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Manuel Montes Cleries
Manuel Montes Cleries
Hace años me encontraba en la bella ciudad de Santa Pau (Gerona), cerca del Pirineo catalán. Entré en un bar a desayunar y pedí automáticamente “un mitad” y un “pitufo catalana”
El camarero me miro con cara de extrañeza y me volvió a preguntar. ¿Qué bols? O algo por el estilo. Le contesté que un mitad y un bollito pequeño con aceite, tomate y jamón. Se fue con el “careto” puesto y al rato me trajo el bollito a la catalana y ¡un bitter kas! ¡Si le llego a pedir “tejeringos” llama a los mozos de escuadra!

Descubrí que en el resto de España no nos entienden. Con lo fácil que es hablar en malagueño. Por eso me parece una buena noticia la presencia de cuatro universitarios malagueños que se presentaron en el programa de Antena 3: BOOM para propagar dicho lenguaje. Su nombre de guerra: “aliquindoi”.

No ganaron. Se presentaron contra cuatro profesionales de los concursos televisivos con más mili que Cascorro. Pero dejaron bien alto el pabellón. Hablaron de “chorrarse y chorraera”, mejor que windsurf y otras americanadas. Sus contrincantes se quedaron “aciguataos”; como si les hubieran dado una “capuana” o castigado con un “gazpacho” en el “paderón der puente”.

Los malagueños, “ennortaos”, se dijeron: “amonos que nos vamos a mohar”, estos “notas” nos “van a engorilar”, pero no quedemos como unos “merdellones” ni unos “maharas”. Así que menos “mamoneo” que estamos hasta los “mismísimos” de estos “mangurrinos”. Este concurso no es jugar al “poli-ladro”, ni quedar como unos “alobaos” ante estos “conveníos”. Así que vendremos otra vez que “encarte”… “Chicuis humo”.

Se marcharon “to” felices y contentos a tomarse un “sequipedro” con una “ligerita” de tapa. Satisfechos de haber reivindicado nuestro lenguaje. A mí, criado en calle Mármoles, entre el Perchel y la Trinidad, estos estudiantes malagueños me han rejuvenecido y llevado al lenguaje de la calle malagueña que se debe conservar. Una buena noticia.

Artículos del autor

La vía, por la que avanzaba con lentitud, partía de la estación sita en el puerto y continuaba delimitando la zona marítimo-terrestre hasta Torre del Mar, donde se adentraba por el interior, al otro lado de la carretera.

Cuando yo me casé, allá por los tiempos de Maricastaña, esa labor de preparación de la boda la realizaban los contrayentes y consistía en: enseñar la casa, poner una lista de boda, invitar a los familiares y amigos, contratar el templo y las flores, buscar al celebrante amigo, vestirse ambos de forma tradicional, celebrar los esponsales y llevarse a los invitados a un restaurante a fin de agotar las últimas pesetas que te quedaban.

Esos copos de los años setenta, en los que humildemente aportaba mi técnica y experiencia como marengo de tralla, se perdieron en la noche de los tiempos.
He podido observar que ha nacido una nueva profesión con bastantes adeptos: la de concursante de televisión.
Todos esperábamos con ilusión aquellas primeras elecciones que iban a dar paso a la democracia (dentro de lo que cabe).
Acompañaba a mis clientes en viajes por toda España a la caza y captura de novedades e ideas que ampliaran el, por entonces, floreciente ramo de los “trapos”.
El ingenio se dispara en busca de los “peros”. A los hechos reales hay que ponerles todos los aditamentos posibles para desvirtuar o difuminar la realidad.
Llega a mis manos una de esas noticias que pasan desapercibidas debido a la lejanía de su procedencia y su escasa repercusión en la política o la economía “occidentales”.
 
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