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E. J. Dionne
The Washington Post Writers Group
E. J. Dionne
Uno de los grandes atractivos de Barack Obama como candidato presidencial fue su sensibilidad para con los sentimientos y las inquietudes intelectuales de los fieles religiosos
WASHINGTON -- . Esa es la razón de que sea tan notable que haya arruinado por completo la cuestión reconocidamente difícil del trato a dispensar dentro de la nueva reforma sanitaria a las prestaciones anticonceptivas.

Su administración gestionó mal esta cuestión no una sino dos veces. En el ínterin, Obama prescindió de sus aliados católicos de izquierdas, consolidando la posición de las mismas fuerzas dentro de la Iglesia que aspiran a descarrilar su reforma sanitaria, y se creó problemas innecesarios en las elecciones de 2012.

Esto podría no importar si Obama se hubiera postulado como un izquierdista secular puro. Antes de salir elegido y después, se mantuvo fiel a un estándar más abierto, tranquilizando a muchos moderados religiosos.

Su discurso meritoriamente distinguido en 2006 acerca de la religión y la vida pública estadounidense fue una iniciativa profundamente sofisticada y escrupulosa encaminada a defender los derechos de los fieles y de los no creyentes en una república plural.

El discurso de Obama en la ceremonia de promoción de la Universidad Católica de Notre Dame en 2009 fue otro pulso. Su visita a la región católica de South Bend fue muy polémica entre los conservadores y los católicos de derechas. Pero el discurso que pronunció acalló temporalmente a muchos de sus críticos porque demostró su agradecimiento por la aportación de la Iglesia Católica a la vida estadounidense -- a través de su amplio abanico de instituciones educativas y sociales en particular -- y en la misma medida gran respeto característico a las sensibilidades católicas.

En la reforma sanitaria, Obama molestó a algunos entre su electorado de izquierdas al asegurarse de que las instituciones católicas no tuvieran que financiar ni practicar abortos. Pero en lugar de elogiarle por esto, los obispos de la derecha católica inventaron la idea de que la reforma sanitaria sí paga el aborto.

No lo hace, como insiste la hermana Carol Keehan, presidenta del Colegio Católico de Profesionales de la Salud. Al respaldar el punto de vista de la administración en esto, ella desafió valientemente los ataques y la disciplina de los obispos. Esa es la razón de que fuera inconsciente por parte de Obama dejarla plantada.

En el candelero de la nueva polémica están las regulaciones promulgadas el 20 de enero por el Departamento de Salud y Servicios Sociales relativas a los servicios médicos que deben de estar cubiertos en las pólizas de las aseguradoras según el texto de la reforma sanitaria Ley de Atención Asequible.

En sus reglas interinas de agosto, el Departamento excluía exclusivamente a los "trabajadores religiosos" que trabajan sobre todo o que emplean a los miembros de sus confesiones. En el caso de la Iglesia Católica, esto surtía el efecto de declarar exentas de la norma a las iglesias, pero no a la mayoría de las universidades católicas, las organizaciones sociales y los centros hospitalarios católicos que atienden a decenas de miles de no católicos.

Tenía perfecto sentido cubrir las medidas anticonceptivas como política general. Hay muchos que también lo consideran protección de los derechos de la mujer, y la cobertura de la anticoncepción ampliada puede reducir el número de abortos. Mientras que la Iglesia Católica es contraria oficialmente al uso de medidas anticonceptivas, esta enseñanza es ignorada ampliamente por sus fieles. No se ven muchas familias católicas de seis a 10 ó 12 miembros, muy frecuentes en la década de los 50. Las medidas anticonceptivas pueden tener algo que ver con esto.

Como católico, me gustaría que la Iglesia mostrara cierta flexibilidad en esta cuestión. Pero como americano, entiendo el motivo de que sus líderes intuyan que la obligatoriedad de cubrir las medidas anticonceptivas incluida en la ley menoscaba los privilegios legítimos de la Iglesia. La administración debió de haber hecho más por equilibrar en esto los intereses de libertad opuestos.

Y se ofreció una idea de compromiso a través de Melissa Rogers, la antigua responsable del Consejo Asesor de Sociedades Vecinales y Confesionales de Obama. (Rogers y yo trabajamos juntos en cuestiones de religión y vida pública durante años, aunque yo no juego ningún papel a la hora de formular sus propuestas). En el foro "De la Fe" del Washington Post en octubre, ella hacía hincapié en una ley de Hawái en virtud de la cual "los empleados religiosos que se niegan a cubrir las medidas anticonceptivas tienen que presentar notificación por escrito a los superiores anunciando ese hecho y describiendo formas alternativas de que los afiliados accedan a la cobertura de las prestaciones anticonceptivas". El código de Hawái obliga a las aseguradoras por ley a que esa cobertura sea asequible.

Por desgracia, la administración decidió que carecía de la autoridad para implantar una solución como la de Hawái. El equipo Obama no debería de haber tirado la toalla con tanta facilidad, sobre todo después de dejar caer este compromiso y recibir indicios entre algunos grupos católicos que lo consideran factible. La administración dispuso de meses durante los que podría haber tratado de encontrar terreno común. Es un misterio para mí la razón de que no invitara a sus amigos de ambas partes de esta cuestión a alcanzar un acuerdo. "Las tensiones y la desconfianza en torno a cada una de las partes del cisma religioso habrán de ser abordadas detenidamente", decía Obama allá por 2006. "Y cada parte tendrá que aceptar algunas normas de colaboración intermedias". Ojalá el presidente se hubiera empleado más en descubrir cuáles.

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