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Festival del vino 2016 - D. O. Somontano
Carlos Laguna
Carlos Laguna Asensi nació en Castellón el 5 de octubre de 1953. Se inició como profesional de la comunicación en 1979 en el diario Mediterráneo, periódico del que llegó a ser jefe de Deportes bajo la dirección de Luis Herrero.

Ha sido responsable de relaciones informativas de la Dirección Territorial de Cultura en Castellón entre 1983 y 1999, corresponsal de varias agencias de comunicación y, en la actualidad, es colaborador habitual en distintos medios escritos y audiovisuales de la Comunidad Valenciana.

Durante la transición política fue cofundador y vicepresidente, junto a un grupo de jóvenes profesionales, de la Unió de Periodistes de Castelló. Actualmente, es vicepresidente de la Asociación de Periodistas de Castellón (APC).

Laguna es, además, presidente de COCEMFE en Castellón y en la Comunidad Valenciana, además de vicepresidente del Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (CERMI) en la comunidad.

También ha sido diputado autonómico en las Cortes Valencianas y gerente del Club Deportivo Castellón.

Twitter: @CarlosLagunaAse
Email: claguna2010@gmail.com
Carlos Laguna
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24M: Frenazo a la corrupción
Análisis electoral
Cuando en 2007, en plena vorágine de noticias sobre las corruptelas capitalizadas por un político que hoy en día está en la cárcel –habiendo salido de rositas de otros muchos deslices económicos provocados con alevosía y premeditación–, le escuché tras unas elecciones locales y autonómicas, ganadas por su partido como si de un paseíllo militar se tratase, aquello de: “El juicio popular se ha celebrado y el pueblo nos ha absuelto”, todo obscureció a mi alrededor. Lo soltó con tal cinismo, falta de rigor democrático y de respeto al resto de sus semejantes, que empecé a dudar, incluso abjurar, de nuestro sistema democrático que con tanto ardor y ahínco defendí en la Transición. El muy ladino –ufano y campechano él, después de haberse trincado lo que se trincó, para él y sus familiares– me transmitió tal zozobra y desasosiego cívico, que sólo veía cómplices del corrupto por todas partes. Los ciudadanos/as que le habían votado eran sospechosos/as y, para mí, tan culpables como él.

Encima, esa pretendida absolución, a través del veredicto de las urnas, no hizo más que desbocar la avaricia del político y que continuase por la senda de la podredumbre. Él, sus compinches y algunos/as de sus conmilitones hasta ahora con mejor suerte frente a la justicia. Hasta ahora.

Han pasado ocho años –ocho espinosos e interminables años– para que el electorado haya sabido reaccionar. Y nunca es tarde si la dicha es buena, en ese permanente aprendizaje que suele ser la defensa de nuestros derechos y el cumplimiento de nuestros deberes como ciudadanos.

Es un placer, una alegría democrática, comprobar cómo a los que se les ha insultado permanentemente a su inteligencia, han sabido reaccionar y ya no tragan con aquella cortina de humo recurrente para tapar o no opinar sobre temas más peliagudos de que “ha hecho mucho por nuestra ciudad”. ¿Con el dinero de quién? La corrupción hay que atajarla y erradicarla. Ahora tenemos una gran oportunidad. Primero a través de nuestra clase política, cambiando las leyes desde nuestras instituciones de autogobierno. Y después, si vemos que la intención no es suficiente, por los propios ciudadanos cambiando a los políticos desde las urnas, tal y como se hizo el pasado 24M. Ya basta de impunidad, soberbia, altanería y de que una panda de espabilados/as nos tomen por imbéciles arramblando con el erario público. A la cruda calle. Ahora toca: frenazo a la corrupción y que el de Serafín Castellano, delegado del Gobierno en la Comunidad Valenciana, aunque lo dude, sea el último escándalo.
lunes, 1 de junio de 2015.
 
Plataforma Castor: doble vara de medir
Una vez más, la doble vara de medir se utiliza con distinto rasero para unos u otros ciudadanos
La impudicia con la que se nos viene tratando en este país al común de los mortales –excepto a los más pudientes, claro– no tiene límites. La última barrabasada política, con la que nos seguimos quedando boquiabiertos, perdidos, desquiciados, ante la pasividad de quienes tienen que poner coto a tanto mangoneo financiero y económico para que unos pocos obtengan pingües beneficios a costa de todos, es la del controvertido y frustrado proyecto Castor, plataforma almacén de gas gigante que se instaló en las costas de la Comunidad Valenciana, frente a la población de Vinaròs, pero afectando también al litoral tarraconense la ola de más de 500 seísmos que se produjeron con la inyección de gas.

Al castor, mamífero roedor que vive en el agua –como la plataforma–, se le caza para quitarle la piel y, además, se le extrae el castóreo, medicamento antiespasmódico. Y a base de espasmos vivimos, día a día, cuando vemos que todos los errores políticos y técnicos se cargan –sin que nunca haya responsables– sobre la cartera de los contribuyentes quitándoles la piel. Espasmódicas son las cifras públicas que ya se acaba de pagar a una de las empresas de Florentino Pérez, ACS, por un total de 1.350 millones de euros –no hablamos de pesetas– en nombre (tuyo y mío) de 7,5 millones de hogares y empresas que consumimos gas en España.

Pero las cifras que producen auténticos espasmos es que este pago inicial se disparará hasta los 4.731 millones de euros (3,5 veces más) al final del pago, 30 años, según nos cuenta la OCU, por mor de la hipoteca que ha firmado el Gobierno con Santander, Caixabank y Bankia. La banca, una vez más, gana y se ríe. Además, el pago a Florentino se ha realizado antes de que dos universidades americanas emitan informe sobre si ha habido negligencia, o que la Fiscalía de Castellón haya acabado la instrucción para imputar posibles responsabilidades a Escal UGS, la filial de ACS, por los terremotos producidos hace un año.

Una vez más, la doble vara de medir se utiliza con distinto rasero para unos u otros ciudadanos. Durante estos últimos años de escandalosa estafa a toda una nación, mientras con dinero de nuestros impuestos se reflotaba el indecente agujero económico provocado por los José María El Tempranillo de nuevo cuño y guante blanco en las cajas de ahorro –una ignota cifra que algunos calculan en 100.000 millones de euros–, miles y miles de pequeños y medianos proveedores/acreedores de la Administración se han visto toreados, tocados y hundidos, descapitalizados e hipotecados, por la tardanza en el cobro de sus deudas y, como efecto colateral, el cierre de sus empresas y la destrucción de centenares de miles de puestos de trabajo. Seguro que muchos centenares de miles de puestos más que los que pueda ofrecer el presidente del Real Madrid y ex concejal en el ayuntamiento de la capital del reino.

Como tampoco se entiende, vista la velocidad de fórmula-1 en pagar a ACS, el retraso durante estos años en el pago a las farmacias con las graves consecuencias –y también daños colaterales– producidas a millones de ciudadanos y enfermos crónicos. Ni que se siga rateando con las míseras pensiones de las personas en situación de dependencia, a base de órdenes y decretos incautatorios, obligándoles a un injusto copago que solo les deja telarañas en los bolsillos para mantener, dicen, el sistema de atención a los más necesitados.

¿Para éstos últimos y para otros indeseados recortes que están machacando a la población, no puede hipotecarse el Estado hasta que mejore la economía? Saquen ustedes, queridos lectores/as, la conclusión. Y es que no creo que farmacéuticos, dependientes, desahuciados, profesores, médicos, jueces, jubilados… puedan financiar ilegalmente a los partidos políticos.

Seguiremos predicando en el desierto ante la demostrada discapacidad sensorial de nuestros gobernantes –lenguaraces, pero sordos y ciegos– ante las miserias y dificultades colectivas. Mientras tanto, que sigan quejándose como plañideras de la desafección del populacho –caminito de adquirir la condición de súbdito que tuvo con Franco– con las élites vampiresas y la casta política a su servicio hasta que, cuando quieran darse cuenta, la cosa no tenga remedio.

Pero hay más, un tal fantasma de la ópera, Recaredo del Potro, gobernador de Florentino en Escal UGS, y que en su día debió confundir la falla de Amposta con las Fallas de Valencia, firmó un convenio con la anterior corporación vinarocense con el fin de superar resistencias a la construcción del Castor –como lo del palo y la zanahoria–, mediante el cual se comprometía a donar un millón y medio de euros para el establecimiento de un centro especial de empleo municipal y la creación de puestos de trabajo de personas con discapacidad de la población. Convenio al parecer suscrito en papel previamente mojado y escritura deleble.

La planta está construida. Fallida, sí, pero construida. Si el tal Recaredo y su mandamás Florentino Pérez tuviesen agallas sociales y no tanto relumbrón mediático, una vez ya ha cobrado este último deberían cumplir su palabra porque ni las personas con discapacidad de Vinaròs ni su ayuntamiento tienen la culpa de que ellos hayan hecho algo mal. Está claro que al final, por fas o por nefas, y al pairo del injusto orden social y económico impuesto, siempre pagan o salen perjudicados los mismos. ¡Viva la Pepa!
lunes, 17 de noviembre de 2014.
 
Lárguese, Señor Presidente, lárguese
Cuando a uno ya le empiezan a plantar cara las canas habiendo vivido todo lo vivible, ardua labor tiene hasta el más astuto del mundo, por más artimañas que utilice, para poder engañarlo. Y cuando uno escucha compungidos calificativos, en boca de algunos/as políticos/as, como “vergüenza, asco, indignación, repugnancia...”, o pidiendo perdón, refiriéndose a los (pen)últimos casos de corrupción, ya ni se te rebela el espíritu. Ni siquiera el alma o el corazón se te agitan. Te quedas impávido, alelado, solo pensando: ¿Otra vez? ¿Otra vez me estás mintiendo? ¿Otra vez me la estás clavando?

Y lo que al pueblo llano le da auténtico asco, sí de verdad, pero con sentimiento, sin mentiras, lo que le produce auténtica indignación, repugnancia y vergüenza, es que los que pueden, o los que podrían haber puesto coto a esta desmesurada situación de miserabilidad desde hace mucho tiempo, se burlen, se carcajeen despiadadamente de los más débiles y mientan, compulsivamente, un día y otro día; y otro y otro..., en el gran teatro en el que han convertido la política, sea entre bambalinas (peor) o en el propio escenario y que sin necesidad siquiera de guión, tengan el cinismo de representar, el “donjuanismo” de El Burlador de Sevilla, pero en lo político.

Al más cínico personaje del Siglo de Oro, aquel galán de Tirso, uno de los más grandes burladores de la literatura española, le gustaba disfrazarse y sustituir a otros, divirtiéndole tanto la representación teatral como las andanzas amorosas. Ora se disfraza de Duque Octavio, amando a Isabela, Ora de Marqués de la Mota seduciendo a Ana y, si es preciso, como hizo, disfrazándose de campesino para enredarse con Aminta.

¿Cómo es posible salir a la palestra, con máscara de carnaval de Venecia, diciendo aquello de “nuestro partido está indignado”? ¿Qué? ¿Desde cuándo un partido tiene sentimientos, capacidad de indignarse, sea de derechas, de izquierdas o de cualquier otra dirección? Ya basta de tanta gilipollez, de tanta mediocridad (producto de que se premia más la lealtad que la capacidad), de tanto escarnio y de tantos intereses espurios que han superpuesto los intereses partidistas, los de una casta y élite privilegiadas (en todos los sentidos) por encima de los intereses de Estado y por encima de los intereses de la sociedad en su conjunto.

Qué doloroso y lamentable es hacer un viaje en el tiempo, desde la Transición, en la que la mayoría del pueblo español rezumaba ilusión por un cambio necesario, esperando poder participar en el control de su destino y mirar al futuro siempre con esperanza, para que unos cuantos desalmados, unos cuantos delincuentes, hayan ido colándose y colocándose en las cúpulas de los partidos mayoritarios hasta terminar pervirtiendo un sistema, el democrático, en el que todos queríamos confiar y queremos seguir confiando. Y lo que es peor, uno y otro partido, en connivencia con otros que ahora están también en la picota, legislando y aprobando leyes para que sus prebendas, privilegios y derechos de pernada queden impunes.

Pero hay otra cosa que a mí me agría mucho más el estómago. Me lo revuelve.

Son las víctimas del terrorismo. Ni una sola víctima del terrorismo, sin diferencia de color ni ideología, se merece que tras haber dejado su vida en defensa de sus partidos, una pandilla de currosjiménez “legalizados” aproveche las estructuras de estos partidos para robar los fondos públicos, los de todos, a mano desarmada, con guante blanco o negro, con máscara o sin ella y, lo que es peor, con la permisividad de sus cómplices que también son de alto copete y quienes les protegen para que no les pase nada. Seguro que los asesinados se están revolviendo en sus tumbas pidiendo justicia, la misma justicia que pedimos los vivos. Como no se lo merecen centenares de otros cargos políticos ni los militantes de a pie ni los confiados y engañados votantes.

Nuestro sistema y una parte muy importante de nuestra clase política necesitan una catarsis urgente. Limpieza y empezar de nuevo. ¿Cómo pueden hacer propuestas anticorrupción los corruptos? ¿Seguimos perdiendo el juicio? ¿Ponemos al lobo a cuidar del gallinero? ¿Seguimos permitiendo que se nos avasalle? ¿Que nos arrastren a la miseria perpetua? No podemos quedarnos de brazos cruzados ante la impunidad como unos auténticos cobardes. Hoy, más que nunca, la juventud –la más machacada y castigada de cualquier colectivo social en nuestro país, sin desmerecer el olímpico desprecio a otros paganos de los desmanes cometidos por otros– tiene que participar, de cualquier manera, en nuestro destino político. ¿Dónde están las juventudes del PP? ¿Dónde las juventudes socialistas? ¿Dónde las juventudes de otros partidos? ¿Han perdido la vergüenza también? Y aprender, aprender para no repetir errores pasados y presentes, que la ambición desmesurada con la que algunos transforman el manido “afán de servicio” solo nos lleva a la ruina colectiva. Hoy, ahora, no vale hacer el mirón y cruzarse de brazos. Es de cobardes.

Y ya no es un problema de indignación. Porque un país indignado todavía tiene capacidad de reacción, pero un país desmoralizado, hundido, abatido, consternado por los acontecimientos repetitivos que nos están sucediendo, día tras día, con una justicia titubeante ante algunos personajes, no tiene futuro. Si no cambiamos, la suerte está echada y el futuro negro como el carbón.

Mientras tanto, lárguese inútil señor presidente, lárguese de una puñetera vez. Déjenos en paz –en la paz de Dios y en la de los hombres–, y siga pidiendo perdón. Un perdón que difícilmente le van a conceder los españoles y españolas, incluso ni los de su propio partido.
domingo, 2 de noviembre de 2014.
 
 
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