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Marcos Carrascal Castillo
Marcos Carrascal Castillo
La semana que viene se despertará con la investidura de Pedro Sánchez. Se augura fracaso; pero solo es la primera batalla

Pedro Sánchez no se marcará un Rajoy y no hará del bloqueo y del pasotismo su estrategia. El reloj comenzará a correr, y los meses para una nueva convocatoria electoral apremiarán a los actores políticos de nuestro país. Si bien el centro y la derecha se han negado a entronizar al líder socialista, aunque éste no les haya hecho propuesta alguna para tratar de limar asperezas, en el PSOE ya perfiló a Unidas Podemos (un chiste si me lee algún riojano) como socio preferente al son de “con Rivera no”.


Pedro y Pablo, Pablo y Pedro, como en la Iglesia naciente, son dos nombres condenados a entenderse. Líderes de las dos almas parlamentarias de la izquierda, sin embargo, simulan una fractura y tratan de arrojarse un relato hagiográfico que les permita la canonización de sus parroquianos.


Por un lado, Pedro Sánchez saca casi el triple de diputados a Pablo Iglesias y en el último año se acostumbró a exhibir un consejo de ministros monocolor que le profesara devota fe con el que mantener a Pablo Iglesias en actitud genuflexa. No entendería que, habiendo superado los techos que el peso de la gestión de ZP impuso al PSOE en 110 diputados, hubiera de compartir el premio con quien, a todas luces, es el perdedor de los dos comicios recientes.


Empero, Pablo Iglesias ha apostado su supervivencia política y la de Podemos a una sola carta: la cartera de ministro. A su regreso de la baja por paternidad, con las encuestas vaticinando un duro varapalo que se cristalizó en las urnas, Iglesias aseveró que estaban más cerca que nunca de tener ministros en el gobierno y, así, tener poder real. Su apuesta era arrancar un ministerio, costase lo que costase, fuera el que fuera, al hermano mayor, al primo de Zumosol, al PSOE.

Aunque Pedro y Pablo, como hemos visto, colisionen con sus anhelos y, además, estén representando el cuadro de los garrotazos de Goya, haciendo ver que, a falta de sorpresas, lo importante es la poltrona, tienen un adversario común. Y no es Rivera, en erosión constante, ni Pablo Casado, al alza pero todavía sin visos de convertirse en una amenaza, ni tampoco Abascal y los suyos, camino de desintegrarse al más puro estilo Fuerza Nueva de Blas Piñar. Se trata de un viejo conocido, sobre todo en líneas moradas que puede convertirse en pesadilla de las líneas rojas, de un exiliado que vuelve a plantar batalla: Íñigo Errejón y su comitiva de siglas autonómicas que la política ha unido pese a la disparidad de sus programas (véase la anticapitalista Adelante Andalucía y el Más Madrid cercano al PSOE).


Si alguien puede dar un zarpazo al PSOE y superar a Unidas Podemos para hundirle es Más País o Más Lo Que Sea, la plataforma que cree Errejón. Y lo peor de todo para los que siempre han soñado con la unidad de las izquierdas es que éstas no sabrían capitalizar la división de la derecha y el centro, e incluso podría haber sorpresas en cuanto a la medalla de oro, por el naufragio en el que se ahoga VOX y la leve fuga de Ciudadanos que fortalece al PP de Pablo Casado.

En cualquier caso, aunque la dinámica de bloques no presente muchos cambios, puede modificar todo el escenario, con un nuevo actor con el que compartir un pastel más pequeño. Por todo ello, aunque en junio hayan suspendido y en julio es probable que también, a Pedro y a Pablo siempre les quedará septiembre para salvar el curso y respirar aliviados antes de encomendarse a la prensa y al tiempo para que mitiguen el efecto Errejón.

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Claro que éste ha sido un “Orgullo” politizado, como lo son cada una de las decisiones. La ideología política impregna nuestras vidas y empapa nuestras entrañas: desde la decisión de madrugar para agolparse en un vagón atestado de más transeúntes o madrugar para anegar las carreteras con coches y respirar aire negro y nocivo. Tampoco el “Orgullo” se escapa de esta liza ideológica que nos tensiona a diario.

Pablo Fraga o Manuel Casado, coloquialmente conocido como Pablo Casado, líder del PP, aceptó ser el “líder de la leal oposición de Su Majestad”, como acuñara a principios de los ochenta Manuel Fraga. En otras palabras, firmó su pleitesía a Pedro Sánchez.

Todos los análisis coinciden en lo mismo: el PSOE ha sabido hacer gala de su gobernanza durante estos diez meses y ha arrancado a no pocos votantes de Podemos, que, reducidos a la esquina zurda del tablero, asiste a una erosión que ya sufrió el PCE post-Carrillo y la IU post-Anguita. El bloque de izquierdas ha vencido, aun fracasando Unidas Podemos, con su mejor campaña electoral, y entronizando a Pedro Sánchez y a su PSOE.

Lucía fue una de esas españolas que en aquel lejano verano de 2014 se entusiasmó con el nuevo y flamante secretario general del PSOE. Su verbo afilado y su contundencia lograron que un arrollador Pablo Iglesias no hegemonizara a la izquierda española. Lucía le dio su confianza en las urnas tantas veces se lo pidió el secretario general socialista. Sin embargo, aunque las encuestas le auguren una firme victoria, Lucía tiene claro que no votará a Pedro Sánchez.

Durante la pasada tarde del lunes, los trovadores digitales anunciaban que la catedral de Notre-Dame estaba siendo engullida por un piélago de llamas. No pocos nos pegamos al teléfono móvil, como si esta ansiedad redujera el incendio que evaporaba la catedral parisina. Para nuestra desazón, el fuego se incrementaba, y las primeras imágenes mostraban cómo se derrumbaba la aguja.

Bea lidera la lista por Vizcaya del PP; y, en un alarde de generosidad, ha decidido aceptar nuestra entrevista. Tiene 27 años y trabajaba en el sector privado hasta que decidió dar el paso y presentarse a candidata de diputada con el partido en el que lleva militando desde los 18 años: el PP. Es una mujer llena de convicciones y con unas ideas muy claras. Hoy, os presentamos a Bea Fanjul.


Que si España es una o no cincuenta y dos —aunque en según qué manifestaciones teñidas de colores rojos y gualdos se afanen a decir que cincuenta y una— no me quita el sueño. Que España tenga que disculparse ante México por la conquista de los aztecas o si los romanos tienen que disculparse ante nosotros por la invasión de la Península Ibérica tampoco me quita el sueño.

La sociedad moderna estructuraba la política en un contexto de colectividad y bases: la militancia. Sin embargo, la modernidad ha dejado paso a un laberíntico paisaje basado en vistazos, oídas, imágenes y smartphones -con sus fake news, por ejemplo-: la posmodernidad. Estamos ante un modelo político en el que la militancia del partido ha sido sustituida por los personalismos; y esto adultera la política.

 
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