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Paul G. Kengor

Paul G. Kengor es catedrático de Ciencias Políticas del Grove City College y profesor invitado en Stanford, internacionalmente reconocido por sus libros sobre Ronald Reagan, la presidencia Reagan, la Guerra Fría y el Comunismo, todos éxitos de ventas.


Paul G. Kengor
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¿Un Presidente que no consulta?
Bush se mostró acertado
El colectivo Instituto de Transparencia Pœblica recoge en su último informe que el Presidente Obama sigue saltándose la gran mayoría de sus Desayunos Informativos presidenciales. Es un dato asombroso, que vio la luz por primera vez hace dos años y que ahora se actualiza y confirma. Es peor que acabe de saberse que de igual forma, Obama no consulta con su predecesor en la Casa Blanca. Combinadas, estas informaciones pintan un retrato muy preocupante.

Recapitulando: En septiembre de 2012, el Instituto de Transparencia Pública difundió un estudio que revelaba que nuestro presidente no había asistido a un solo Desayuno Informativo durante la semana previa a los aniversarios del 11 de Septiembre, a pesar del enorme descontento en el mundo árabe y del hecho evidente de que se acercaba otro aniversario del 11 de Septiembre (es decir, el nivel de alerta más elevado). Y aun así, el Presidente no asistió a una sóla sesión informativa aquella semana. De hecho, Obama apenas asistió al 43,8 por ciento de sus sesiones durante las 1.225 primeras jornadas de su administración. Durante el año 2012, estuvo presente en poco más de la tercera parte.

Esto es indignante e inaceptable en el caso de cualquier presidente. No sólo es imprudente desde el punto de vista de la seguridad nacional sino también desde el político, sobre todo viniendo de un presidente criticado con frecuencia por pasar demasiado tiempo de vacaciones y celebrar actos electorales y recaudaciones de fondos y precipitarse a jugar al golf justo después de conocerse decapitaciones y accidentes aŽreos.

De manera que el dato es ya de por sí malo. Al parecer, el problema sigue manifestándose. El Instituto de Transparencia Pœblica ha actualizado ya su informe y concluye que el Presidente se ha ausentado de más de la mitad de las sesiones informativas de su segunda legislatura, aprendiendo obviamente poco (o nada) de la primera. El caballero se ha saltado cientos de sesiones diarias. Estas revelaciones llegan en medio de un clima de fuertes críticas a los métodos de Obama, vertidas por altos funcionarios de la administración, el ex director de la CIA León Panetta y el ex Secretario de Defensa Robert Gates entre otros.

En comparación, el Presidente George W. Bush no solamente no faltaba a las Sesiones Informativas sino que en realidad extendió la práctica a seis consultas semanales.

Hablando de Bush, el ex presidente fue entrevistado hace poco por el periodista Brian Kilmeade en Fox News. De ahí sabemos que se conoce que Obama nunca pide consejo a Bush. ¿Bush dijo no haber tenido noticias del Presidente Obama menos cuando el Presidente le llamó con la noticia de que Osama bin Laden había sido eliminado?, recoge la Fox. Bush informó a Kilmeade: "No ha llamado casi nunca, no pasa nada. No hiere mi amor propio. Es la decisión que ha tomado. Los presidentes tienden a confiar en las personas que eligen y yo lo entiendo".

Bush se mostró acertado. Y en la medida que puedo decir de mis investigaciones, lo que dijo es exacto. Obama no consulta con su antecesor.

La Fox añade que Bush habría dicho que "yo solía hablar con regularidad con mi predecesor, Bill Clinton, estando en el cargo".

Por supuesto que sí. Todos los presidentes titulares se comunican y consultan con los presidentes anteriores. Así son las cosas. Lo hacen como mínimo por cortesía y por necesidad en el mejor de los casos. La persona que ha pasado por el Despacho Oval antes que tœ tiene un valioso punto de vista. Si Obama hubiera consultado con George W. Bush el tema de Irak, habría sabido algo particularmente útil, sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que malogró la situación retirando de manera prematura los efectivos estadounidenses y despejando el terreno de forma involuntaria al Estado Isl‡mico de Irak y Siria.

De hecho, en rueda de prensa el 12 de julio de 2007, Bush dijo que retirarse prematuramente de Irak "significaría rendir el futuro de Irak" y "significaría exponernos a masacres multitudinarias a una escala espantosa. Significaría permitir que los terroristas crearan un refugio en Irak para reemplazar el perdido en Afganistán. Significaría elevar la probabilidad de que las tropas estadounidenses tuvieran que volver en alguna fecha futura a plantar cara a un enemigo todavía más peligroso".

Eso es exactamente lo que sucedió. Bush lo predijo con exactitud. Que los presidentes en el poder dediquen tiempo a consultar con regularidad con los ex presidentes tiene razón de ser. Es una tradici—n consagrada. Como excelente y rotunda crónica, consulte con la obra de referencia de los veteranos periodistas de la revista TIME Michael Duffy y Nancy Gibbs "El club de los Presidentes". Contiene un párrafo tras otro de presidentes que consultan a otros presidentes. Sus capítulos son largos, aunque la edición revisada contendrá sin duda un capítulo relativamente corto acerca del presidente actual.

¿Por qué está sucediendo entonces esto? ¿Por qué nuestro actual Presidente no consulta con su antecesor, ni siquiera a diario con los expertos consultados en sus desayunos informativos? Me doy cuenta que los defensores de Obama entre la extrema izquierda desprecian a George W. Bush, pero no pueden despreciar a la ligera al elenco de expertos profesionales del ejército y la Inteligencia curtidos, formados y entrenados que se presentan para ser consultados.

¿Por qué parece despreciar tales consejos este presidente?

Es una pregunta preocupante que inevitablemente incide en la personalidad y la mentalidad del caballero. En ese sentido, no sé lo suficiente y sólo puedo especular. Pero tengo claro esto: El rechazo de tales consejos por parte del Presidente Obama se manifiesta claramente en su política exterior.
martes, 4 de noviembre de 2014.
 
Cuando los comunistas mataron a un sacerdote
La primera paliza de Piotrowski al sacerdote aquella noche fue tan importante que debería de haberle costado la vida
Sucedió el 19 de octubre de 1984 - 30 años esta semana. Un sacerdote tranquilo, valiente y genuinamente santo, Jerzy Popieluszko, de 37 años de edad, se encontró en una situación angustiosa que, aunque debió de haberle horrorizado, seguramente no le sorprendería. Una trinidad profana compuesta por tres criminales de la policía secreta de la Polonia comunista lo había cogido y propinado una paliza. Fue atado y amordazado y cargado como ganado en el maletero del Fiat 125 color crema de los tres agentes, camino del campo donde decidirían cómo se deshacían de él. Este amable sacerdote era nada menos que el religioso del movimiento Solidaridad, los luchadores de la libertad que finalmente demostraron ser letales para el comunismo soviético — y no sin la estoica inspiración de Popieluszko.

El responsable del grupo aquella jornada de octubre era el capitán Grzegorz Piotrowski, un agente de los servicios de seguridad S?u?ba Bezpiecze?stwa del Ministerio polaco del Interior. A diferencia de Jerzy, que creció siendo devotamente religioso, Piotrowski fue educado en un hogar ateo que, como los déspotas comunistas que gobernaban Polonia, era una aberración en este país católico romano religioso. Este desprecio hacia Dios y la moral hizo de Piotrowski el caballero idóneo para tan sombrío cometido, del que se ocupó con especial virulencia liberada.

La primera paliza de Piotrowski al sacerdote aquella noche fue tan importante que debería de haberle costado la vida. Jerzy era un individuo menudo que sufría la enfermedad de Addison. Había sido hospitalizado con anterioridad por otros males menores, incluyendo (comprensiblemente) ataques de ansiedad y problemas de tensión. Pero de alguna manera, el sacerdote lograba sobrevivir mientras luchaba por su vida en el frío y oscuro maletero del Fiat. De hecho, no se sabe cómo se había liberado de las cuerdas que le ataban y había logrado salir del vehículo. Empezó a correr, gritando a todo el mundo "¡Ayuda! ¡Por mi vida!"

Fue abatido por Piotrowski, dedicado discípulo de lo que un admirador polaco de Jerzy, el Papa Juan Pablo II, bautizaría como Cultura de Muerte. "Le di alcance y le golpeé en la cabeza varias veces con la porra", confesaría más tarde Piotrowski. "Le di en la cabeza o cerca. Volvió a quedar inconsciente. Pensé que habría quedado inconsciente. Y entonces advertí - no importa, no importa".

Importó. Al desamparado sacerdote le importó. Lo que le pasó a Piotrowski fue algo mucho peor. Parecía poseído por otra fuerza. Como recogen los escritores Roger Boyes y John Moody en su soberbia obra El mensajero de la verdad, trasladada ahora a un triste documental, los cómplices de Piotrowski creyeron que su camarada había perdido la razón, “así de salvaje”. Fue como un ajusticiamiento público. La paliza a Jerzy estaba siendo tan salvaje que no es desencaminado pensar en Jesucristo bajo el látigo. Este joven representante de Cristo, no mucho mayor que Jesucristo en su mortal agonía, estaba siendo brutalmente torturado. Era una especie de crucifixión; la clase de cosas en las que los comunistas sobresalían de forma extraordinaria.

Uno se siente tentado de decir que Piotrowski liberó los infiernos sobre el padre Jerzy, pero sería inadecuado e impreciso en el caso de un hombre de fe. En realidad, el infierno salía del agresor, en toda su rabia y fuerza demoniacas.

Tras otra paliza, Piotrowski y sus dos secuaces reforzaron el tratamiento. Agarraron un rollo de cinta aislante y rodearon con él la boca, la nariz y la cabeza del sacerdote, volviendo a arrojarlo al interior del vehículo como una bolsa de basura camino del vertedero.

Aunque apenas podía respirar o moverse, de alguna manera el padre Jerzy volvió a abrir el maletero mientras el vehículo proseguía su marcha. Esto sacó de sus casillas a Piotrowski. Detuvo el vehículo en seco, salió, miró al sacerdote con dureza y le dijo que si llegaba a emitir un sonido más, le estrangularía con sus propias manos y le dispararía. Boyes y Moody cuentan lo que pasó después: "Él [Piotrowski] cambió de arma y levantó [su] porra. Fue a parar a la nariz del sacerdote, pero en lugar del sonido de rotura del cartílago se produjo un golpe sordo, como un bastón que golpea la superficie de un charco".

Los autores materiales del crimen no lo advertían todavía, pero era el golpe final causa de la muerte. La próxima vez que vieron al padre Jerzy, no tuvieron dudas.

Los asesinos condujeron hasta la orilla del río Vístula Ataron dos pesadas sacas de piedras, de unos 10 kilos cada una, a los tobillos del sacerdote. Lo levantaron en posición vertical por encima del agua y a continuación lo liberaron silenciosamente. Se hundió en la oscuridad bajo ellos. Faltaban 10 minutos para la medianoche del 19 de octubre de 1984. "Popieluszko está muerto", anunciaba el teniente Leszek Pekala a sus acólitos en este triste crimen espeluznante. El tercer colaborador, el teniente Waldemar Chmielewski, afirmó simple y solemnemente "correcto".

Se alejaron en el vehículo, tumbando una botella de vodka para tratar de olvidar lo que habían hecho. Pekala pensó mientras conducía "Ahora somos asesinos".

Realmente lo eran. Por supuesto, el sistema al que representaban también. El sistema y sus agentes habían acabado con muchos Jerzy Popieluszkos y con decenas de millones de personas más, cuyos nombres trágicamente nunca serán recordados en los aniversarios de sus muertes.

Este sacerdote, sin embargo, es recordado por millones de personas. Cuando no apareció por los Maitines a la mañana siguiente, sus feligreses inmediatamente se alarmaron. No era propio de un miembro del clero puntual y fiel a sus deberes. La búsqueda de su paradero comenzó enseguida. Tardaría un tiempo, pero la verdad acabó viendo la luz, igual que pasó con el comunismo en general. Junto a los afectados por la noticia había un sacerdote católico del Vaticano, Karol Wojytla - el Papa Juan Pablo II. El impactado pontífice ató cabos: había conocido a muchos conciudadanos y sacerdotes polacos asesinados por el totalitarismo. Él mismo era un superviviente. Los comunistas también le querían muerto; tres años antes intentaron matarle.

Y como en el caso de Juan Pablo II, el tormento de Jerzy Popieluszko a manos del diablo no fue en vano. Millones de polacos se echaron a la calle y las iglesias a despedirse, como habían hecho por su hijo adoptivo Karol Wojtyla en junio de 1979 - una histórica visita extraordinaria que un joven Jerzy había ayudado a coordinar. Irónicamente, Jerzy había hecho de enlace entre el Vaticano y el Ministerio polaco de Salud para montar el dispositivo de seguridad durante aquella visita. También entonces había tenido la misión de proteger a los presentes - del comunismo.

Finalmente, la lucha de Jerzy Popieluszko, como la de su Papa, no fue en vano. Como dijo Tertuliano en una ocasión, la sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia. Los comunistas no pudieron extinguir el deseo de culto de los polacos, de Iglesia y de libertad. Tardaron cinco años tras su muerte, pero la desaparición del santo sacerdote alimentó todavía más las llamas de la libertad y el correspondiente rechazo al comunismo.

En perspectiva, el asesinato de Jerzy en 1984 marcó el punto intermedio entre dos acontecimientos históricos que pondrían punto y final al comunismo: La visita de Juan Pablo II a Polonia en 1979, y las cruciales elecciones libres de Polonia en junio de 1989. Aquellos comicios, más que cualquier otra cosa, vaticinaron el inminente colapso del comunismo. Mijail Gorbachov confesaría más tarde que cuando se celebraron aquellas elecciones en Polonia es cuando supo que todo había acabado. No fue ninguna coincidencia que el Muro de Berlín cayera cinco meses después.

El padre Jerzy Popieluszko fue uno de los muchos mártires del comunismo ateo. Pero su causa fue especialmente relevante. Su oficio y su muerte no fueron en vano.
miércoles, 29 de octubre de 2014.
 
Cuando los comunistas mataron a un sacerdote
La primera paliza de Piotrowski al sacerdote aquella noche fue tan importante que debería de haberle costado la vida
Sucedió el 19 de octubre de 1984 - 30 años esta semana. Un sacerdote tranquilo, valiente y genuinamente santo, Jerzy Popieluszko, de 37 años de edad, se encontró en una situación angustiosa que, aunque debió de haberle horrorizado, seguramente no le sorprendería. Una trinidad profana compuesta por tres criminales de la policía secreta de la Polonia comunista lo había cogido y propinado una paliza. Fue atado y amordazado y cargado como ganado en el maletero del Fiat 125 color crema de los tres agentes, camino del campo donde decidirían cómo se deshacían de él. Este amable sacerdote era nada menos que el religioso del movimiento Solidaridad, los luchadores de la libertad que finalmente demostraron ser letales para el comunismo soviético — y no sin la estoica inspiración de Popieluszko.

El responsable del grupo aquella jornada de octubre era el capitán Grzegorz Piotrowski, un agente de los servicios de seguridad S?u?ba Bezpiecze?stwa del Ministerio polaco del Interior. A diferencia de Jerzy, que creció siendo devotamente religioso, Piotrowski fue educado en un hogar ateo que, como los déspotas comunistas que gobernaban Polonia, era una aberración en este país católico romano religioso. Este desprecio hacia Dios y la moral hizo de Piotrowski el caballero idóneo para tan sombrío cometido, del que se ocupó con especial virulencia liberada.

La primera paliza de Piotrowski al sacerdote aquella noche fue tan importante que debería de haberle costado la vida. Jerzy era un individuo menudo que sufría la enfermedad de Addison. Había sido hospitalizado con anterioridad por otros males menores, incluyendo (comprensiblemente) ataques de ansiedad y problemas de tensión. Pero de alguna manera, el sacerdote lograba sobrevivir mientras luchaba por su vida en el frío y oscuro maletero del Fiat. De hecho, no se sabe cómo se había liberado de las cuerdas que le ataban y había logrado salir del vehículo. Empezó a correr, gritando a todo el mundo "¡Ayuda! ¡Por mi vida!"

Fue abatido por Piotrowski, dedicado discípulo de lo que un admirador polaco de Jerzy, el Papa Juan Pablo II, bautizaría como Cultura de Muerte. "Le di alcance y le golpeé en la cabeza varias veces con la porra", confesaría más tarde Piotrowski. "Le di en la cabeza o cerca. Volvió a quedar inconsciente. Pensé que habría quedado inconsciente. Y entonces advertí - no importa, no importa".

Importó. Al desamparado sacerdote le importó. Lo que le pasó a Piotrowski fue algo mucho peor. Parecía poseído por otra fuerza. Como recogen los escritores Roger Boyes y John Moody en su soberbia obra El mensajero de la verdad, trasladada ahora a un triste documental, los cómplices de Piotrowski creyeron que su camarada había perdido la razón, “así de salvaje”. Fue como un ajusticiamiento público. La paliza a Jerzy estaba siendo tan salvaje que no es desencaminado pensar en Jesucristo bajo el látigo. Este joven representante de Cristo, no mucho mayor que Jesucristo en su mortal agonía, estaba siendo brutalmente torturado. Era una especie de crucifixión; la clase de cosas en las que los comunistas sobresalían de forma extraordinaria.

Uno se siente tentado de decir que Piotrowski liberó los infiernos sobre el padre Jerzy, pero sería inadecuado e impreciso en el caso de un hombre de fe. En realidad, el infierno salía del agresor, en toda su rabia y fuerza demoniacas. Tras otra paliza, Piotrowski y sus dos secuaces reforzaron el tratamiento. Agarraron un rollo de cinta aislante y rodearon con él la boca, la nariz y la cabeza del sacerdote, volviendo a arrojarlo al interior del vehículo como una bolsa de basura camino del vertedero.

Aunque apenas podía respirar o moverse, de alguna manera el padre Jerzy volvió a abrir el maletero mientras el vehículo proseguía su marcha. Esto sacó de sus casillas a Piotrowski. Detuvo el vehículo en seco, salió, miró al sacerdote con dureza y le dijo que si llegaba a emitir un sonido más, le estrangularía con sus propias manos y le dispararía. Boyes y Moody cuentan lo que pasó después: "Él [Piotrowski] cambió de arma y levantó [su] porra. Fue a parar a la nariz del sacerdote, pero en lugar del sonido de rotura del cartílago se produjo un golpe sordo, como un bastón que golpea la superficie de un charco".

Los autores materiales del crimen no lo advertían todavía, pero era el golpe final causa de la muerte. La próxima vez que vieron al padre Jerzy, no tuvieron dudas.

Los asesinos condujeron hasta la orilla del río Vístula Ataron dos pesadas sacas de piedras, de unos 10 kilos cada una, a los tobillos del sacerdote. Lo levantaron en posición vertical por encima del agua y a continuación lo liberaron silenciosamente. Se hundió en la oscuridad bajo ellos. Faltaban 10 minutos para la medianoche del 19 de octubre de 1984. "Popieluszko está muerto", anunciaba el teniente Leszek Pekala a sus acólitos en este triste crimen espeluznante. El tercer colaborador, el teniente Waldemar Chmielewski, afirmó simple y solemnemente "correcto".

Se alejaron en el vehículo, tumbando una botella de vodka para tratar de olvidar lo que habían hecho. Pekala pensó mientras conducía "Ahora somos asesinos".

Realmente lo eran. Por supuesto, el sistema al que representaban también. El sistema y sus agentes habían acabado con muchos Jerzy Popieluszkos y con decenas de millones de personas más, cuyos nombres trágicamente nunca serán recordados en los aniversarios de sus muertes.

Este sacerdote, sin embargo, es recordado por millones de personas. Cuando no apareció por los Maitines a la mañana siguiente, sus feligreses inmediatamente se alarmaron. No era propio de un miembro del clero puntual y fiel a sus deberes. La búsqueda de su paradero comenzó enseguida. Tardaría un tiempo, pero la verdad acabó viendo la luz, igual que pasó con el comunismo en general. Junto a los afectados por la noticia había un sacerdote católico del Vaticano, Karol Wojytla - el Papa Juan Pablo II. El impactado pontífice ató cabos: había conocido a muchos conciudadanos y sacerdotes polacos asesinados por el totalitarismo. Él mismo era un superviviente. Los comunistas también le querían muerto; tres años antes intentaron matarle.

Y como en el caso de Juan Pablo II, el tormento de Jerzy Popieluszko a manos del diablo no fue en vano. Millones de polacos se echaron a la calle y las iglesias a despedirse, como habían hecho por su hijo adoptivo Karol Wojtyla en junio de 1979 - una histórica visita extraordinaria que un joven Jerzy había ayudado a coordinar. Irónicamente, Jerzy había hecho de enlace entre el Vaticano y el Ministerio polaco de Salud para montar el dispositivo de seguridad durante aquella visita. También entonces había tenido la misión de proteger a los presentes - del comunismo.

Finalmente, la lucha de Jerzy Popieluszko, como la de su Papa, no fue en vano. Como dijo Tertuliano en una ocasión, la sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia. Los comunistas no pudieron extinguir el deseo de culto de los polacos, de Iglesia y de libertad. Tardaron cinco años tras su muerte, pero la desaparición del santo sacerdote alimentó todavía más las llamas de la libertad y el correspondiente rechazo al comunismo.

En perspectiva, el asesinato de Jerzy en 1984 marcó el punto intermedio entre dos acontecimientos históricos que pondrían punto y final al comunismo: La visita de Juan Pablo II a Polonia en 1979, y las cruciales elecciones libres de Polonia en junio de 1989. Aquellos comicios, más que cualquier otra cosa, vaticinaron el inminente colapso del comunismo. Mijail Gorbachov confesaría más tarde que cuando se celebraron aquellas elecciones en Polonia es cuando supo que todo había acabado. No fue ninguna coincidencia que el Muro de Berlín cayera cinco meses después.

El padre Jerzy Popieluszko fue uno de los muchos mártires del comunismo ateo. Pero su causa fue especialmente relevante. Su oficio y su muerte no fueron en vano.
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