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Manuel Montes Cleries
Manuel Montes Cleries
Noventa años es una cifra redonda. Pero no tiene sentido si no le ponemos apellido. Pueden ser de vida, de lucha, de dedicación, de amor a los demás, de sufrimientos, de alegrías…
Mi buena noticia de hoy se basa en una persona que recoge todos y cada uno de los apartados reseñados anteriormente. Se trata de una mujer sencilla: “Encarna”, que nació en la republica, vivió la guerra y la posguerra; que ha sido huérfana, pobre de solemnidad, medianamente pudiente, nieta, hija, esposa, viuda, madre, abuela, bisabuela…

Noventa años dan para mucho. Dan para todo. Ver morir a alguno de los más cercanos, hijos incluidos; ver nacer hijos, decenas de nietos y bisnietos; bodas, comuniones, bautizos, separaciones… Da tiempo para todo. Hasta para ir cada año a renovarse ese carnet de conducir que necesita imperiosamente para moverse en su viejo utilitario por calles y carreteras. Para seguir gozando de una independencia controlada y con un busca colgado del pecho. Por si acaso. Para guisar callos para un centenar de invitados por cualquier motivo. Para estar presente allá donde se la necesita y no ponerse pesada en ningún momento.

Cuando yo sea mayor quiero ser como Encarna, mi segunda madre, mi suegra. No hay quién la amortice. Será eterna. Ella es el centro de la familia, el bastón y la guía para todos. Ella me da esperanza de seguir teniendo una vida feliz con su hija en la vejez, (siempre he dicho que nuestras mujeres son nuestras suegras pero con menos años).

No he tenido más remedio que proclamar hoy esta Buena Noticia a los cuatro vientos. No viene de la política, de la economía ni del espectáculo. Viene de la VIDA con mayúsculas que dimana de esa madre, abuela y bisabuela coraje que nunca ha salido en los papeles hasta hoy. Ya era hora. Era de justicia el reflejarlo. Olé por Encarnación Martín García. Se ha ganado a pulso la tarjeta “BISA”.

Artículos del autor

Esta laxitud me permitió atender a las explicaciones, algunas veces demasiado prolijas, de los comentaristas que subrayaban las intervenciones de los jugadores y la vida y milagros de cada uno.
Y es que cuando de eso se trata, como en tantas cosas, Málaga es la primera en ofrecerse y ofrecer lo mejor de sus gentes para servir a los demás.
Este escrito, se trata del número 805 de los que llevo publicados en mi modesto blog y en diversos medios de difusión escrita y digital. Creo que por segunda vez no llega a mis lectores un lunes, pero es que he pasado el puente parado y pensando.
Gracias a la buena voluntad de muchos, esos seres humanos que pasaban la noche a la intemperie, tienen un lugar acogedor donde descansar, asearse y coger fuerzas.
Ese amigo es un misionero. José Luís Cacho; sacerdote pasionista con el que trabajé, y mucho, en su etapa como director del Teléfono de la Esperanza de Málaga y en su paso como párroco del Buen Pastor.
Como la imaginación es libre, a lo largo de mucho tiempo me he imaginado la reacción de un japonés, un chino o un canadiense ante el espectáculo de luz y color que se le presenta en nuestras calles a lo largo de la Semana Santa.
De vez en cuando, quizás en demasiadas pocas ocasiones para mi gusto, nos encontramos con un programa de televisión que se puede considerar por este modesto periodista como merecedor de llamarse “buena noticia”.
Todo se debe a mi inveterada costumbre de hacerme fan de una ciudad y de sus gentes, en el momento en que paso más de veinticuatro horas en un lugar.
 
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