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16º ANIVERSARIO
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Manuel Villegas
Manuel Villegas
Es la expresión que más escuchamos hoy día, y ciertamente está haciendo un calor parecido al que sale de la boca de un horno cuando la abren

En verdad que las temperaturas parecen insoportables y buscamos los remedios para suavizarlas que están a nuestro alcance: aire acondicionado, los más privilegiados, agua de la nevera, duchas cada pocas horas, búsqueda de la sombra cuando salimos a la calle, en fin procuramos evadirnos, de la mejor manera posible de estas temperaturas asfixiantes.

Los termómetros han señalado más de un día los 45º a la sombra y los cincuenta y dos al sol en Córdoba. La máxima anotada en el desierto de Sahara ha sido de 59º, son pocos los siete grados de diferencia para decir que los cordobeses estamos lejos de habitar una zona desértica.

Estas variaciones climáticas, que han existido siempre, hoy las utilizan los agoreros y predictores de catástrofes para amilanar a los ciudadanos con que estamos cerca de un cataclismo global y que poco menos que se aproxima el fin de la Humanidad.

Son los vocingleros de siempre que, en algunas ocasiones por falta de conocimientos, y en otras por malévolo deseo de atemorizar a los ciudadanos, se dedican a predecir desastres, no sabemos con qué oscuros propósitos, y culpan al cambio climático de las variaciones atmosféricas que padecemos, señalando al ser humano como único responsable de
ello.

Cambio climático no dudo de que se esté produciendo, pero de ahí a que el hombre sea el culpable de ello va un abismo.

La Tierra tiene 4,543 mil millones años, según los últimos estudios, su clima ha cambiado muchas veces a lo largo de su historia. Las variaciones se deben a mutaciones naturales que se han producido en el equilibrio energético entre la energía solar entrante y la energía reemitida por la Tierra hacia el espacio. Entre las causas naturales de esas variaciones se pueden citar: las erupciones volcánicas, los cambios en la órbita de traslación de la Tierra, los cambios en el ángulo del eje de rotación de la Tierra con respecto al plano sobre el que se traslada y las variaciones en la composición de la atmósfera.

Hay quien se olvida o desconoce que estamos padeciendo los últimos coletazos de una Pequeña Edad de Hielo que fue el período frío más importante del hemisferio norte desde finales del siglo XIV hasta el XIX, y se alargó en nuestra Península desde 1300 a 1850, pero aún dentro de esa Pequeña Edad de Hielo, en Córdoba se registraron temperaturas tan elevadas que obligaron a los componentes del Regimiento municipal a desobedecer las órdenes emanadas de los reyes por las que se les mandaba que tuviesen tres reuniones a la semana para solventar los problemas de la ciudad, estos días eran los lunes, miércoles y viernes, pues bien, exponiéndose a una sanción real por desobediencia, qué tan elevadas no serían las temperatura que en el Cabildo municipal del 7 de julio de 1535, se decide suspender la sesión de los miércoles “por los muchos calores que hacen”.

Pero no hay que remontarse al siglo XVI para verificar la altas temperaturas de los veranos cordobeses, aunque debemos de puntualizar que no sólo en Córdoba, en Sevilla o en cualquier ciudad del valle del Guadalquivir u otro lugar de Andalucía se dan temperaturas muy elevadas. Salvo en la zona del Cantábrico, desde la Meseta hacia abajo hay días que los calores son insoportables.

Era yo muy niño, cuando mi madre, al volver de la compra en el mercado central de la Plaza de la Corredera, nos decía que allí se había comentado que ese día, u otro cualquiera, iba a haber dos o tres horas de asfixia. Se le denominaba así al tiempo en el que no podías salir a la calle porque podíamos sufrir un golpe de calor que sabemos que se puede producir cuando se alcanzan temperaturas superiores a los 40º.

Entonces no había contaminación atmosférica, polución ni amenazas de cambio climático. Que en el Sur de nuestra Península nos quejemos del calor es lo mismo que si un inuit se quejase del frío.

Artículos del autor

Pero considero necesario analizar, aunque sea someramente y como un ciudadano corriente y no politólogo, el por qué ha podido ser tan sonoramente rechazada.


Pero considero necesario analizar, aunque sea someramente y como un ciudadano corriente y no politólogo, el por qué ha podido ser tan sonoramente rechazada.


Siempre he defendido que la religión más extendida en el mundo es el papanatismo. Es suficiente que cualquier agitador de masas, sobre todo si es un político, conciba una idea, por muy descabellada que sea, falta de fundamento y, en muchos casos irrealizable, para que el pueblo común y, a veces, quienes no son tan comunes, la acepten, la difundan y la defiendan contra viento y marea.

A partir de que se planteó esa disyuntiva, siempre se ha considerado que es preferible enseñar a los necesitados a que se busquen su sustento con su propio trabajo antes que otorgarles una ayuda sin que hagan nada para conseguirla.

Jhon Maynard Keines, en su conocido libro “Teoría General de la Ocupación, el interés y el Dinero”, allá por el primer tercio del pasado siglo XX.

No hay que confundir estatuafobia, o estufobia con iconoclastia. Las dos primeras palabras las hemos escuchado o leído en algún medio de comunicación pronunciadas sin rubor alguno por determinados periodistas.


De estos existen dos clases: Los faltos de conocimientos porque no han tenido posibilidad de adquirirlos y se atreven a pronosticar y pontificar sobre cualquier cosa acerca de la cual no tienen ni la más remota idea. Estos son los verdaderamente desfachatados pues se atreven opinar y emitir juicios sobre lo que desconocen. Son los que se pueden rebatir más fácilmente con argumentos irrefutables.

Si no lo hubiese verificado, y me lo hubieran contado, no me lo creería, y pensaría que me tomaban el pelo, pero es cierto, comprobable y demostrable.


Pedro, a ti te pregunto ¿las incorrecciones verbales que profieres a qué se deben? ¿Es desconocimiento de nuestro idioma? ¿Son palabras que emites sin pararte a pensar lo que dices, o estás tan escaso de vocabulario que solo se te ocurren memeces?


 
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