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Carlos Laguna
Carlos Laguna
Hemos visto abuelos que han sido el fiel guardián de sus nietos, horas y horas del día dedicadas a ellos, sin descanso ni pausa

Fue en mi reciente viaje a Bruselas, ante el monumento al Soldado Desconocido, cuando hablando con otra persona de las que me acompañaban en el viaje, surgió la figura de otros héroes anónimos contemporáneos: los abuelos que, luchando sin armas por la sangre de su sangre, en estos últimos duros tiempos y después de estar condenados no ha mucho al ostracismo y el olvido, han ganado enteros, credibilidad y cariño en nuestra sociedad. ¿Y por qué no un monumento en cada pueblo, en cada ciudad, dedicado al “Abuelo Desconocido” que, en esta época, además de traernos las libertades en su día, han sido el soporte, el baluarte —en todos los sentidos— de centenares de miles de familias durante muchos años, demasiados?


El abuelo desconocido, en una situación de crisis como la que hemos pasado sin terminar del todo todavía —de crisis económica, estafas, robo y corrupción—, continúa luchando por los suyos con las únicas armas que tiene a su alcance, como son el amor, la dedicación, el cariño y la responsabilidad familiar. Y, ante la dejación de la clase política derivándoles esta responsabilidad, ha mantenido/soportado durante años a millones de personas desamparadas totalmente por cualquier prestación o cobertura social y ha sido quien, renunciando a sus necesidades personales —a veces, o en la mayoría de casos, con pensiones irrisorias—, ha sacado adelante mal pudiendo, a durísimas penas, a sus hijos y nietos.


Hemos visto como el amor de estos abuelos por los suyos les ha llevado incluso a ser desahuciados de sus casas cuando, ante la falta de trabajo para terceros, algunos de sus descendientes se ha atrevido u osado a montarse una iniciativa empresarial, para dar de comer a su prole de tercera generación, con la necesidad de avales de aquellos en una sociedad financieramente injusta que, cuando no ha salido bien el proyecto, ha arrastrado al abismo de la pobreza y la exclusión a toda la unidad familiar encabezada por el abuelo valiente.


Hemos visto abuelos (y abuelas, por supuesto), que han fulminado el tan ansiado descanso de la jubilación multiplicándose en las tareas domésticas que correspondería a sus hijos, con el fin de mantener a sus nietos.

Hemos visto como muchos abuelos han dejado de llevarse un alimento a la boca para que sus hijos, y fundamentalmente sus nietos, tuvieran algo que digerir. También hemos visto llorar de desesperación a abuelos porque ni ellos, ni sus hijos ni sus nietos tenían nada para llevarse a la boca.


Como hemos visto abuelos que han dejado de tomarse cualquier tipo de medicación, absolutamente necesaria para su mantenimiento físico, orgánico y/o mental, y con ese dinero mal ahorrado poder comprar leche y pan para sus hijos y nietos.


Hemos visto abuelos que han sido el fiel guardián de sus nietos, horas y horas del día dedicadas a ellos, sin descanso ni pausa, mientras sus hijos y padres buscaban desesperadamente un trabajo con el que soportar a los suyos.

Hemos visto casos de abuelos vendiendo sus pocas pertenencias personales, como vehículos, instrumentos musicales, libros, otros artículos de hobby…, que hasta entonces podían disfrutar, para dar de comer, comprar material escolar o avalar a sus hijos y nietos.


Hemos visto abuelos que, de repente, y a pesar de tenerlo merecido con el esfuerzo y el sacrificio de toda una vida, han perdido su espacio vital para volver a recoger en su morada —otrora un nido vacío— sus camadas y descendientes para ofrecerles un techo donde cobijarse y ese alimento que llevarse a la boca.


Hemos visto…, hemos visto…, la desesperanza, la impotencia, el llanto amargo pero ahogado de los abuelos para no transmitir más pena a los suyos…; el envejecimiento más de golpe que nunca por el sufrimiento; hemos visto en sus caras la enfermedad de la tristeza, con rostros ajados y hasta no hacía muchos años alegres y sonrientes; hemos visto la invasión de la pobreza y la desesperanza en muchos abuelos, pero ellos con la dignidad enhiesta, siempre en pie, ante las poderosas balas de la injusticia —que siempre se ceban con los más débiles y vulnerables—, para no desanimar, aún más, a esa sangre de su sangre. Hemos visto…, hemos visto…, rufianes que ellos solitos se ponen inmerecidas medallas porque este país, a pesar de ellos y sus autogalardones, sigue saliendo adelante gracias a la resistencia de los abuelos; hemos visto el asalto de forajidos de nueva generación a los ahorros de muchos abuelos que los necesitaban para mantener a sus hijos y nietos. Hemos visto…, muchas cosas que nunca, pero nunca, en una sociedad democrática, en un Estado de Derecho, deberíamos haber visto. Pero gracias a los abuelos casi todo se ha solapado resignada y responsablemente evitando enfrentamientos graves u otras reacciones desagradables.


Ojalá, por Dios y todos los santos, sus hijos, pero sobre todo sus nietos, nunca olviden lo que por ellos hicieron sus abuelos y que ese mismo Dios los bendiga de por vida. Lo que quizá, tal vez, injusta y egoístamente, no haga todo un país que sabe, con pruebas y notarios, que esos abuelos, en los tiempos más duros de crisis económica, lo han salvado sin armas. Hágase, pues, ese monumento al abuelo desconocido. Se lo merecen.

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