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José Sarria
La otra mirada
José Sarria
Crítica de la obra de Raquel Lanseros. Colección Visor de Poesía (Madrid, 2016)
Fue Rimbaud el que nos enseñó que: “La poesía pretende cambiar la vida. No piensa embellecerla como piensan los estetas y los literatos, ni hacerla más justa o buena, como sueñan los militantes o moralistas. Mediante la palabra, el poeta, consagra la experiencia de los hombres y las relaciones entre el hombre y el mundo, entre el hombre y su propia conciencia”. Así, el escritor, el poeta, se transforma en un ser distinto al resto de los individuos, en el sentido de que tiene la capacidad de nacer donde acaba el hombre, al decir de Ortega y Gasset, de extensionarse donde los demás cierran sus posibilidades. Desde esa terraza nace la obligación moral y creativa del poeta para establecer una visión del mundo distinta y ofrecer su posición en el mundo, para mejorarlo, para cambiarlo.

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Esta es la reflexión primera que se desprende al leer “Esta momentánea eternidad. Poesía reunida (2005-2016)”, de Raquel Lanseros, un libro que reúne en una misma entrega la totalidad de la obra de la poeta jerezana. Más de una década de construcción poética en donde encontramos los libros Leyendas del promontorio (2005), Diario de un destello (2006), Los ojos de la niebla (2008), Croniria (2009) y Las pequeñas espinas son pequeñas (2013), junto a otros poemas aparecidos en diferentes publicaciones y algunos inéditos. Una poética en donde coexiste una “defensa del discurso esencial de la poesía” (en palabras de Morales Lomas) que se sustenta desde un mensaje lírico impregnado de la presencia constante de lo arrebatado, la indagación última de la belleza y el compromiso con el hombre, que constituyen el fundamento desde el que la autora reivindica la necesidad de reelaborar o reinterpretar la realidad a fin de retornar al paraíso perdido o lo que es lo mismo, una apuesta por transformar la vida. Un esfuerzo por superar lo incomprensible que subsiste en el mundo, para desintegrar y deconstruir un entorno que, por imperfecto, deviene en inadmisible. Y en el fondo de todo, la sonora determinación por lo definitivo: la búsqueda de la belleza y el amor por la vida.

Desde una observación rebelde del entorno conocido (“Que no crezca jamás en mis entrañas / esa calma aparente llamada escepticismo”), Lanseros ofrece una reelaboración lírica de la vida, que se edifica desde la meditación por las cuestiones del mundo, en la mirada de la distancia, en la mirada contemplativa de la poeta (“el mundo se origina en las distancias”, escribe Ilse Aichinger, en su poema “Paseo”), en sus pequeñas circunstancias, para “transformar los silencios en pájaros” (p.19) y con ello ofrecer una emotiva lectura poética del transcurso vital, pero de otra manera, recreada al modo del poema “Pido el silencio” de Pablo Neruda: “Pero porque pido el silencio / no crean que voy a morirme: / me pasa todo lo contrario: / sucede que voy a vivirme” y, desde esa tribuna, elevar una visión diferente de la existencia que alcanza su cima en poemas mágicos, emotivos, como el “Himno a la claridad”, en donde encontramos versos tan nobles como éstos: “Sé que tengo sentido porque vivo, / y sé que no hay dolor ni menoscabo / que puedan inmolar esta fortuna / de ser en el presente, de existir, / de sentirme el orfebre del instante. …/… Yo soy mi propio riesgo. …/… No hay verdad más profunda que la vida” y que testimonian su pasión por la vida, por el amor, por la belleza.

La de Lanseros es una voz que trasciende del instante por el efecto lírico de anulación de la temporalidad. Su palabra se instala en un universo en donde ha logrado detener el fluir del tiempo, confundiendo pasado y presente y transformando la memoria en texto. Texto por el que transitan la maestra Beatriz Orieta o el prófugo Yago Bazal, dos de los más espléndidos poemas del libro, y que junto a otras tantas entregas líricas configuran la llave que nos abre a la epifanía de la belleza y de la plenitud, al descubrimiento de la esencia oculta de la realidad en donde se magnifica la beldad a través de la celebración de la vida; una vida que ha sido sublimada en el alambique de la poética, bajo la firme convicción de compromiso con la palabra y con el hombre, porque tal y como ha señalado Antonio Gamoneda: “creación literaria que no lleve consigo conciencia no es creación”.

A pesar de su juventud, Raquel Lanseros ha elaborado a lo largo de esta década una propuesta trascendente, un mensaje de clara indagación reflexiva dotado de una madurez inusual en los poetas de su generación. Un discurso que asume la más elevada tradición poética española de cuya alfaguara nuestra poeta es bien conocedora, haciendo de la suya una voz que se alza por encima de caminos trazados, de marcas, de senderos preestablecidos y que deriva en el particular universo de la autora; un espacio repleto de emociones, donde su interpretación existencial y su capacidad expresiva concibe poemas tan rotundos como “Himno a la claridad”, “Contigo” o “A propósito de Eros”, en cuyo firmamento Lanseros propone el diálogo vital, la pasión por la palabra, la contemplación del mundo, la celebración de la vida, para establecer, al modo de Alejandra Pizarnik, “un lugar en donde sea lo que no es”.

Nos encontramos, sin duda, ante una poeta verdadera, una creadora que ha hecho de su obra estación de salida y llegada, con estos precisos versos, contenidos en su definitivo poema “Contigo”: “Mil veces he deseado averiguar quién soy. …/… No está en mí la verdad, cada segundo / es un fugaz intento de atrapar lo inasible. …/… Nada más os reclamo. / Poned en mi sepulcro las palabras”.

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