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Luis Borrás
Madrileño de Huesca, le gusta fumar y leer por las noches mientras sus vecinos ven la televisión. Y cuando ha terminado el libro le gusta fumar y escribir a cerca de lo que ha leído. Mantiene un blog y ha publicado una colección de relatos: “Cambio de planes”.


Blog/Web: http://luisborras.wordpress.com/
Luis Borrás
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Relatonovelas
Recomendar leer a Muñoz Molina resulta una obviedad. Hay autores que son un seguro de vida. En esta colección de cuentos los hay realmente magníficos y los hay –para mi gusto- regulares o que pueden considerarse como un juego literario. Pero ninguno, absolutamente ninguno, defrauda por completo

04mar13luisborras
Para los que somos incondicionales y sufridos hinchas de los relatos es un consuelo que alguien como Antonio Muñoz Molina publique un libro de cuentos. Aunque en su bibliografía las novelas ganen por un apabullante quince a uno; aunque su obra completa sean catorce relatos escritos a lo largo de veinticinco años.

Nos consuela que un novelista –aunque sea con esas cifras- se pase a nuestro bando y no desprecie a los relatos como a los parientes pobres de la narrativa. Que en su defensa escriba esta frase tan rotunda y hermosa: “En el cuento están comprimidos todos los desafíos formales de la novela, y al mismo tiempo cabe en él ese sentimiento de intensa iluminación sin el cual no llega a existir un poema”.

Nos alegra que editoriales de bolsillo como “Booket” publiquen libros de relatos a un precio muy asequible que nos permitan leer buena literatura de género y así nos libre de la tentación de la literatura electrónica que mayoritariamente suele tener el mismo valor que su precio.

Nos consuela leer en la “Nota del autor” y en el “Epílogo” sus explicaciones. La triste realidad: “Yo he escrito por encargo casi todos mis cuentos, y en estos últimos años los periódicos españoles han dejado en gran medida de encargarlos. Ahora lo más que piden son los llamados “microrelatos”, y cualquier extensión que pase de 500 palabras les aterra”; y las comparaciones: “Es posible que al escribir novelas uno se ponga demasiado serio, o demasiado rígido: la novela es una maquinaria que abruma con facilidad a quien se enfrenta con ella, de modo que quizá el principal aprendizaje que requiere escribirla sea el de la naturalidad. El cuento, por lo común, impone menos, parece más propicio para la tentativa o la aventura, incluso para la ironía, o para lo fantástico”.

Y en esos dos párrafos está, en parte, todo lo que hay en este libro. Por un lado el significado del triunfo de lo hiperbreve como una metáfora del signo de nuestro tiempo: la velocidad. Hoy en día nos quejamos de que el ordenador vaya lento, lo queremos todo rápido, en segundos; y a esa celeridad existencial le va perfectamente el microrrelato: el Popper de la narrativa. Y en ese sentido alguno de estos relatos de Muñoz Molina son auténtica literatura a la contra. Son “Relatonovelas”. Porque –para mí- los mejores cuentos de “Nada del otro mundo”: “El miedo de los niños”, “Extraños en la noche”, “La colina de los sacrificios”, “La gentileza de los desconocidos” y el que da título al libro son los que, curiosamente, parecen una novela abreviada. Relatos expansivos de una escritura pausada y detallista, sin prisas ni límites, que los acerca más a un placentero viaje de largo recorrido que a una línea de alta velocidad.

Y por otro lado ese concepto que tiene Muñoz Molina del cuento: “más propicio para la tentativa, la aventura, la ironía y lo fantástico” y que aplica a los demás relatos –estos sí realmente cortos- es en donde se producen los peores –sin llegar a ser malos- y desiguales resultados. Las excepciones son “El hombre sombra”, el cuento “más antiguo de este libro que fue escrito en el  otoño de 1983, con la esperanza, vana, de que ganara un concurso”, y “Un amor imposible”, dos muy buenos cuentos escritos siguiendo o ajustándose a las “reglas”, “canon” y “estándares” de los relatos modernos. En los demás Muñoz Molina se decide por la “aventura” y en unos está subliminalmente el novelista, en otros el humor, la lírica, el sentimentalismo, la deliciosa y exótica ambientación, y en todos la libertad, temática y formal, que permite el relato, y la innegable calidad de su escritura.

Recomendar leer a Muñoz Molina resulta una obviedad. Hay autores que son un seguro de vida. En esta colección de cuentos los hay realmente magníficos y los hay –para mi gusto- regulares o que pueden considerarse como un juego literario. Pero ninguno, absolutamente ninguno, defrauda por completo. Esa es la ventaja de los relatos, que permiten a un escritor “realista” escribir una historia de zombis o de fantasmas; una parodia de novela negra; un divertimento de ciencia ficción o una crítica inteligente y mordaz. Y que consiga salir indemne de ese reto es en donde se descubre al buen escritor, porque incluso en esos que pueden considerarse menores Muñoz Molina demuestra un brillante dominio del lenguaje y una asombrosa capacidad para cambiar de registro que nos hace salir del punto final sin una mueca de fraude o decepción.

Antonio Muñoz Molina. “Nada del otro mundo”. 315 páginas. Booket. Barcelona, 2013.
lunes, 4 de marzo de 2013.
 
Revisando los manuales
Para los inteligentes alejados del sectarismo que nunca hayan leído nada de César González Ruano estas narraciones breves de “La vida de prisa” son una inmejorable ocasión para conocerlo

libros, reseña,
César González Ruano forma parte de esos escritores que como dijo Andrés Trapiello “Ganaron la guerra y perdieron los manuales de la literatura”. Y es que tristemente sigue vigente  un lamentable prejuicio por el que a determinados autores se les muestra la tarjeta roja directa sin llegar a jugar el partido. Que por el simple hecho de pertenecer a ese bando se les descalifique, repudie y condene al ostracismo o a la hoguera sin haber leído una sola línea de su obra narrativa. Tratamiento injusto que no se practica con otros escritores del bando perdedor y que han sido elevados a los altares laicos de la literatura a pesar de panfletos, poemas y militancias realmente vergonzosas. En unos casos son pecados absolutamente imperdonables, en otros errores veniales dignos de absolución y olvido.

Para los inteligentes alejados del sectarismo que nunca hayan leído nada de César González Ruano estas narraciones breves de “La vida de prisa” son una inmejorable ocasión para hacerlo. Porque la importancia de estos relatos está en que con ellos se puede confirmar y al mismo tiempo destruir la imagen que de Ruano pudiera tenerse. Porque es verdad que viéndole parece -como lo calificó Antonio Muñoz Molina- “un borbón apócrifo y un señorito golfo”, pero esa misma repulsión puede provocar ver fotografías de poetas posando junto a compañeros con el fusil al hombro y el puño alzado. Es verdad que Ruano fue un privilegiado que estuvo en Roma, París, San Remo, Praga, Berlín y Venecia, pero es verdad –como cuenta Miguel Pardeza en la introducción- que “se vio forzado a salir de España porque tenía motivos para temer por su vida. Había recibido amenazas de miembros exaltados de las Juventudes Socialistas”. Y que desde ese momento, hasta su vuelta a España en 1943, formó parte de ese periodismo de corresponsales en el extranjero o viajes en busca del reportaje de actualidad igual al que hicieron Julio Camba y Chaves Nogales. Es verdad que Ruano era un bon vivant, un dipsómano, un sibarita que jugaba en los casinos y se alojaba en hoteles de lujo; hoy ese estilo de vida sirve para ser envidiado, ser portada en revistas y estrella fugaz en algún programa de televisión. Pero con estos cuentos de “La vida de prisa” descubrimos al escritor cosmopolita que utiliza, se sirve de todo eso como escenario para sus relatos. Estas narraciones breves de Ruano no son solamente el reflejo de un mundo frívolo sino la evocación de un pasado perdido, destruido; el contexto de un continente en guerra. Y dentro de ese mundo alterado Ruano hace protagonistas de sus relatos a las personas, a lo que han perdido, al peligro en el que viven, a cómo vivían antes del derrumbe, a su presente angustioso y la incertidumbre del futuro.

Seguramente sea verdad que Ruano era un mujeriego recalcitrante, pero en ninguna de estas historias ofrece una imagen de la mujer como objeto, débil y subordinada, sino como alguien independiente y valiente, femenina, seductora y desconcertante. Es verdad que Ruano puede hacernos dudar, que puede resultar aparentemente contradictorio, falso, un impostor, alguien con un hecho oscuro y sin aclarar en su biografía; pero en su relato “Carta” nos encontramos una crítica realista y sorprendente del turismo de sol y playa pintoresco junto a una declaración de amor imposible y un tratado sobre la nostalgia. “La felicidad del otro” es un emotivo relato sobre el significado de las ilusiones, el valor de la mentira y el amor imperecedero y generoso. Y encontramos, gracias a la ayuda de Miguel Pardeza, muchos datos autobiográficos entre sus páginas. Porque es verdad que Ruano era un señorito manirroto con criado y cocinera que iba a todas partes en taxi y se afeitaba a diario en un barbero, pero es un escritor capaz de reírse de si mismo con ironía en “La mecánica de las deudas”. Es un escritor famoso que es capaz de hacer examen de conciencia y decir que “En más de cuarenta años he aprendido muy poca cosa. Probablemente ni siquiera a escribir. Mi talento, el poco o bastante talento que tenga, se ha dedicado a muchos objetivos, se ha dispersado y de ninguna manera se concretó en eso de ser un literato”. Es verdad que es un señorito calavera que –como dice Pardeza- “era aficionado a los tugurios, las borracheras y las correrías chuscas por los bajos fondos de Barcelona”, pero un crápula que escribió “André pas de chance”, un relato en el que se hace encubridor de un traficante con mala suerte con el que “A las seis de la mañana seguíamos juntos en un cabaret tolerado. De vez en cuando a mi mismo me extrañaba estar sentado allí con él, tomándonos botellas de champagne como si celebráramos algo”.

Es verdad que era un juerguista y un dandi, pero no un vago. Ruano escribió novelas, poesías, cuentos, obras de teatro, libros de memorias, biografías y ensayos. Alguien por encima de lo común que a base de café y tabaco negro escribía diariamente por las mañanas dos o tres artículos o algunas cosas más en la mesa de una cafetería.

Pero sobre todo descubriremos lo que no esperábamos de alguien como él. Porque identificándole con un régimen y su retórica esperaríamos una literatura en consonancia y sin embargo nos encontramos con alguien que es capaz de escribir con libertad de temas como el alcohol, la prostitución y las drogas en un libro que fue publicado por primera vez en 1946. Nos encontraremos con un escritor seductor, nostálgico, moderno, sentimental, original, cultivado y poético; un hedonista herido de un indisimulado escepticismo. Unas veces con sutileza, otras con crudo realismo, siempre con elegancia. Como él mismo explica en el prólogo de estas narraciones suyas: “Lo que tiembla es sólo el ser humano, el pequeño y enorme ser humano que habita mi memoria, el huésped de mi riqueza pasajera, de mis pasiones del día, de mi vida de prisa… hacia la calma”.

Con César González Ruano se hace necesario revisar los manuales de la literatura.
 
César González Ruano. “La vida de prisa. Narraciones breves”. 179 páginas. Con ilustraciones de José María Prim. Ediciones 98. Madrid, 2012.
martes, 25 de septiembre de 2012.
 
Ocho excelentes relatos y lo demás son cuentos
Esperar demasiado de un libro es un punto de partida erróneo. Las expectativas, como las promesas, están hechas para no cumplirse

Las buenas intenciones y otros cuentos
A la hora de comprar un libro –si no vamos buscando algo en concreto- lo primero que llamará nuestra atención será su portada. Nos fijaremos antes en la guapa de cara que en la hermana de Picio. Y miente el que diga lo contrario.

Una vez conquistados por el exterior nos preguntaremos por lo que hay dentro, y para eso está el texto de la contraportada: “Con su primera edición, en 2001, “Las buenas intenciones y otros cuentos” conquistó la adhesión entusiasta de los lectores y el aplauso unánime de la crítica. En apenas diez años el libro se ha convertido en una obra de culto, y en uno de los títulos más influyentes entre las últimas generaciones de cuentistas”. Semejantes palabras nos ponen a su favor, pero también sabemos que esos textos son el lógico piropeo del vendedor alabando su producto. Nadie dice nunca de su hijo que es feo y trapacero.

Leeremos también en la contraportada elogios de otros autores, nombres de colegas que quizás nos suenen de algo o que incluso admiremos y puedan influir en nuestra decisión. Pero ¿los amigos, los compañeros, los familiares putativos dicen siempre la verdad?, ¿son imparciales y objetivos o son padrinos y hadas madrinas, compinches de una camarilla?

Y leeremos por último en la solapa la biografía del autor: “Profesor de escritura creativa en la Escuela de Escritores. Galardones…premios…antologías”. Cátedra, distinciones, reconocimientos que no hacen desconfiar a los malpensados al no incluir ningún planeta en esa lista

Y aunque en mi caso particular esa primera línea de su currículum hace que salgan a pasear mis prejuicios hoy no quiero ser un paranoico. Hoy quiero ser un buen chico. Así que los elogios, los nombres que lo recomiendan y el currículum ganan. Hoy quiero creer, confiar, tener fe aunque todavía no sea Navidad. Y con ese deseo me siento y empiezo.

Y “Las buenas intenciones y otros cuentos” tiene un gran comienzo. Un gran relato inicial y dos excelentes relatos posteriores, pero con el cuarto llega el primer tropiezo. Me considero culpable y vuelvo a leerlo. Nada. Lo intento otra vez y obtengo el mismo resultado. Paso página y me repito como un mantra que la perfección es el más falso de todos los mitos. Quinto relato y recupera de nuevo mi confianza. Aplaudo. Me olvido. Sexto y leo una anécdota que podría contar mi abuelo queriendo hacerse el ingenioso y ocurrente. Tuerzo el gesto. Séptimo y de nuevo excelente. Quizás el mejor hasta ahora. Reconciliación. Octavo y me acuerdo de un mal chiste. Con lo bueno que era el anterior, ¿a qué viene esto? Noveno y otra vez excelente. Un caramelo que me quita el mal sabor de boca. Y después tres relatos seguidos que me dejan descolocado. De nuevo el gesto torcido, el bocado insípido. Aunque en uno de ellos encuentro una imagen evocadora, original y poderosa, no es suficiente para mantenerlo en pie. Y para acabar dos relatos últimos líricos, uno minimalista, húmedo, sonoro y táctil, y el otro un ejercicio narrativo realmente maestro.

Hago cuentas: catorce relatos. Y cuentos los subrayados: ocho. Algo más del cincuenta por ciento. Y vuelvo al principio. La portada: magnífica ilustración de Roberto Carrillo que decidiría a cualquiera a comprar el libro. Repaso el texto de la contraportada: “la mezcla de lirismo y humor… de tradición y vanguardia… singularidad y poder de sugerencia”. Acepto y confirmo: lirismo, humor, sugerencia. Sí, lirismo, sobre todo, en esos dos finales: “Llueve con ganas” y “Si fuera posible”. Humor, sí, en la mayoría de ellos, en “Justo y el ángel”, “Quizá una mala racha”, “Yo diría que un domingo” y “Lo bueno siempre es poco”. Y también realismo intimista y surrealismo onírico, inocencia infantil y fantasía adulta.

Releo el texto de la contraportada y cambio las comillas y la letra en cursiva por exclamativas interrogativas. Releo el elogio de algún colega y le quito los signos ortográficos. Releo el currículum y pienso que ocho sobre catorce es un porcentaje muy bajo para un profesor. He leído libros de autores sin cátedra con una proporción mucho mejor. Releo y reconozco que esperar demasiado de un libro es un punto de partida erróneo. Las expectativas, como las promesas, están hechas para no cumplirse.

Pero me olvidaré de ese dichoso pleno al quince que siempre ando esperando. Repetiré mi mantra. Tampoco quiero que esto parezca lo que no es. No hay lectura arrepentida ni mucho menos sensación de estafa. Quizás simplemente sea que me falta perspectiva histórica. Que tengo el paladar parcialmente atrofiado. Que llevando calcetines blancos no voy a entrar nunca en determinadas pagodas.

Así que me quedaré con los que son para mí hechos irrefutables. Y esos son que este libro tiene ocho relatos excelentes. Ocho registros diferentes. Ocho estilos distintos. Desde el primero, hiriente sin un solo artificio, sin un cuchillo ni un disparo hasta el que evoca y recrea el universo infantil con sus dudas y preguntas entre las absurdas paradojas de los adultos. Desde el micro de la idea genial y la carcajada hasta el relato largo, mágico y fantástico de suculenta escenografía antigua y rural. Desde el viaje dominical a un más allá que se parece a cualquier otro sitio hasta el relato de malabarista en el que consigue que las palabras repetidas se encadenen hasta alcanzar todo su significado.

Ocho excelentes relatos y lo demás –para mí- son cuentos.

Ángel Zapata. “Las buenas intenciones y otros cuentos”. 106 páginas. Páginas de Espuma. Madrid, 2011.
martes, 18 de septiembre de 2012.
 
 
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