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Manuel Montes Cleries
Manuel Montes Cleries
Cada día surgen a nuestro alrededor –especialmente en los medios- expertos en cocina y en gastronomía
Todo el mundo sabe guisar y emplatar unos mini-platos que, por su escaso contenido, parecen más propios para animales de compañía que para personas.

Sin embargo –gracias a Dios- aun quedan las abuelas. Los que no hemos tenido la suerte de convivir con alguna de ellas, añoramos el no haber disfrutado de esa institución familiar que es esa especie de “arreglalotodo” que anda “huroneando” por la casa. Casi siempre protestando o regañando.

Tengo la oportunidad de convivir con muchos nietos y su abuela. Tengo nietos de invierno y de verano. Yo me entiendo. Ahora convivo con unos madrileños que se pasan todo el verano en este paraíso llamado Costa del Sol oriental. Se comen lo que no está en los escritos, pero también hacen su crítica gastronómica como todo hijo de vecino.

Ante la presencia de una tortilla de patatas de 20 CMS. de diámetro con apariencia de un ruedo taurino dorado, mi nieta Victoria exclamo: no se como la gente sueña con langostinos… yo sueño con tortillas como esta.

Sobran más comentarios. Quizás es que en la adolescencia se valoran mucho estas cosas. Me viene a la memoria la primera vez que entré en un mesón burgalés donde admiré un mostrador lleno de una docena de tortillas de contenidos diversos. Sin dudar, elegí una de cada. Cada uno tiene sus gustos y sus sabores. Yo pude sobrevivir a dos campamentos de milicias universitarias en Ronda a base de las tortillas de doce huevos que me confeccionaba mi madre cada domingo.

Nada de tortillas deconstruidas de los chef de la nueva cocina. Ni con cebolla ni sin cebolla. La tortilla de la abuela siempre es una buena noticia.

Nota del autor: Escribo con algo de humor por no llorar ante la barbarie y el horror de lo sucedido en Barcelona, en el estrecho, en Corea y en todo el mundo. Cada vez cuesta más trabajo encontrar una buena noticia.

Artículos del autor

Tampoco es para pedir su prohibición, ni considerarla un caldo de cultivo para todos los males. Estimo que el secreto está en la moderación y el respeto.
Podemos hablar de comunidades económicas, religiosas, familiares, políticas e incluso comerciales.
La conocí a través de su madre, una extremeña conquistadora y valiente. Pasaban una etapa, que ya duraba demasiado, de dificultades económicas llevadas con dignidad y sin perder la compostura
El camarero me miro con cara de extrañeza y me volvió a preguntar. ¿Qué bols? O algo por el estilo. Le contesté que un mitad y un bollito pequeño con aceite, tomate y jamón.

La vía, por la que avanzaba con lentitud, partía de la estación sita en el puerto y continuaba delimitando la zona marítimo-terrestre hasta Torre del Mar, donde se adentraba por el interior, al otro lado de la carretera.

Cuando yo me casé, allá por los tiempos de Maricastaña, esa labor de preparación de la boda la realizaban los contrayentes y consistía en: enseñar la casa, poner una lista de boda, invitar a los familiares y amigos, contratar el templo y las flores, buscar al celebrante amigo, vestirse ambos de forma tradicional, celebrar los esponsales y llevarse a los invitados a un restaurante a fin de agotar las últimas pesetas que te quedaban.

Esos copos de los años setenta, en los que humildemente aportaba mi técnica y experiencia como marengo de tralla, se perdieron en la noche de los tiempos.
He podido observar que ha nacido una nueva profesión con bastantes adeptos: la de concursante de televisión.
 
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