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Manuel Montes Cleries
Manuel Montes Cleries
Los pertenecientes al segmento de plata no estamos acostumbrados a tanta dependencia

No, no me refiero a ese tipo de “dependencias” que condenan a las personas a un futuro terrible. Nada de sustancias “especiales” que dan alas artificiales o las quitan. Estoy pensando en las “nuevas necesidades” que se han incorporado a nuestras vidas en un corto espacio de tiempo y han cercenado nuestra libertad.

Hace muchos años me gustaba comentar a quien me quería escuchar. ¿Qué importa si lo que me impide volar sea una fuerte cadena o una sencilla cuerda de lino? Sí no la puedo cortar soy esclavo de la misma.

En la actualidad nuestras ataduras se basan en la necesidad imperiosa que sufrimos la mayoría de los mortales de estar continuamente conectados a la red o a las redes. Es impensable el andar por la vida sin un teléfono inalámbrico y sin un ordenador. Lo he comprobado en mis propias carnes. Les explico.

Cada verano me encuentro con el gran problema que surge de la necesidad de trasladar mi línea telefónica de mi segunda vivienda a la primera. Una vez más, este año, ha surgido el drama. Pese a que he solicitado el cambio con la debida antelación, los señores de la compañía telefónica, a la que pertenezco de toda la vida, me indican que hay problemas de conexión que procurarán resolver en ¿breve?

Se me ha venido el mundo encima. ¿Cómo voy a estar el tiempo que MoviStar decida, sin Internet ni televisión por cable? Gracias a Dios estoy jubilado y no tengo que trabajar oficialmente ni siquiera por medio de la red. Pero ante mí surge un ansia indescriptible ante la pérdida de uno de mis sentidos: el sentido de la comunicación.

No hace ni treinta años me conformaba con un teléfono fijo, un contestador automático y un fax. Con estos medios llevaba adelante mis obligaciones profesionales y lúdicas. Vivía tan requetefeliz. En mí, en la actualidad, han nacido nuevas necesidades.

Supongo que para una persona joven la perdida de un móvil en el bolsillo y un ordenador en el dormitorio, significan un auténtico drama o una tortura malaya. Y, desgraciadamente, para los mayores… casi también.

El progreso es maravilloso, pero tenemos que cuidar de que no nos provoque dependencias. Recuerdo que cuando era un adolescente nos asustaban con el temor al comunismo. Entre tanto nos largaron el consumismo y así nos han dejado. Sin un ordenador o un teléfono móvil de última generación no somos nada. No podemos comprar, ni podemos conocer la vida de los demás, visitar al médico, ni ver a nuestra gente. No podemos vivir.

Me voy a hacer a la idea de que me he exiliado a lo alto de un monte de la Axarquía. Que bien voy a estar. Pero se me plantea una duda. ¿Habrá cobertura telefónica? No tenemos arreglo. Maroma o cadena, que más da.

Artículos del autor

Los informativos se surten del espionaje, el “más tú” y las agresiones y vejaciones diarias en el entorno familiar o laboral. Son muy pocos, pero suenan mucho, Mientras tanto siguen trabajando en silencio jóvenes y mayores en la búsqueda de un mundo mejor para las generaciones venideras.

Nadie se podía imaginar el pasado día ocho de marzo que, a fecha de hoy, íbamos a seguir estando casi en la misma situación de sufrimiento que al principio. Han pasado días de confinamiento total, de aplausos en los balcones, de esperanzas frustradas, de acopio de papel higiénico y de toda suerte de alimentos, de experimentación culinaria, de recopilación de memorias.


Por fin la humanidad ha visto la luz. El jugador maravilloso y bajito del Barcelona, se ha vuelto atrás de su decisión de marcharse con viento fresco a otro equipo y otras latitudes, donde no le hicieran “la vida tan imposible” como se la estaban haciendo en la ciudad Condal.


Estamos celebrando un partido en el que se ponen en juego la salud, la economía y el bienestar de nuestras familias. Es un encuentro al que nunca hubiésemos deseado asistir, pero al que se nos ha convocado en contra de nuestros deseos.

Los bichos se siguen cebando también con nosotros. Empezó con el “coronavirus” que llegó para quedarse más tiempo del que esperábamos y ahora, el virus del Nilo Occidental, que nos llega a los humedales a través de un mosquito. No se trata del “tigre”, que también hace la puñeta. Es otro más exótico y que mata.

Aquellas visitas nos concienciaron de la necesidad de ser vacunados para evitar las epidemias que corrían entre los niños de la posguerra. Recuerdo especialmente la vacunación contra la viruela, que consistía en una herida en la parte superior de los brazos donde se inoculaba la vacuna. Ésta dejaba una postilla que se convertía en una especie de tatuaje labrado para siempre. A esta siguieron otras muchas que inmunizaron a toda una generación de los males endémicos que persistían desde siglos.

Me malicio que los niños. –los estudiantes mayores pueden superar los estudios virtuales con cierto aprovechamiento-, van a estar abocados a estar muchas horas lectivas en la casa, en ausencia de los padres, sin contar con la necesaria ayuda de alguien que ayude a los maestros que normalmente los educan y ayudan. Aunque los niños cuenten con tabletas y ordenadores que les ponen en comunicación con el profesorado.

Nos encontramos en una situación de rebote de la pandemia. Pero para colmo, el personal se lo toma ahora a cachondeo. Me dicen los médicos cuál es el motivo: que los que padecen actualmente el Covid 19 son más jóvenes y que la mayoría lo pasan como si fuera un resfriado común. Lo malo es que, mientras se detecta que dan positivo, contagian a todos cuantos se han relacionado con ellos.


 
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