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Manuel Montes Cleries
Manuel Montes Cleries
Por primera vez en mi vida comprendo perfectamente el significado de esta palabra

La humanidad ha sufrido un cambio extraordinario a lo largo de los meses que llevamos recorridos del año 2020. Un virus desconocido y letal ha invadido todas las naciones en forma de pandemia procedente de la lejana China. Comenzó como un problema lejano y un tanto exótico. Finalmente ha invadido, inundado y cambiado nuestras vidas.

Los mayores –estos componentes de la sociedad a los que yo denomino como miembros del segmento de plata- somos los más amenazados por el virus. La naturaleza es sabia. Nosotros tenemos que estar más preparados que los jóvenes para afrontar la enfermedad, el sufrimiento y, en su día, la muerte. Tenemos que cambiar.

La situación actual nos ha puesto a todos en nuestro sitio. De pronto ha aflorado lo mejor de cada uno de nosotros. La condición solidaria, la necesidad de amar y de ser amado, el respeto a los mayores, el cuidado de los enfermos y la ternura por los niños, se han instalado en todos nosotros y, por una vez, espero que definitiva, ha eclipsado la mala baba, la envidia y el egoísmo de los seres humanos.

La gente sonríe, canta, saluda a los demás, llama por teléfono a personas a las que hacía años que no se dirigía, las familias están más unidas, se comprenden mejor, las riñas desaparecen, conocemos a los vecinos y aparece la bondad inherente en cada uno de nosotros que permanecía escondida.

Nos acordamos mucho más de Dios. Personalmente, participo en la Eucaristía matinal del Papa, rezo el rosario de otra manera y olvido mi pasado de hipocondríaco militante. Para mí esto es una metanoia casi definitiva. Lo triste de esta situación es que se desarrolla dentro del dolor y la incertidumbre sobre un futuro incierto. Jesús nos dijo: “no tengáis miedo. Estaré con vosotros hasta el final de los tiempos”. En Él confiamos. Ánimo. Dios quiera que cuando pase esta pesadilla mantengamos el mismo espíritu.

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Ellos son los que menos culpa tienen de esta situación y los que, en el futuro la van a recordar como una pesadilla.

Por suerte, estoy rodeado de niños, mejor dicho, estaba rodeado de niños. Ahora los tengo cerca, pero de manera virtual. En el futuro nos vamos a tener que acostumbrar a lo virtual, con lo poco que gusta.

Personalmente he tenido suerte. He podido entrevistar a varias personas que me interesaban e interesaban a mis oyentes. Allá por el año 2.000, con motivo del año jubilar, estuve una buena temporada en Roma como voluntario, pero no pude acercarme a menos de cinco metros del Papa ni siquiera para estrecharle la mano.

Como cada semana me apresto a intentar transmitir a aquellos que me honran con la lectura de mis comentarios una buena noticia.


En el año 2011 escribía en mi buena noticia: “Desde hace mucho tiempo estoy atento a descubrir los signos de los tiempos. Estos son una serie de circunstancias que nos transmite, llamémosle “la providencia” (que cada uno le aplique sus creencias), para hacernos ver su parecer sobre lo que está sucediendo en el mundo.

Aprender a vivir con las dificultades que ahora tenemos es un camino difícil. Pero lo vamos a hacer.

Nos encontramos en el foco de la actualidad mundial, en medio de una pandemia que nos tiene asustados. Me aprestaba a escribir hoy sobre el sentido de la vida. Estaba elucubrando sobre las declaraciones de alguno de los “influencers” que pululan por las redes sobre la “vida sin sentido”. Su forma de darle valor a la vida, se basaba en “el tener”, más que en “el ser”.

Para comprender esta explicación hay que ser mínimamente creyente. Con lo poquito que recordamos de nuestra instrucción catequética, entendemos que la providencia divina es la ayuda que Él nos presta para superar problemas y necesidades imperiosas.

Los primeros dedican todo su esfuerzo a crear puestos de trabajo y a mejorar su status y el de cuantos les rodean. Los segundos basan su vida en el obtener beneficios a costa de la especulación, pasando por encima de todos y de todo. Confían más en el tener que en el ser.

 
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