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Manuel Montes Cleries
Manuel Montes Cleries
Los cuento por docenas para que parezcan menos

El pasado día ocho se cumplieron cuarenta y ocho años del día en que mi mujer y yo contrajimos matrimonio. Parece que fue ayer, pero nuestro matrimonio ya ha durado más que la Constitución… y con menos reglas. Luces y sombras; problemas y alegrías, éxitos y fracasos; desgracias y golpes de fortuna. Paz y guerrillas. Cuarenta y ocho maravillosos años.


Si hacemos caso del precepto bíblico “por sus hechos les conoceréis”, pienso que hemos superado la prueba con nota. Ocho hijos, dieciocho nietos, una vida profesional y familiar plena, y para colmo… una jubilación llena de contenido y ciertamente productiva.


Sé que esto es “una buena noticia” tan solo para los míos. Entiendo que al resto de los mortales se le da un ardite nuestra experiencia, pero hoy quiero recordar aquél día de la Inmaculada de 1970 en el que el granizo inundó las calles malagueñas cubiertas de una capa blanca que presagiaba una serie de caídas -que sufrieron los invitados-, así como un corte de luz que nos obligó a celebrar la boda a dos velas e iluminados por las luces que proyectaba el vehículo de los Denis -en el que llego la novia- dirigidas al interior del templo.


Ya han pasado 23 años desde que celebramos las bodas de plata; nos queda cuarto y mitad para las de oro. Pero por si acaso las hemos celebrado con todos los nuestros como si no hubiera mañana. (Por cierto, he buscado en Internet y he descubierto que a los 48 años se celebran las “bodas de feldespato” -ya tan solo nos faltan las de cuarzo y mica negra para llegar a las de granito, que son a los 90 años-).


Termino mi “buena noticia de hoy”. Les deseo a los “puretas” de mi generación que celebren todo lo que puedan. Aniversarios, cumpleaños y “no cumpleaños” como decía en Alicia en el país de las maravillas. Que nos quedan tres pelados y hay que aprovecharlos. (Los de Sálvame disfrutan manifestando sus miserias. Nosotros nuestras alegrías).

Artículos del autor

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​Al inicio del mes de diciembre las ciudades de la mayor parte del mundo se convierten en ascuas de luz para celebrar la Navidad. Este pistoletazo de salida anima a manifestarse a los amargados que viven de proclamar lo que les molesta.
​Pero por desgracia, esa espada de Damocles sigue pendiendo sobre nuestras cabezas cada vez que tenemos que solucionar algún tema. En estos días los papeles me persiguen y acosan de forma que me han hecho perder el oremus.
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​Hoy me voy a detener en la consideración de Pepe Rodríguez, propietario de un restaurante en Illescas (Toledo) con el nombre de El bohío y merecedor de una estrella Michelin.
​En medio del aluvión de ideas soporíferas y preocupantes que emanan de los informativos, hay veces que despierta nuestra atención algo que se acaba de oír.
 
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