Jennifer García, gallega entusiasta que disfruta analizando, opinando y valorando todo lo que el mundo genera. Estudió Traducción e Interpretación en la Universidade de Vigo, con el título de Intérprete Jurado en inglés.
Tras pasar un año en la Erasmus Hogeschool de Bruselas, estudió un máster en International Affairs: economía, derecho y política en ICADE, un programa de posgrado en la London School of Economics en International Relations: Government and Society y está finalizando un programa de especialista en Marketing Internacional y Comercio Exterior en CEPADE.
Mientras, va desarrollando su carrera profesional como consultora de relaciones institucionales, sin olvidarse de su gran pasión: África, tema sobre el que desarrolló su tesina. Directa, sencilla y crítica. Su columna se podrá leer todos los martes.
Tras un tiempo retirada de estos lares, me incorporo una vez pasada la gran visita Papal.
He tenido la desgracia de estar en Madrid durante esta semana pasada, viviendo con angustia la alegría desmedida de esos peregrinos que llenaban calles, plazas, iglesias y parques.
Una semana en el que resultaba imposible seguir con la vida normal que cada uno de los trabajadores que, normalmente a nuestro pesar, estábamos aguantando los 35º C madrileños para poder seguir trabajando. Una vida detenida, sin preguntar si nos interesaba que así fuese.
Independientemente de mis creencias, considero que no es de recibo realizar una manifestación de tintes religiosos que vayan en contra de todas las normas que en cualquier otro momento recibimos los ciudadanos de a pie. Me refiero a diferentes hechos, como la prohibición de los conciertos nocturnos en las fiestas de Chueca ya que alteraban el orden público. Toda la razón, pero ¿y qué pasó esta semana? Calles abarrotadas de gente que no cesaba de cantar y tocar instrumentos, gritos y banderas por doquier, metros cortados…, pero se permitía, ya que generarían ingresos a la comunidad.
Muy a mi pesar, vuelvo a discrepar. Obviamente que hemos ingresado más estos días, pero no tanto como se nos hace creer. Fiestas de Chueca, miles de extranjeros abarrotan nuestros hoteles, bares, restaurantes y discotecas durante una semana. Y por el otro lado, peregrinos, con alojamiento preparado en escuelas e iglesias, bocadillos y bebidas a sus espaldas, con toque de queda, sin pagar servicios médicos, con descuentos en transporte urbano… ¿Gastan? Pues sí, el que abandone su adorada austeridad para comprarse un café o un toro de Osborne en la tienda de souvenirs. No tiene ni punto de comparación.
Y sin embargo nos siguen contando esta milonga. ¿Nos tratan como tontos o realmente nos infravaloran? Bienvenida toda celebración que de a España un sitio en el mundo, que nos haga ser conocidos y que nos deje mostrar el potencial que tenemos. Nadie está en contra de eso.
Lo que nos ofende, y hablo por boca de todas aquellas personas con las que he tratado este tema, es que con nuestra contribución al Estado se sufrague (y no importa si es mayor o menor la cantidad invertida) una celebración religiosa con la que no todos estamos de acuerdo, pero al tiempo se prohíban otras muchas que no se adhieren a la religión, algo tan personal, privado e independiente de este estado en que vivimos.
Es una provocación la manifestación celebrada en contra de la JMJ, eso dicen. ¿Y no será más provocación ver cómo los tintes políticos que gobiernan esta comunidad están contribuyendo a aquello que ellos mismos pueden apoyar, de manera personal, con el dinero que cada uno de nosotros generamos?
Si en la declaración de la renta me preguntan si quiero contribuir con la Iglesia, ¿por qué ahora asumimos que así es? Pues no, no quiero. Bienvenido aquel que quiera, pero cada palo que aguante su vela.
Resurgimiento de la crisis marfileña, tras diez años de guerra por una lucha de poder entre los seguidores del presidente electo y un exlíder que ejerció crímenes sobre su población
Está decidiendo si aprueba un proyecto de ley que plantea castigar con la pena de muerte a toda aquella persona homosexual que viva dentro de sus fronteras
Me abruman las dudas. Las dudas morales que normalmente me sobrevienen cuando se lee y se escucha cierta información, en este caso: la muerte de Osama Bin Laden