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Festival del vino 2016 - D. O. Somontano
Manuel Senra
Manuel Senra, nacido en Arcos de la Frontera (Cádiz), vive en Sevilla, en cuya prensa local ha colaborado durante un largo período de tiempo, y participa activamente en la vida cultural de la ciudad.

Entre sus publicaciones en poesía destacan obras como Poemarios “Presencia del amor” (1972), “Oasis Prohibido” (2008), “Antología personal” (2010). Fue incluido en la antología “Poesía española: una propuesta. De la generación del 68 a la del 2000”, por Víctor Pozanco (2008). El libro de la sed (2012). Mientras que en prosa ha escrito para teatro infantil y juvenil con “Dignipiritutifláutico” (2009). Relatos y microrrelatos.

Ha sido premiado con el galardón de Villa de Montefrío (Montefrío, 2009); Alhoja de Oro (Sevilla, 2006); La Bella Quetaria (Albacete, 2000) y Juegos Florales (Sevilla, 1997). Finalista en Certamen de Poesía “Nicolás del Hierro” (2010). Premio Internacional de Poesía Miguel Ángel Pozanco (2008).

Email: dominguezsenra@hotmail.com
Manuel Senra
Últimos textos publicados
La casa de los gatos
A Manuel le debía el tendero, por el capazo de 5 kg de alcaparras, una cantidad a la que le debía restar el valor de la cena para dos personas. Saldada la diferencia, Manuel y salió de la tienda en dirección a casa de Ana, cuando en la calle caía pequeñas gotas de lluvia.

Al entrar, con la puerta encajada, Manuel se llevó el primer susto. Seis de los ocho gatos que habitaban la casa maullaban desaforadamente. En tanto él, rígido como un palo, desvió la mirada hacia la habitación de Ana, que mantuvo allí posada unos instantes. El tiempo de ver las terribles imágenes que pasaban por su mente; fue un susto que absorbió los dulces recuerdos del camino, mientras los gatos no dejaban de correr y saltar. Prietas las mandíbulas, Manuel respiraba con dificultad un aire de angustia. Roto el éxtasis en que se hallaba, dijo el nombre de “Ana”.

Al principio, no sabía adónde ir ni qué hacer; por fin, al entender que todas las premisas le llevaban a idéntica conclusión, echó a correr (siempre escoltado por los gatos), hasta hallarse en la habitación de su amiga, lleno de asombro. “Ana, Ana, Ana”, decía. Y de repente cayó de rodillas, con los cados contra el colchón de la cama, mientras con las manos se cubría los ojos -llenos de lágrimas todavía-. Así pasó parte de la noche. Con una dolorosa y larga letanía entre dientes.

Por la ventana de la sala improvisada para el velatorio, asomaba el primer resplandor del día, y podían verse las lágrimas de Manuel garabateando su rostro. Fue cuando le vino a la mente el recuerdo de la última conversación que habían mantenido días antes.

Ya era noche la tarde. Manuel, sin llamar, empuja la puerta. En tanto avanza hacia el patio, pisando un suelo sucio de orines de gato.

- ¿Quién vive?- gritó Manuel en broma.
-¡Ya voy, ya voy! –responde Ana, con la voz un tanto cascada.
-Me da que mi presencia en esta casa alegra bien poco a la dueña.
-¡Qué hombre este! -responde Ana, levantando los brazos-. ¿Pero qué dices? ¡Si sólo vivo pensando siempre en ti. ¡Ay, Señor! Pero acordarme... claro que me acuerdo. Aun siendo como eres, un golfante de mucho cuidado. ¡Ay, Manuel, Manuel!
-Bueno, y ahora cuéntame. Qué hay de esa extraña historia según la cual un grupo de chavales te trae a maltraer.
-Poco importa eso ahora. Tú estás conmigo y eso me vale... Ay, Manuel.
¡Llevo la muerte en la cara! Mira... ¿o acaso no se me nota?
- ¡Hombre! Háblame de los que te quema la sangre!
-Ellos tienen razón -insistió Ana, clavando los ojos en el suelo.
-¡Qué poca vergüenza tienen!
-Dicen que soy una vieja, y es verdad; rondo ya los noventa, Manuel. Y si dicen que estoy loca... no creas que andan muy allá.
Ana hace una corta pausa y prosigue.
-Además, ¿quién, cuando yo me muera, me amortajará? ¿Te lo imaginas, Manuel mío? Piénsatelo y luego me dices qué has sacado en claro de todo esto.
-Vamos... No te pongas estupenda.
-¡Pero es que yo no quiero morirme todavía, leche!

Con estas palabras selló la conversación. Ahora no, pero en mejores tiempos, cuando aún corría sangre caliente por las venas de Ana, los dos se llevaban horas y horas charlando, mientras comían del mismo pan...Antes, todo era más divertido. Solo que aquella visita se produjo justo en la antevíspera del día de Todos los Santos o, lo que es lo mismo, cuarenta y dos horas después de que aquella banda de ladronzuelos sin escrúpulos asaltase su casa por cuarta vez.

Fue una agresión semejante a las ejecutadas en otras ocasiones, solo que ésta acabó con la vida de Ana. Ya su cuerpo no soportó más rosarios de escarnio. Murió de desesperación. De rabia. O acaso de soledad y de dolor. Es igual. Murió, cansada de todo lo sufrido. Harta de vivir aquella doliente existencia suya, tan vacía de vida como colmada de dolor. Y lo más triste: que no quería morirse todavía.

La táctica a emplear por los niñatos ese día, en nada era diferente a la de otras ocasiones. Desde lo alto de la tapia del corral lanzaban bombas en forma de coplas carnavalescas, que acababan explosionando en los oídos de Ana. Mientras los gatos, con semejante jolgorio y los malos vientos de guerra que corrían, saltaban, aullando, de aquí para allá, pasillo adelante y atrás, nerviosos, llenos los ojos de un furor salvaje, como hambrientos animales encerrados. Dando saltos descomunales.

Fuera de sí, Ana arrastraba su cuerpo, como hecho enteramente de plomo, mientras los niños (¿niños aquellos diablos?) se partían el pecho gritando aquello de “¡De hoy no pasa! ¡Te mataremos, vieja gruñona!”. Con el miedo metido en el cuerpo, lo primero que hizo fue atrancar puertas y cerrar ventanas, asegurándose de que, sobre todo, las entradas a la casa se hallaran fuertemente reforzadas. Faena que llevó a cabo entre grititos de indefensión y suspiros de desaliento, en tanto oía el barullo de voces que se producía en el corral, así como las ráfagas de risas que aventaban aquella partida de vándalos. Cansada de ir de aquí para allá, exhausta, ronca, nerviosa, seca la boca y casi asfixiada, acabó refugiándose entre sus gatos.

Nacida la luz, Ana aguarda a alguien que no acaba de llegar. Situación que le helaba el cuerpo y el alma; soportaba el frío de fines de diciembre en tanto miraba a la gente que pasaba a su lado. Solo que empezó a notar un dolor seco en el estómago, que acabó en lágrimas (la tierra se bebe las lágrimas con un placer infinito).

Pasan las horas. Con desmayos de sangre en el horizonte y el color sepia pintado en los ojos de la tarde, por fin asoma por la esquina una siniestra y destartalada furgoneta, cargada de baratijas, que se detiene enfrente mismo de donde estaba Ana.

“... Y dile que es urgente. Que se olvide de momento de las alcaparras y que venga en mi busca. Corre y dísele así”.

El hombre meneó la cabeza y, acelerando el motor, salió carretera arriba, envuelta la tartana en una densa nube de humo y polvo.

Manuel se incorpora. Saca un cigarrillo, que enciende mientras se dirige al corral, donde busca herramientas. Con la rabia reflejada en la cara, nota que continúa lloviznando. Y que tres gatos, sentados en sus propios rabos, siguen -ojos acuosos- los movimiento que Manuel hace cada vez que saca tierra del hoyo (oblongo y de poco más de un metro de profundidad). Con un puñado de flores, que previamente ha cortado de una maceta, hace un bello ramo. Y se vuelve a la habitación de la difunta. Abre el guardarropas y, de entre los pocos vestidos que hay, elige el mejor. Reprimiendo las lágrimas pero sin parar, toma a Ana en sus brazos; cruza el patio adoquinado y la deposita en la tumba recién abierta. Luego la cubre con tierra hasta formar un túmulo y, depositando el ramo de flores, se aparta de allí. Luego, intenta hace arder una cerilla pero, por mor de la humedad, no lo consigue. Entra en la casa y comienza a sacar trastos hasta tener suficiente madera como para hacer una hoguera. Colchones, mesas, ropa, sillas... A lo que prende fuego. Y esta vez sí que lo consigue.

Ya en pleno campo, gira de vez en cuando la cabeza y observa cómo las llamas van acabando con la casucha. Visto lo cual, reanuda su marcha, aunque seguía girando la cabeza. Aunque esta vez, en nada le parecía fuego, y sí la imagen de Ana, silueteada de humo, que acabó perdiendo en el blancor del firmamento. Fue cuando Manuel dijo estas escuetas palabras-: “Adiós, madre. Adiós”.
viernes, 20 de mayo de 2016.
 
El duro trabajo de escribir bien
Cuando el trabajo hace feliz, es estimulante y necesario
Es un hecho cierto que se desarrolla en la mayoría de los escritores noveles: se imaginan ser poetas o escritores gracias a un don bajado del cielo; otros, que porque ha escrito un par de libros, ya se crean un Kafka, una Emily Dickinson, o un Flauber…, solo por mencionar a tres escritores de talla. Pero es cierto: se crecen como un ciprés solo porque le han publicado un relato en una revista; o se imagina haber alcanzado “la gloria” por el solo hecho de obtener un premio literario con más o menos dotación… Los que se encumbran como torres, aunque hayan trabajado un poco, es porque le echaron una pizca de imaginación al asunto; y si los inflamados de desbordante vanidad imaginan ser capaces hacer algo parecido a Cien años de soledad, es porque rotunda y llanamente no están en sus cabales. Si digo esto es porque yo también pasé ese mismo pérfido engaño, o esas mismas falsas ilusiones.

Y esto es así porque nos olvidamos de algo importante: que somos los dueños de un agudo sentido de la realidad. Observar claramente… si las ideas no consiguen traducirse en palabras. Pues cuando el trabajo hace feliz, es estimulante y necesario…, la emoción es fundamental para seguir adelante. Nadie crea nada sin emoción. Aunque el exceso de ilusión no puede romper algo que no es exactamente cierto: “yo he nacido con ese don”. Quien dice eso no sabe lo que dice. Sí. Es posible que se puedan tener ciertas actitudes para escribir, solo que lo difícil es llegar a ser un buen escritor. Y para eso, no existe mejor arma que la emoción. Escribir sirve para algo. Para mucho. Y sirve, sobre todo, para colmarse de esa especie de paciencia animal. Los que piensan así serán escritores, prodigios escritores de prosa límpida y cuidada, de textos brillantes y deliciosos. Moderadamente sencillos. Autores de bellos textos deslumbrantes, de una sólida y clara prosa. Si. Es así.

Un fragmento extraído de un artículo publicado por nuestro Premio Príncipe de Asturias, refiriéndose a Madame Bovary. “Pero cada día, después del trabajo “deliciosamente atroz”, a las dos o a las tres de la madrugada, después de pegarse diez horas midiendo milimétricamente cada palabra, Flaubert, con una fortaleza física intelectual inexplicable, en un estado de estimulación que hace imposible el sueño, Flaubert se pone a escribirle a un amigo o a su amante de París”.

Fueron escritor de un perfeccionismo fuera de casi absolutamente el resto de los mortales. Pero también existen escritores que se asemejan en ese alto grado de limpieza y precisión del escritor francés. Existen casos cuya lentitud no solo se debe a ese brillo en la sintaxis sino a otras causas. Ahí tenemos a Louise Erdrich (Minesota, 1954), que confiesa haber tardado cuatro años en acabar un libro. Pero claro, añade que, al mismo tiempo, trabajaba en otras creaciones más. Y, que el material lo tenía desde hace 20 años. Tengo relatos de hace décadas –confiesa en la entrevista de El País- en los que aún estoy trabajando, tratando de que funcionen”.

Aquí, en España, hubo escritores prolíficos como Benito Pérez Galdós… José de Espronceda…. Pero, con toda seguridad, en el barroco, destaca sobre todo el autor más prolífico y rápido llamado Lope de Vega, del que se dijo aquello de “en horas veinticuatro, pasaron de las musas al teatro”. Ágata Christy también publicó mucho. Y González Rojas nos ha deleitado con abundante poesía. Y puestos ya a recordar, saldrían muchos que han publicado más de 50 novelas. Aunque como contrapunto tenemos a Juan Rulfo (mejicano), como todo el mundo sabe, quien se hizo mundialmente famoso con solo una única novela y un puñado de cuentos.

Comenzábamos con las falsas creencias de los autores, que ha aportado compensaciones, claro, como todo en la vida. Pero que además de lo poquísimo que se gana –sobre todo en firmas poco conocidas y poetas- se trabaja muchísimo. Pero bendito sea. Ah, qué maravilla. Escribir con una prosa profunda, con un buen estilo literario y musical. Es el éxtasis…

Y lejos, muy lejos, del palabreo de extrarradio.
miércoles, 18 de mayo de 2016.
 
Fuera caretas
Muchos candidatos han rebajado lastre a sus discursos
Luego del ya enterrado fracaso de las elecciones del 20-D, se inicia en España la carrera para alcanzar los mejores puestos, en el encuentro final del 26-J. En este aciago tiempo pasado, hemos sufridos muchas sorpresas, desagradable la mayoría. Por mejor decir, ahora conocemos a los políticos algo mejor que antes, pues en algún distraído ha destapado la caja de los truenos. Del mismo modo que se han despegado demasiadas caretas, y se ha visto todo. Se ha podido ver la cara de la verdad. Y esa verdad no me ha gustado nada.

Cierto es también que muchos candidatos han rebajado lastre a sus discursos, por lo que se le ve más ágiles, a la vez que usan más equilibrio entre lo que se piensa y lo que se dice. Entre lo que prometían hacer cuando estuviesen en el Gobierno, y lo que dicen que harán ahora. Los galimatías han alcanzado mejor forma y hasta parecen tener un más bello atractivo y algo de claridad. Los indiferentes han exprimido la mejor naranja, por lo que es posible que hasta tenga mejor sabor. Pero si antes coincidían en lo fundamental, ¿por qué no hacer un pequeño esfuerzo más y llegar al acuerdo total, uniendo fuerzas dinámicas convergentes.

Sea como fuere, lo cierto es que, pese a todo, si miramos la última encuesta, parecería que apenas se ha movido ficha en el tablero del ajedrez político, ya que bien podría se podría pensar que todo está como estaba. A decir verdad, algo tristemente penoso y desesperanzador. Pues algunas palabras tenían un cierto olor a podredumbre, y porque con ese pequeño esfuerzo a muy pocos les sale bien.

Esperemos que los ciudadanos sean más generosos; ellos, que han ido analizando palabra por palabra todo lo que ha dicho y hecho cada uno de los partidos políticos, y que hayan creado ilusión en los ciudadanos. ¿Qué han percibido los empresarios –ese grupo de hombres y de familias- para señalar a este o aquel partido, ofreciéndoles su boto? ¿Qué, en jornadas pasadas, se ha dicho sobre la sanidad? ¿Qué sobre la educación, y las materias que por nefastas se han de cambiar?

Y volviendo a la última encuesta, miedo me da el ajedrez que nos ha presentado. Creo que la mayoría de los españoles ‘siente un cierto repelús’ ante tanta indiferencia, a veces espolvoreada de una cierta grosería caduca.

Basándonos nuevamente en las últimas estimaciones de votos, uno piensa que los españoles somos más diferentes de lo que un principio me parecíamos. De la unidad -40 años franquista-, hemos dado un salto de gigante, capaz de convertirnos en cerca de 47 millones de españoles que no sabemos a dónde vamos; y si lo sabemos, ignoramos quiénes serán nuestros compañeros de viaje. Algo insólito. Caso único, a mi ver.

Parte de culpa es de los votantes, que escuchan a los políticos, pero luego, entre nosotros, somos incapaces de debatir sin perder los nervios. Y ahí está esa parte del mal. Los españoles tenemos hoy corazones de pájaros asustados.

Y si más arriba hablaba de la caja de los truenos, lo dicho ahora no es un recurso para cerrar este artículo, sino un aviso a navegantes.
lunes, 9 de mayo de 2016.
 
 
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