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Raúl Galache
Raúl Galache
"Y llamar a los injustos por su nombre". José Miguel Mangas

Empezaría como un leve rumor, un susurro, un ronroneo. Los pájaros huirían los primeros. Las ratas abandonarían las alcantarillas y los negros sótanos. Los perros ladrarían dentro de las casas y atacarían a sus dueños. Las ardillas del parque se arrojarían al estanque y morirían ahogadas. Ningún humano intuiría qué iba a ocurrir. Cuando empezaran a sentir el temblor de la tierra, ya sería demasiado tarde. Pronto, sin gradación alguna, el gran rodillo de fuego entraría por el norte. Avanzaría con la indiferencia de la destrucción y la justicia; sin excusas ni remordimientos; sordo a las súplicas y a las mentiras. El contacto con el fuego y la desaparición serían un mismo acto. El dueño del perro que nunca va atado; la mujer que cuenta a gritos su operación de apendicitis en el autobús; el que grita a su esposa por el móvil; el que golpea en el hombro al pasar y no se disculpa; el adolescente del altavoz y el que lanza a voces su hombría; el jubilado que se salta la cola; el niño que berrea en el restaurante; el que conduce con abrigo; la que se maquilla en el atasco; la choni del paso de cebra. Todos: los maleducados, los ególatras, los vigoréxicos, los intrigantes, los canallas y los traidores. Ninguno escaparía del fuego.

Quedaría entonces un suave olor a tierra quemada. Y, después, por fin, el silencio.

Artículos del autor

Mi niño es superdotado. No veas lo listo que es. Siempre hemos sabido que tiene un cerebro privilegiado. Antes sacaba todo sobresalientes. Con lo que oía a los profesores le valía para sacar notazas. Ahora, en el instituto… no te lo vas a creer… suspende.

El manto que arropaba la espalda ha caído como un pliegue de hielo derretido; la cabeza ladeada, como si anhelara un mundo que fue el suyo. Nada es natural en la foto y, sin embargo, todo es cierto, tan cierto como que la modelo está muerta.

Como cada año, cuando llega el invierno a la urbanización, Ana ve las bellotas sobre al asfalto del aparcamiento. Caen al suelo en un intento estúpido y ridículo de perpetuar el árbol que las ha enviado, duras y henchidas, a germinar en tierra fértil.

Marina habla desde el fondo de sus nueve años. Su voz es tan sensible como descarnada, tan decidida como acobardada, tan ingenua como irónica. Marina sabe lo que pasa y lo que le pasa. Marina sabe que su madre está muy enferma, sabe que le ocultan cosas.

Desde que Antonio se fue, Conchi tiene el suelo de la casa más limpio que nunca. Cada mañana, cuando Roomba acaba su tarea, se complace en caminar descalza sobre el parqué por el mero gusto de sentir inmaculada la lámina de barniz bajo sus plantas, sin una sola partícula que se le pegue a la carne blanca, ni el mínimo grano de arena de playa, como si anduviera sobre el suelo de una nube; sobre el pavimento del mismísimo cielo, se dice Conchi.

El pasado jueves 27 de junio tuvo lugar en la Casa de Aragón, en Madrid, la presentación del libro de Diego Vadillo López “Francisco Umbral y la desquiciada eufonía” (Manuscritos).

Resulta que Sergio Ramos, futbolista de profesión, se casó el otro día en Sevilla. Los fastos han sido babilónicos, al parecer.

Sabrina es una obra que desasosiega y distancia al lector, como si quiera atarlo a las páginas y a un tiempo librarse de él. Su estilo seco y minimalista recuerda a la prosa de Carver, a esas frases desdeñosas con el lector, al que parece decirle “esto es lo que hay; a mí no mires”.

 
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