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Manuel Montes Cleries
Manuel Montes Cleries
Estamos hartos de ver como se autocalifican como periodistas todos los pertenecientes a esa nueva clase de chismosos
Yo soy periodista con papeles. Siempre me ha gustado compartir lo que pienso, lo que entiendo y lo que veo. Mis inquietudes y aspiraciones. Por eso, cuando desgraciada y prematuramente perdí la posibilidad de continuar con mi profesión de toda la vida, me apresté a pasar por una segunda formación procedente del campo universitario del periodismo.

Ni corto, ni perezoso, me matriculé en la facultad de Ciencias de la Comunicación de la UMA. Dediqué seis años de mi ya decadente vida a formarme como comunicador. Desde saber aplicar la regla de las cuatro W, pasando por el estudio del periodismo audiovisual pasando por un montón de materias interesantísimas, acabé haciendo un estudio sobre los mayores y la televisión en Málaga.

Cuando comencé a meterme a fondo en el mundillo periodístico, descubrí que de aquel periodista de redacción, o de aquel otro que preguntaba por la calle a los protagonistas de un suceso, se había pasado a un periodista todoterreno por aquello de la sinergia. Pude observar como el periodista de opinión, en la mayoría de los casos, tenía que compartir la misma con el dictado de la empresa que le paga. Que en vez de reflejar la opinión pública, debe aprender a “recomendar” la opinión publicada. Que las buenas noticias no venden. En fin, que no es oro todo lo que reluce.

Observo que la mayor parte del periodismo que prevalece se nutre de tertulianos chillones, adhesiones inquebrantables y “periodistas” impresentables que no practican la formación permanente, ni se preocupan de las fuentes, ni de confirmarlas. Que critican… que algo queda; lo de la búsqueda de la verdad es irrelevante. Entonces me siento frustrado ante una realidad lejana a los principios básicos del periodismo: formar, informar y entretener.

Mi buena noticia de hoy me la ha transmitido, como no, el Papa Francisco. En su oración de esta semana recogida en un corto video manifiesta su deseo:

"Suelo preguntarme: ¿Cómo se pueden poner los medios de comunicación al servicio de una cultura del encuentro?

Necesitamos información que conduzca al compromiso por el bien del género humano y el planeta.

Súmate a esta petición; Que los periodistas, en el ejercicio de su profesión, estén siempre motivados por el respeto a la verdad y un fuerte sentido ético”.

Creo que se trata de una buena reflexión que intentaré poner en práctica en la medida de mis posibilidades. Para eso me he hecho periodista. Pueden ver el video  aquí.

Artículos del autor

“Os informamos del balance de la atención, este mediodía en el puerto de Málaga, de 56 personas de origen subsahariano (44 hombres -tres menores- y 12 mujeres -una menor-) rescatadas de patera por Salvamento Marítimo. Balance: tres traslados al hospital”. (Nota de prensa de la Cruz Roja malagueña).
Esta reflexión ha venido a mi mente tras leer en la prensa local la noticia referente a un hecho insólito: “un inglés se opera a sí mismo harto de las listas de espera”.
Es difícil volver a la rutina. Cada vez cuesta más salir de verano de fiestas, celebraciones y eventos de todo tipo y adaptarse a la realidad cotidiana de los mayores, que ni queremos, ni podemos, ni sabemos adaptarnos a una vida cada vez menos intensa.
Aun a riesgo de convertirme en estatua de sal, he vuelto la vista hacia atrás para encontrarme con imágenes de mi infancia y adolescencia cuya revisión me han puesto “tierno”.
Esta reflexión viene a cuenta de mi “guerra” con la más importante compañía de teléfonos hispana suscitada cada vez que me cambio de un domicilio a otro. A la hora de contratar casi nunca hay problema. Este se produce a la hora de volver a mi domicilio habitual.
He vivido la etapa en la que tenía que pedir una conferencia con el Rincón de la Victoria o la de vivir en lugares totalmente incomunicados telefónicamente.

Son esos muchos, que solo vienen a la fiesta veraniega de la Virgen del pueblo y que el resto del tiempo cantan con Manolo Escobar “España es la mejor” en el bar de “el Malagueño”, en una de las numerosas cuestas de Lieja.

No se que lío con las placas tectónicas, que se empujan más que los diputados, les hacen proclives a terremotos que, aquí no somos japoneses, arrasan viviendas construidas de madera y barro.

 
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