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Adriá Soldevila
Adriá Soldevila

Quienes escribimos constante y periódicamente nos topamos con pequeños baches caracterizados por la aridez en el fluir de la ideas y en temporal dificultad para que emerjan los temas y las palabras próximas a nacer.


Cada lienzo de palabras es como un pequeño parto que requiere de la concepción, la gestación y luego el alumbramiento. Tal vez la dificultad radique en que esperamos el momento del nacimiento sin percatarnos que las etapas previas están siempre presentes, porque el escritor habitual vive procesos que se presentan como oleajes: en la medida que algunas de las olas llegan a la playa, allá en lo lejos se vienen aproximando las que dentro de algún lapso estarán marcando la arena.

Como el producir con cierto ritmo implica que nuestra creatividad se sume a la disciplina de estar generando día a día, entonces resulta un verdadero misterio para el resto de las personas cuál es la fuente inagotable de la que emerge el mar de palabras.

Por supuesto que muchas veces se ha dicho que la inspiración para escribir surge de todas partes y que cualquier tema da para burilar sobre él. Esto es cierto, pero la fuente prima no está sobre lo que se escribe, sino la actitud profunda frente a sí mismo y en consecuencia frente a lo que sea.

Así, escribir es la materialización del ejercicio filosófico frente a la vida, frente a lo que somos, es decir, el abordaje de la vetusta interrogante de tres cabezas: ¿De dónde vengo? ¿Quién soy? y ¿Para dónde voy?

Es interesante que cualquier asunto cobra una dimensión humana altamente significativa, aun tratándose de los temas aparentemente más frívolos al pasar por el tamiz de las interrogantes anteriores

Es en este terreno en donde se materializa la aportación del escritor-pensador: el alumbrar con su entendimiento temas que tal vez han sido abordados hasta la saciedad, pero que en su pluma aparecen aristas que hacen visible un corpus oculto; corpus que por supuesto también poseen los asuntos que no han sido tratados.

He ahí que escribir es muchísimo más que una actividad mecánica e intelectual, pues el traer a la luz lo no tratado y triangulado por las interrogantes que siempre nos han acompañado es un verdadero acto de alumbramiento.

Mire, le pondré un ejemplo. Cuando escuchamos las palabras de un futbolista, éstas son predecibles sin importar la nacionalidad del atleta o de lo que se le pregunte: si el partido estuvo difícil, que el rival merece su respeto, pero pueden ser derrotados, etc.

Sin embargo cuando en calidad de entrevistador, el escritor tiene enfrente al mismo futbolista, no ve al sujeto predecible, sino a la muestra palpable de que la vida se abre paso de infinidad de maneras.

Entonces el mensaje del atleta pasará de las palabras predecibles al mensaje que se refiere a su historia; historia que a su vez le une y hermana con la propia, con la de todos los humanos.

La guía del escritor-filósofo provoca que el ser hable y calle por lo menos temporalmente, ese el futbolista producto de la mercadotecnia.

Quienes escribimos asiduamente lo hacemos por necesidad, por la necesidad de compartir, por la necesidad de denunciar, por la necesidad de hacerlo para seguir aprendiendo.

Escribir es exponerse al ojo crítico, a la opinión pública y con ello experimentar un drama símil al parto por el cual venimos a esta vida.

Escribir de esta manera es parir y parir así es liberar.

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