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Manuel Montes Cleries
Manuel Montes Cleries
Es una cifra redonda. Corresponde al tiempo que ha transcurrido desde aquél día del verano del 67 en el que por primera vez me tuve que enfrentar con las auténticas dificultades de la vida. Era el día de la Virgen de la Victoria.

Hasta ese momento todo me había ido muy bien, estudios, milicia y carrera terminadas, trabajo estable, novia formal. El paraíso de cualquier veinteañero de mi generación. De repente todo se truncó. A mi padre le llegó el infarto galopante y todo cambió de la noche a la mañana. Pasé a ser cabeza de familia, responsable de la economía familiar y heredero de un trabajo que desconocía.

Esas circunstancias dan un giro de noventa grados a tus deseos e ilusiones; a tu forma de pensar y de vivir; en una palabra: trastocan tu futuro. Tuve que dejar Intelhorce para lanzarme a la vida de los negocios textiles e inventarme un trabajo que se basa mucho en lo personal, la constancia, el esfuerzo y la capacidad de riesgo.

Aquel muchacho divertido, miembro de la tuna, participante de las actividades de una gran pandilla -que en parte conservamos- cambió sus horarios, su forma de vivir, de divertirse y hasta de vestirse. Uniforme de chaqueta y corbata a diario.

Supongo que esta es una historia simple que habrán vivido muchas personas a vuestro alrededor o aquél que está leyendo estas letras. Pero es digna de tenerse en cuenta. Lo importante para aquellos a los que se le tuerce el destino, es saber poner al mal tiempo buena cara y asumir la realidad con gallardía.

Por eso hoy quiero resaltar en mi buena noticia los 22 años de ejemplo que me dio mi padre. Un hombre hecho a sí mismo, que se crió sin madre, que vivió la mili en la república, fue movilizado de nuevo en la guerra incivil, sobrevivió a las penurias de la vida de familia en la posguerra y formó, mantuvo y educó a sus hijos decentemente, en medio de muchas dificultades. Un hombre de aquella generación “de escopeta y perro” que pudo superar la situación muchos años después. Empezó a conducir con más de cincuenta años y murió con las botas puestas. El maldito infarto le pilló abriendo el maletón de muestras en un cliente.

Años después, la gente mayor del textil me sigue hablando con admiración de Manuel Montes Abolafia (1909-1967), un jiennense que encauzó mi vida con unos valores que me gustaría transmitir y que fue ejemplo como marido, como padre, como profesional, como cristiano y como hombre cabal. Hoy la estaría pasando canuta con tanto irresponsable e impresentable. Me consta que descansa en paz.

Artículos del autor

Usain Bolt, Rafael Nadal, Mireia Belmonte o Carolina Martín. Yo, tengo mi propio favorito.
Todo el mundo sabe guisar y emplatar unos mini-platos que, por su escaso contenido, parecen más propios para animales de compañía que para personas.
Tampoco es para pedir su prohibición, ni considerarla un caldo de cultivo para todos los males. Estimo que el secreto está en la moderación y el respeto.
Podemos hablar de comunidades económicas, religiosas, familiares, políticas e incluso comerciales.
La conocí a través de su madre, una extremeña conquistadora y valiente. Pasaban una etapa, que ya duraba demasiado, de dificultades económicas llevadas con dignidad y sin perder la compostura
El camarero me miro con cara de extrañeza y me volvió a preguntar. ¿Qué bols? O algo por el estilo. Le contesté que un mitad y un bollito pequeño con aceite, tomate y jamón.

La vía, por la que avanzaba con lentitud, partía de la estación sita en el puerto y continuaba delimitando la zona marítimo-terrestre hasta Torre del Mar, donde se adentraba por el interior, al otro lado de la carretera.

Cuando yo me casé, allá por los tiempos de Maricastaña, esa labor de preparación de la boda la realizaban los contrayentes y consistía en: enseñar la casa, poner una lista de boda, invitar a los familiares y amigos, contratar el templo y las flores, buscar al celebrante amigo, vestirse ambos de forma tradicional, celebrar los esponsales y llevarse a los invitados a un restaurante a fin de agotar las últimas pesetas que te quedaban.

 
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