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Jesús Moreno Abad
Jesús Moreno Abad
Banqueros, ministros y presidentes están congelados en esa imagen que relata el fin de la inocencia poscrisis


Un enemigo del pueblo



Hay llantos que resumen una era. Sólo basta con mirar el terror de esa chica para comprender que quien se le acerca no está allí para protegerla y ponerle en el hombro esa mano izquierda que reblandece los dedos como si fueran ojos que se entornan con afable ternura, engatusadores como una serpiente del Edén (¿acaso ella se llama Eva?). Todo el cuerpo de la joven se estremece ante el fin de la edad de la inocencia, presintiendo el fino crujido de los ligamentos del brazo derecho que acaban de agarrar con fuerza el palo que pondrá fin en unos instantes a la teatralidad de la otra extremidad superior.

Podemos imaginar la escena. La joven que salió a la calle para protestar por los recortes educativos en Valencia, retrocede ante el paso decidido del monopolio de la violencia. Es una danza depredadora. La gacela da un paso a un lado buscando una salida y el tigre le adivina el intento; luego mueve torpemente la cadera al lado contrario y el tigre le gana otro pasito. De pronto la sabana termina en una pared de Valencia. Entonces se puede oler la vibración del miedo de quien va a ser devorado y dan ganas de abrirle la puerta de atrás de la fotografía para que escape de allí.

Pero no, la escena se congela ahí, cuando las lágrimas de la joven presa se amontonan en los ojos, como si quisieran fugarse de ese cuerpo que ya es una ratonera de la democracia. Es cuando la síntesis del momento nos aplasta como una apisonadora. Porque el tigre deja de ser un tigre y se convierte en un policía uniformado. Y si acercamos más la cara, podemos ver a un ministro blandiendo una nueva reforma laboral que barre los derechos de los trabajadores. Y fijándose bien aparece otro recortando las pensiones. Y un consejero autonómico cerrando quirófanos. Y el presidente del Gobierno recortando unos nuevos presupuestos. Y también se ve al presidente del Banco Central Europeo diciendo que el modelo social de Europa ha acabado. Y se ve a un banquero desahuciando a una familia. Y a un directivo de la CEOE cobrando bonus mientras prepara un ERE. Observando muy bien la fotografía vemos lo mismo que veía la chica en ese momento. Al Estado poscrisis, porra en mano. A un enemigo del pueblo.

Artículos del autor

Al escuchar los primeros bostezos de la tierra se hizo un silencio casi místico entre los habitantes de Europsia, que contuvieron la respiración al unísono como si fueran a recibir un golpe seco.
Fíjense en la gélida composición de la fotografía. Una clase de jóvenes derrocha mantas y moco ante un señor, posiblemente un profesor o un comisario político del frío (o menos probable: un técnico calefactor), que se perfila fríamente hacia una esquina con gesto pétreo e indefinido, lo mismo puede haber descubierto a un alumno copión que tirita fuera de cuadro o estar sopesando si la mesa del fondo ardería bien en un bidón.
Este reproche al oficio de las tijeras no es un ataque incendiario contra las peluqueras (o peluqueros: tantos miembros como ‘miembras’ hay en el oficio). Tampoco es una venganza por un trasquilón mal curado ni un alegato estético por el corte a navaja o la técnica del mechero, aunque de navajazos hablo y quemados estemos. Lo que hay aquí es un intento, perdón por la mala educación, de señalar con el dedo. ¿A quién? A personajes mitológicos que provocan sufrimientos reales: hadas de la austeridad y peluqueros de presupuestos: montoros y rajoys ‘manostijeras’ del mundo; zapateros y rubalcabas, barberos.
El hombre que aparece en la fotografía es un joven tailandés el día de su boda. Besa la mano de su esposa con el amor de cualquier novio en ese momento nupcial donde se da el sí quiero. Ella, sin embargo, no siente nada; como esas novias de antes llevadas al altar no tanto por plena voluntad como por la fuerza de las circunstancias.
 
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