En el anterior post dejamos abierta la pregunta acerca de qué elemento —distinto de la grasa— provoca que el colesterol LDL que tengamos corriendo por las venas sea de tipo B (el que tiende a pegarse y causar problemas). Para más información acerca de los dos patrones de colesterol LDL, recomiendo consultar este trabajo de Rizzo y Berneis. La respuesta está en los hidratos de carbono simples y/o refinados.

Uno de los ejemplos más frecuentes es la fructosa, así como todos los carbohidratos que, si bien en su origen son integrales y completos, sufren el refinado pertinente para que luzcan mejor, para que duren más en las estanterías de los supermercados o para que provoquen más hipoglucemias reactivas (subidas de azúcar seguidas de bajadas exageradas), que se traducen en más pulsiones por comer esos alimentos…

El experimento de Krauss (2001) demostró que al variar la dieta reduciendo la ingesta de la tan temida grasa, aumentando proporcionalmente los carbohidratos, el colesterol LDL de tipo B aumenta, incrementándose con ello el riesgo de sufrir problemas cardio-metabólicos.

Seamos o no veganos, no podemos negar que en cuanto a reducción del perfil aterogénico (riesgo de que se formen placas de ateroma en las arterias), la dieta vegana muestra algunas ventajas con un perfil de menor riesgo para quienes la siguen. Esto se desprende de un estudio llevado a cabo en la Facultad de Medicina de Sao Paulo (Brasil).

No obstante, no estoy queriendo decir que para obtener un buen estado de salud debamos seguir una dieta vegana, ya que también pueden producirse numerosos casos de síndrome metabólico aun siguiendo dichas pautas, pues el azúcar (por ejemplo) está presente en la dieta vegana y es conocido que puede causar problemas metabólicos. Este ejemplo sirve para dar a conocer cómo utilizamos los terapeutas nutricionales el conocimiento científico-médico del que disponemos, para el mejor resultado de las personas con las que trabajamos.

Volviendo al tema que nos ocupa, lo cierto es que el azúcar como tal ejerce muchos más perjuicios que beneficios en nuestro organismo. Puede resultar dulce, pero el verdadero efecto es letal.

La fructosa exacerba los problemas metabólicos pre-existentes en personas obesas. Las células cancerígenas saben utilizar muy bien la fructosa para multiplicarse y seguir creciendo, como se observa en este trabajo de Liuh et al. En dicho estudio observaron que la fructosa supone un substrato alternativo para la proliferación descontrolada en el cáncer de páncreas, entre otros.

Existen evidencias de que una dieta rica en fructosa promueve un aumento significativo de los triglicéridos, llegando incluso a favorecer la aparición del denominado hígado graso no alcohólico (Faeh et al., 2005). En este sentido, la prestigiosa revista Nature, publicó un artículo científico de opinión titulado La Tóxica Verdad Sobre el Azúcar, bien fundamentado, en el que se analiza el paralelismo que existe entre el consumo de azúcares simples (fructosa y sus derivados entre otros) y el alcoholismo.

De los doce efectos nocivos ampliamente conocidos y aceptados que produce la exposición crónica al alcohol, el consumo crónico de fructosa incurre en ocho de ellos. Sin embargo, sigue siendo aceptada como segura, sigue utilizándose de forma masiva en la industria alimentaria, y sigue sin regularse como una sustancia ampliamente dañina para la salud. No olvidemos que los menores son grandes consumidores de alimentos llenos de azúcares simples, fructosa y sus derivados, además de otras sustancias igualmente letales, pero que no es el momento de discutir.

El instituto de investigación en salud pública, de la Universidad de McMaster (Canadá), llevó a cabo un estudio en el que concluyó que el riesgo de eventos cardiovasculares o de muerte incrementa progresivamente conforme aumenta el nivel de azúcar en sangre en ayunas. Cada 1 mmol/L que incrementa dicho nivel, aumenta el riesgo de problemas cardiacos y muerte un 17%. Terroríficas pero aplastantes conclusiones que arrojan luz sobre los fenómenos que explican por qué vemos una juventud obesa, o que conducen a la población a enfermar como lo hace y morir por las causas que muere.

Podrán publicitar y fomentar un comportamiento del tipo “no dejes que te amargue un dulce”, “endulza la vida” y sandeces de ese tipo… pero la triste realidad es que detrás de la dulzura provocada por el masivo refinado de cereales y las excesivas cantidades de azúcares simples, se esconde una amarga realidad llena de agonía, sufrimiento, muertes prematuras, enfermedades evitables, gastos sanitarios estratosféricos, dramas familiares y limitaciones en la vida cotidiana, que bien pueden amargar la vida a quien las sufre. Nadie discute lo agradable del sabor dulce, solo añadimos la segunda parte de la fórmula que normalmente aparece oculta: dulce y letal.