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Manuel Montes Cleries
Manuel Montes Cleries
Los italianos la denominan como “la fiera”. Y no les falta razón

A lo largo de nuestra ya dilatada vida hemos podido presenciar los diversos emplazamientos y vicisitudes de la feria malacitana. Desde Martiricos –con Antonio Machín como estrella-, hasta el mastodóntico recinto actual, hemos pasado sucesivamente, si no me equivoco, por el Parque, la Malagueta, la prolongación de la Alameda y finalmente, por el espacio actual muy bien instalado.


Por otra parte aquella incipiente feria del centro, cuando los comerciantes alrededor del mediodía sacaban unas tapillas y una cerveza a la calle, se ha convertido en una especie de torbellino humano lleno de consumidores excesivos de alcohol y de jovenzuelos en pos de la primera aventura, En mi opinión, se nos ha ido de madre. Y de aquellos “cubalibres a duro”, ¡ay!, nunca más se supo.


Por eso estimo que la traducción al italiano es acertada. La feria se nos puede convertir en una “fiera” que arremete contra nosotros. Del tranquilo paseo por el parque hacia la Malagueta donde veíamos a Ordóñez o Manolo Segura, hemos pasado a tener que ir a los toros con casco para evitar los furibundos ataques de los antitaurinos. De las frescas noches en las casetas, podemos pasar a las exhibiciones de los políticos y el ruido ensordecedor. Del látigo “Pérez” a los sofisticados aparatos -dignos de cabo Cañaveral- en los que cuesta montarse más que si de un caballo cartujano se tratara.


La realidad estriba en que todo el mundo lo pasa bien; salvo algunos nostálgicos, como yo, que no nos damos cuenta que los que estamos fuera de órbita somos nosotros. Para la mayoría de los malagueños, visitantes españoles y de todas las nacionalidades, son días de divertirse, de beber y comer con moderación y bailar mientras el cuerpo aguante. Yo compartiré su alegría desde mi atalaya.


La feria (fiera) de Málaga es una buena noticia.


Nota.- Mirando artículos anteriores he descubierto que hace 6 años, el mismo día, hable de la feria de Málaga y casi dije lo mismo. No tengo enmienda

Artículos del autor

​A lo largo de la segunda parte del Nuevo Testamento se nos narra la disputa encarnizada entre los seguidores de ambos Apóstoles en función de su manera de enfocar el Evangelio de Jesús. Al final, se trata de una diferencia de criterios entre “conservadores y progresistas”. ¡Que casualidad, como los políticos de ahora!
​Juan Caparrós es el decano de los marengos del Rincón. El rostro, ennegrecido por los años de sol y mar, se encuentra surcado por arrugas propias de sus más de ochenta años.
​Corría la primavera de 1990 cuando el entonces Obispo de Málaga, Don Ramón Buxarrais Ventura, nos envió a un grupo de malagueños a recordarles el Evangelio a un grupo de emigrantes españoles en Suiza.
Los medios de difusión se han encargado de propagar la visión de este fenómeno que se produce en contadas ocasiones.
​La competencia allí es terrible. Nos tienen clasificados de tercera, segunda y primera categoría. Algunos de los más sobresalientes se autocalifican como “maestros del dominó”. Jamás se rebajan a jugar con ninguno que no sea de su “clase”.
​En Málaga tenemos canarios enjaulados que nos alegran con sus trinos; en La Orotava tienen a un malagueño, casi-enjaulado por la nostalgia. Se trata de mi viejo amigo Cayetano. Uno de los chaveas que conocí en aquel patio de los jesuitas de calle Pozos Dulces en el que jugábamos al futbol como si del Nou Camp se tratase.
​En aquellos días inicié una aventura a instancias de un buen amigo. Se trataba de “meter en verea” al hijo del jefe de maquinas de un barco mercante que hacía su singladura entre Sevilla, Barcelona, Islas Canarias y de nuevo a Sevilla. Llevaba coches y traía plátanos.

Hace años que conozco la vieja anécdota del granjero americano que en medio de una fuerte inundación se negó a aceptar sucesivamente: la ayuda de una lancha neumática, un barco de rescate de los bomberos y, finalmente, de un helicóptero. En las tres ocasiones decía que confiaba en el Señor; que Él le salvaría.

 
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