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Manuel Mariscal Zabala
En cinco minutos
Manuel Mariscal Zabala
Nada ni nadie como los toros y las vaquillas esperan la llegada del otoño con mayor anhelo de esperanza
Estoy seguro que nada ni nadie como los toros y las vaquillas esperan la llegada del otoño con mayor anhelo de esperanza. De momento siguen vivos, aunque sea quizás sólo por unos meses más. Y es que termina la época del año donde estos animales se convierten en protagonistas de buena parte de las fiestas populares de los pueblos españoles, y no precisamente por algo que les suponga, al menos para ellos, una diversión.

Mi padre nunca me llevó a ver los toros, y esta puede ser la causa por la cual, no disfruto como me gustaría de la Fiesta Nacional. Lo más parecido que veía eran los encierros de su pueblo. Lo recuerdo así: jóvenes borrachos divirtiéndose a costa de una vaquilla atemorizada.

Pero como me siento orgulloso de mi país y de sus costumbres, veía que eso de que no me gustaran los toros no podía ser. Así, una de las cosas que sabía que quería hacer cuando llegara a Madrid, de eso hace más de tres años, era ir a ver una buena corrida a Las Ventas. Siempre me he sentido algo resentido por no disfrutar del arte sobre el que escribieron Federico García Lorca, Ortega y Gasset o Valle Inclán o pintaron Goya, Miró, Picasso o Dalí.

A pesar de que no me entusiasmen, prefiero ser honesto, y nunca me he planteado desear que se prohibieran (me refiero a las corridas de toros). Y me explico. El principal argumento utilizado por los antitaurinos para prohibirlo es el sufrimiento del toro y la supuesta diversión de los espectadores al ver tal acto. Y este es el mismo argumento que yo utilizo para rechazar ciertas fiesta populares, como las que he citado anteriormente que veía de pequeño, o como los correbous, el toro embolado, el toro de la Vega, peleas de gallos y perros (con sustancias que les hacen ser más agresivos)... En estas fiestas se puede apreciar un sufrimiento injusto del animal, indefenso ante una cierta pandilla de violentos que para entretenerse tienen que torturar al animal hasta la muerte y sin darle una posibilidad de defenderse. Pero, entiendo, y por eso mi intención de ser honesto en mi juicio, no se puede equiparar esto con la verdadera corrida de toros.

Y por eso fui a Las Ventas, recuerdo que fue en la feria de San Isidro del 2011. Y para nada era comparable con lo que veía en mi pueblo. Allí vi una verdadera lucha entre el animal y el humano, entre el toro y el torero, un duelo entre la fuerza y la inteligencia, entre “la bestia y el héroe” en igual de condiciones y un sólo destino para los dos: la vida o la muerte. Y a pesar de que no me entusiasmaría ir de nuevo, reconozco que por algo las corridas de toros se han mantenido en España desde incluso antes de que esta existiera.

Por eso, cuando me preguntan si soy o no taurino, amparo la permanencia de la Fiesta Nacional, que forma parte del icono turístico conocido internacionalmente como la fiesta española por excelencia. Siempre y cuando no sea una lucha entre el toro o vaquilla y medio pueblo o todo aquello que pueda ser considerado tortura indiscriminada hacia cualquier otro animal con ánimo de diversión, pues eso no es arte, es maltrato. Y por tanto, soy partidario de poner límites que hagan que el maltrato, como forma de diversión, no ensucie el arte del toreo.
 
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