Eugene J. Dionne Jr. presenta en sus columnas una visión aguda de la escena política general, conducida por una enérgica filosofía progresista. Es uno de los autores del "The Washington Post Writers Group" y escribe dos veces a la semana para SIGLO XXI en exclusiva para medios digitales españoles.
Considerado entre los mejores de la nueva cosecha de columnistas estadounidenses, E. J. Dionne combina su pasión por la gente y la política con su agudo intelecto para realizar análisis razonados que son seguidos por un círculo amplio de legisladores a nivel nacional, a izquierda, derecha y centro.
Dionne inició su andadura bisemanal para The Washington Post en 1993. En 1996 era sindicado del Washington Post Writers Group, y ahora es publicado en más de un centenar de periódicos de Estados Unidos y el extranjero. Dionne ingresaba en el Post en 1990 como periodista de ámbito nacional. Su éxito literario "Por qué los americanos odian la política” (Simon & Schuster), en la publicado en 1991. El libro, que Newsday llama "un clásico de la historia política norteamericana," anticipó todos los temas de importancia de la campaña de 92. Obtuvo el Premio Literario del Los Angeles Times y fue candidato al Premio Literario Nacional. Dionne también pasó 14 años con el The New York Times, informando acerca del gobierno local y estatal, la política nacional, y desde todo el mundo, incluyendo corresponsalías en París, Roma y Beirut. En Los Angeles Times elogiaba su cobertura del Vaticano como la mejor en dos décadas. Dionne ha sido comentarista frecuente de política en la radio pública, la CNN y el programa “Meet the Press” de la NBC. Su segundo libro, "Sólo parecen muertos: por qué los progresistas van a dominar la próxima era política” (Simon & Schuster), era publicado en febrero de 1996. La crítica literaria del New York Times lo llamaba "un polemista inteligente y apasionado que merece alterar los términos del debate político americano."
En 1996, eligiendo a Dionne como ganador de su Premio Anual Carey McWilliams a la contribución periodística realizada a la interpretación de la política, la Asociación Americana de Ciencias Políticas decía: "Distinguimos a Dionne como uno de los pensadores periodísticos más refinados de Washington y por sus contribuciones diarias al discurso político de nuestra nación... Sus incesantes esfuerzos inspiran a la opinión pública... en un momento en que pide un debate razonado, no más anuncios negativos, rumores ni eslóganes simplistas." En 1997 aparecía entre los 25 periodistas más influyentes de Washington según el National Journal y entre los 50 periodistas principales de la capital según la revista Washingtonian.
Dionne se licenció summa cum laude con un máster en la Universidad de Harvard en 1973 y recibió su doctorado en Oxford, donde ocupó la plaza Rhodes. En menores en 1994 fue académico invitado del WoodrowWilson International Center, y en 1996 ingresaba en la Brookings Institution como miembro permanente del Programa de Estudios de Gobierno, conocido después como Estudios Gubernamentales. Empezó a dar clase en el Georgetown Public Policy Institute en otoño de 2003.
Uno de los grandes atractivos de Barack Obama como candidato presidencial fue su sensibilidad para con los sentimientos y las inquietudes intelectuales de los fieles religiosos
WASHINGTON -- . Esa es la razón de que
sea tan notable que haya arruinado por completo la cuestión reconocidamente
difícil del trato a dispensar dentro de la nueva reforma sanitaria a las
prestaciones anticonceptivas.
Su administración gestionó mal esta cuestión no una sino dos veces. En el
ínterin, Obama prescindió de sus aliados católicos de izquierdas,
consolidando la posición de las mismas fuerzas dentro de la Iglesia que
aspiran a descarrilar su reforma sanitaria, y se creó problemas
innecesarios en las elecciones de 2012.
Esto podría no importar si Obama se hubiera postulado como un izquierdista
secular puro. Antes de salir elegido y después, se mantuvo fiel a un
estándar más abierto, tranquilizando a muchos moderados religiosos.
Su discurso meritoriamente distinguido en 2006 acerca de la religión y la
vida pública estadounidense fue una iniciativa profundamente sofisticada y
escrupulosa encaminada a defender los derechos de los fieles y de los no
creyentes en una república plural.
El discurso de Obama en la ceremonia de promoción de la Universidad
Católica de Notre Dame en 2009 fue otro pulso. Su visita a la región
católica de South Bend fue muy polémica entre los conservadores y los
católicos de derechas. Pero el discurso que pronunció acalló temporalmente
a muchos de sus críticos porque demostró su agradecimiento por la
aportación de la Iglesia Católica a la vida estadounidense -- a través de
su amplio abanico de instituciones educativas y sociales en particular -- y
en la misma medida gran respeto característico a las sensibilidades
católicas.
En la reforma sanitaria, Obama molestó a algunos entre su electorado de
izquierdas al asegurarse de que las instituciones católicas no tuvieran que
financiar ni practicar abortos. Pero en lugar de elogiarle por esto, los
obispos de la derecha católica inventaron la idea de que la reforma
sanitaria sí paga el aborto.
No lo hace, como insiste la hermana Carol Keehan, presidenta del Colegio
Católico de Profesionales de la Salud. Al respaldar el punto de vista de la
administración en esto, ella desafió valientemente los ataques y la
disciplina de los obispos. Esa es la razón de que fuera inconsciente por
parte de Obama dejarla plantada.
En el candelero de la nueva polémica están las regulaciones promulgadas el
20 de enero por el Departamento de Salud y Servicios Sociales relativas a
los servicios médicos que deben de estar cubiertos en las pólizas de las
aseguradoras según el texto de la reforma sanitaria Ley de Atención
Asequible.
En sus reglas interinas de agosto, el Departamento excluía exclusivamente a
los "trabajadores religiosos" que trabajan sobre todo o que emplean a los
miembros de sus confesiones. En el caso de la Iglesia Católica, esto surtía
el efecto de declarar exentas de la norma a las iglesias, pero no a la
mayoría de las universidades católicas, las organizaciones sociales y los
centros hospitalarios católicos que atienden a decenas de miles de no
católicos.
Tenía perfecto sentido cubrir las medidas anticonceptivas como política
general. Hay muchos que también lo consideran protección de los derechos de
la mujer, y la cobertura de la anticoncepción ampliada puede reducir el
número de abortos. Mientras que la Iglesia Católica es contraria
oficialmente al uso de medidas anticonceptivas, esta enseñanza es ignorada
ampliamente por sus fieles. No se ven muchas familias católicas de seis a
10 ó 12 miembros, muy frecuentes en la década de los 50. Las medidas
anticonceptivas pueden tener algo que ver con esto.
Como católico, me gustaría que la Iglesia mostrara cierta flexibilidad en
esta cuestión. Pero como americano, entiendo el motivo de que sus líderes
intuyan que la obligatoriedad de cubrir las medidas anticonceptivas
incluida en la ley menoscaba los privilegios legítimos de la Iglesia. La
administración debió de haber hecho más por equilibrar en esto los
intereses de libertad opuestos.
Y se ofreció una idea de compromiso a través de Melissa Rogers, la antigua
responsable del Consejo Asesor de Sociedades Vecinales y Confesionales de
Obama. (Rogers y yo trabajamos juntos en cuestiones de religión y vida
pública durante años, aunque yo no juego ningún papel a la hora de formular
sus propuestas). En el foro "De la Fe" del Washington Post en octubre, ella
hacía hincapié en una ley de Hawái en virtud de la cual "los empleados
religiosos que se niegan a cubrir las medidas anticonceptivas tienen que
presentar notificación por escrito a los superiores anunciando ese hecho y
describiendo formas alternativas de que los afiliados accedan a la
cobertura de las prestaciones anticonceptivas". El código de Hawái obliga a
las aseguradoras por ley a que esa cobertura sea asequible.
Por desgracia, la administración decidió que carecía de la autoridad para
implantar una solución como la de Hawái. El equipo Obama no debería de
haber tirado la toalla con tanta facilidad, sobre todo después de dejar
caer este compromiso y recibir indicios entre algunos grupos católicos que
lo consideran factible. La administración dispuso de meses durante los que
podría haber tratado de encontrar terreno común. Es un misterio para mí la
razón de que no invitara a sus amigos de ambas partes de esta cuestión a
alcanzar un acuerdo. "Las tensiones y la desconfianza en torno a cada una
de las partes del cisma religioso habrán de ser abordadas detenidamente",
decía Obama allá por 2006. "Y cada parte tendrá que aceptar algunas normas
de colaboración intermedias". Ojalá el presidente se hubiera empleado más
en descubrir cuáles.
Los integrantes del movimiento de protesta fiscal tea party insistían en estar convirtiendo al Partido Republicano en un bastión popular contra la institución
Como cuestión política, el debate será la prueba de fuego clásica de una vieja teoría de Karl Rove que dice que la mejor forma de minar la posición de un rival es atacarle en el terreno de seguridad intuida.