La ciudad recobró su ritmo una mañana como el enfermo que sale a la calle después de una larga convalecencia, con la misma sensación de fláccida felicidad. Él, al acabar en la oficina, fue a tomar una cerveza con Luisa, la nueva secretaria a la que había echado el ojo su primer día, un poco antes de la reclusión. Ella añoraba las clases y por la tarde se enfrascó en la lectura de unas redacciones sobre los días del confinamiento. Las apreciaciones de los niños, el olor de Luisa, su sonrisa, las honduras insólitas de la infancia. Cuando miraron el reloj -él aún en la cafetería, ella frente a las hojas de cuadros- habían pasado las ocho de la tarde.

Se encontraron un mes después en el supermercado. Ambos, con cierto apuro poco disimulado, miraron al suelo y él fue a por el vino blanco que tanto le gustaba a Luisa y ella a por la leche desnatada que siempre se le olvidada comprar.

Anda que... cómo creí yo que..., iba pensando ella mientras volvía a casa. Si ganamos mañana, el Atleti se lleva la Champions esta vez, pensaba él. A las ocho, el aire entre los balcones era cálido, casi pesado, con un cierto aroma a la espesura del verano.

Artículos del autor

A veces uno no sabe muy bien qué hacer con la vida, porque a veces la vida crece y se desborda, se hace gelatinosa y resbaladiza como una medusa. Y duele. Eso piensa Elena —o tal vez solo lo siente, como una sucesión de acordes que acolchan una melodía— cuando ya han pasado los días negros y asciende entre los pinos. Conoce el camino desde niña.

Mi niño es superdotado. No veas lo listo que es. Siempre hemos sabido que tiene un cerebro privilegiado. Antes sacaba todo sobresalientes. Con lo que oía a los profesores le valía para sacar notazas. Ahora, en el instituto… no te lo vas a creer… suspende.

El manto que arropaba la espalda ha caído como un pliegue de hielo derretido; la cabeza ladeada, como si anhelara un mundo que fue el suyo. Nada es natural en la foto y, sin embargo, todo es cierto, tan cierto como que la modelo está muerta.

Como cada año, cuando llega el invierno a la urbanización, Ana ve las bellotas sobre al asfalto del aparcamiento. Caen al suelo en un intento estúpido y ridículo de perpetuar el árbol que las ha enviado, duras y henchidas, a germinar en tierra fértil.

Marina habla desde el fondo de sus nueve años. Su voz es tan sensible como descarnada, tan decidida como acobardada, tan ingenua como irónica. Marina sabe lo que pasa y lo que le pasa. Marina sabe que su madre está muy enferma, sabe que le ocultan cosas.

Desde que Antonio se fue, Conchi tiene el suelo de la casa más limpio que nunca. Cada mañana, cuando Roomba acaba su tarea, se complace en caminar descalza sobre el parqué por el mero gusto de sentir inmaculada la lámina de barniz bajo sus plantas, sin una sola partícula que se le pegue a la carne blanca, ni el mínimo grano de arena de playa, como si anduviera sobre el suelo de una nube; sobre el pavimento del mismísimo cielo, se dice Conchi.

El pasado jueves 27 de junio tuvo lugar en la Casa de Aragón, en Madrid, la presentación del libro de Diego Vadillo López “Francisco Umbral y la desquiciada eufonía” (Manuscritos).

 
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